viernes, 18 de noviembre de 2011

Camisetas rayadas blanquiazules en Se fue al otro barrio de Bcn Mes


Todos/as vais con camisetas rayadas blanquiazules, by Jordi Corominas i Julián


Los Estados Unidos demostraron al mundo que las mejores invasiones son silenciosas. Los territorios se ocupan con lo económico, que impone productos y gesta con lentitud la homologación del gusto mediante el consumo. En época de bonanza Barcelona recibió alabanzas e improperios de toda España por ser la ciudad más heterodoxa en su moda. Cada individuo quería aportar un granito de arena que aportara diferencia y, horrible pareado, en apariencia así era, pero no, de nada sirve engañarse porque una cosa es la carcasa y otra bien distinta el funcionamiento interno del vehículo. Las ropas caían con la palabra, el aroma rezumaba mediocridad y a otra cosa mariposa. Monigotes de feria luciendo atuendos mientras predicaban un discurso cansino por repetitivo, siempre la misma cantinela en labios distintos ansiosos de ser únicos.


La crisis ha cambiado el horizonte. Una tarde de septiembre paseaba por Madrid y divisé en menos de veinte minutos cuatro camisetas idénticas. Picasso y Jean Paul Gaultier en la cima. Rayas blanquiazules por doquier en chicas que sólo tenían en común su paso por el mismo negocio de oferta y baratija. La prenda en cuestión reapareció con estrépito en otro barrio. Luego en otro. Cogí un tren. No importaba el contoneo. Sants Estació. Un sueño en blanco y negro con el malagueño hablándome con su tela fetiche. No. Ya no era el genio, era la multitud ataviada con complejo de ejército de trabajadores resignados a la monotonía textil. Las hojas del calendario decidieron levitar, la marmota se imponía sin capa ni espada. Muchos billetes de euro desaparecieron en masa y las tiendas fueron vaciándose del modelo marinerita de luces.


Abrí una encuesta. Dos amigas opinaban que el fenómeno sociológico que tanto desgastaba mis neuronas era otra metáfora más de la decrepitud de Occidente. Ellas, y quien escribe lo recordaba a la perfección se enfundaron el objeto de deseo de media Humanidad muchos años antes, cuando llevarlo era noble, un signo de distinción de alumno aventajado que nunca tolerará compartir trapitos con la muchedumbre. Una foto de Facebook me delató que una compañera de recitales poéticos también fue pionera en la tendencia sin saberlo. Mis más sesudos análisis fecharon la posible trampa de los diseñadores en Jean Seberg y el romanticismo vintage que emana la norteamericana que vendía periódicos en los Campos Elíseos al grito de New York Herald Tribune, New York Herald Tribune en Al final de la escapada. Ya conocen la historia. Barcelona ya no es bona si la bolsa sona, es lo más irremisiblemente, pero algo huele a podrido en Dinamarca.


Al despertarse una mañana de octubre Jordi Corominas i Julián bebió café, salió a comprar el periódico y tras cavilar un rato sobre la suerte de la jornada optó por sentarse en un banco de una céntrica avenida y contar las personas que lucían orgullosas una camiseta con rayas blanquiazules. No era la equipación del Español: era una plaga anónima. La gente repudiaba la complicación y asumía su condición carcelaria con pasmosa naturalidad. Las chicas eran las estrellas. Gordas, flacas, quillas, niñas, adolescentes, novias, madres, abuelas, tías, hermanas, tatarabuelas, prostitutas y hasta panaderas sonreían al ser observadas con su look a la última, una fulgurante novedad que atiborraba el mapa. ¿Pasos de Cebra? Hice una ecuación matemática. Si juntaba todas las prendas vistas en mi recuento podría trazar una línea recta infinita que se fundiera con el mar y hundiera tanta miseria en su propio abismo de conformismo, como si una invisible renuncia a la identidad individual nutriera la cuadrícula de pesadumbre que incrementaba el sexo masculino, que en menos que canta un gallo imitó sin pudor alguno la elección de las féminas, quebrando así un pacto no escrito de algodón, cuerpo y hormonas de tallas dispares y una larga tradición de polo opuesto.

Ayer remataron la faena. En Paseo San Juan una pareja iba de uniforme. Se daban la mano, se miraban embelesados y caminaban con la convicción de la unidad. Fruncí el ceño. ¿Es lo rayado un signo oculto, un jeroglífico de la revolución? Las finas líneas que impedían la hegemonía del blanco en la camiseta devinieron policromas. En el metro la ortodoxia era verde, azul, negra, roja, amarilla y turulata. Rayas más allá de los lavabos. Rayas en el cerebro, cartas de ajuste ciudadana en movimiento, bloque granítico, pentagrama sin música ni arte que pudre los ojos y amenaza ruina, con la originalidad en el desagüe y la aceptación del ninguneo comunitario en el escaparate.


Ilustración: Nil Bartolozzi