sábado, 22 de octubre de 2011

El invierno del comisario Ricciardi en Revista de Letras


El nacimiento de un personaje: “El invierno del comisario Ricciardi”, de Maurizio de Giovanni
Por Jordi Corominas i Julián | Destacados | 19.10.11



El invierno del comisario Ricciardi.
Maurizio de Giovanni
Traducción de Celia Felipetto
Lumen (Barcelona, 2011)


En los regímenes dictatoriales la crónica negra no existe… hasta que caen los tiranos y la historiografía opera el milagro de recuperar crímenes inéditos en la prensa, demasiado entregada en ocultar esa sangre cotidiana capaz de alterar el supuesto remanso de paz, orden y concierto de mandamases que desean calles impolutas, sin mácula ni puñales que generen alarma social y desbaraten imágenes propagandísticas.

En la Italia del ventennio nero no se mataba, y cuando lo truculento invadía la atmosfera se silenciaba. En Roma la pesadilla fue un violador de niñas. En Nápoles, verdadera ciudad sin ley, la violencia es una constante que los siglos no han cancelado. No importa la época. La capital campana tiene el feo mérito de ser siempre noticia por delitos y correrías que en ocasiones atentan en escenarios inesperados. Hoy en día conocemos parte de ese pestilente tejido con precisión, pero en los años treinta los asesinatos entre la Bahía más bella del mundo y la estación Garibaldi eran sometidos a censura para preservar las apariencias.

Quizá tanto disfraz es lo que inspiró a Maurizio de Giovanni a crear un personaje de primera categoría, un comisario de policía efectivo, taciturno y con las ideas muy claras capaz de sustentar con su figura una serie de novelas policiacas donde hasta el último suspiro no sospechamos quien es el culpable. Luigi Alfredo Ricciardi nació con todos los elementos a su favor hasta que la muerte de sus padres truncó su camino. Huérfano prematuro, nuestro héroe descubrió de pura casualidad un don imposible que compensaría en parte su eterno lamento por tanta injusta desaparición y falta de afecto. Una lejana mañana de julio jugueteaba en el bosque creyéndose Sandokán hasta que el giro de una lagartija le acercó a una rama de vid donde vio a un hombre en plena zona de penumbra, como si se ocultara de la canícula. Su espalda rígida hizo entender al pobre niño rico, hijo de Barón, que estaba ante un fiambre con la camisa manchada de plasma seco. De repente, sintió que el tiempo se paraba hasta que una musa poco científica le desveló la última frase del fallecido como por arte de birlibirloque, algo que se convertiría en rutina una vez Ricciardi abrazó su oficio de investigador y dedicó casi todas sus energías a resolver enigmas que sólo su verde mirada era capaz de desentrañar.



La creación de un detective con algo diferente es una misión titánica. El autor de El invierno del comisario Ricciardi ha acertado al saber combinar la tradición transalpina con un contexto histórico insólito, del que se puede esperar mucho siempre que no ahogue la trama. El aire a lo Ingravallo del protagonista provoca empatía. Desde el primer instante sabemos que Ricciardi no ostenta el bastón de mando, es un peón del que sus superiores atienden un rendimiento que les permita colgarse medallas en el traje de su nulidad, que contrasta sobremanera con el arte del inspector a la hora de deducir y oler pistas que puedan conducir a la detención de un culpable, siempre molesto, siempre atroz, más todavía si la víctima es un protegido de Mussolini. Arnaldo Vezzi es salvajemente asesinado en su camerino mientras se preparaba para irrumpir en el San Carlo con su chorro de voz. El tenor favorito del fascismo era un ser desagradable, un divo cruel que seducía y esclavizaba a todo aquel que se cruzara en su camino. Su mala fama se veía compensada por un natural talento que generaba delicia entre las masas, no así entre la gente de su profesión.

Ricciardi desconoce el universo operístico. Su vida se resume en ir de la oficina a casa, comer los platos que le prepara su tata y observar desde la ventana los movimientos de su amor platónico, Enrica, metáfora de una belleza que prefiere evitar para ahorrarse el trámite de Cupido para no incrementar sus heridas. Su exilio de lo humano se maquilla con un corazón enorme que desea el bien para sus semejantes. Lo sabe bien Maione, adjunto que acompaña al jefe en sus pesquisas, y lo intuye la viuda de Vezzi, quien ve en esos potentes ojos todo el dolor padecido por alguien que ha suplido la felicidad por una obstinación hiperbólica por ajustar cuentas con el mal.

En su recorrido hasta dar con las claves, Ricciardi se verá rodeado de una serie de típicos caracteres napolitanos. Un cura aficionado al bel canto, inevitablemente uno imagina a Gino Cervi y su Don Camilo, ayudará al erigirse en profesor musical del comisario, que desde su ignorancia tiene al menos un punto de apoyo con Io sangue voglio, all’ira mi abbandono. ¿Por qué un cantante pronuncia antes de ser degollado esta frase? ¿Y esa lágrima en la mejilla, tan extraña en un ser sin sentimientos? Una ventana y las paredes manchadas dan indicios que de manera paulatina harán que paseemos por el teatro para entender la elaboración de un rompecabezas. En la sastrería no notaron nada digno de mención. Los figurantes callan. Las entradas al edificio son varias y están reservadas al personal. En el camerino la abundancia sanguinolenta choca con lo impoluto de un cojín, un traje y una blanca bufanda, testimonios mudos de una suave carnicería perpetrada con un espejo y un leve puñetazo, tan misérrimo que el forense lo ve estéril, una minucia significante sin trascendencia.

Nos moveremos por barrios de pésima reputación, moteles de amantes, historias de despertares, alcoholes pésimos y pasiones desenfrenadas. Ricciardi siempre estará al acecho, y su presencia no se para en esta primera entrega. Seguirán otras que además de entretenernos con una prosa amena y un relato creíble en lo criminal añadirán luz a la penumbra de Ricciardi, fascinante por lacónico, adorable por su inteligencia a prueba de bombas, incapaz de ceder totalmente por mucho que cuatro oportunistas se empeñen en arruinar su credibilidad y la gente de Roma pida epifanías de celeridad que asume y finiquita mientras en una esquina su otro yo pide a gritos romper la barrera del malestar interno, ese demonio congelado que aplaza la felicidad de un buen tipo que cumple su deber con tesón para anestesiar sus fantasmas y propiciar que nadie ingrese en el martirio de la guadaña a deshora.