sábado, 26 de noviembre de 2011

El intelectual melancólico de Jordi Gracia en Revista de Letras


Una reflexión sobre “El intelectual melancólico. Un panfleto” de Jordi Gracia,Por Jordi Corominas i Julián | Destacados | 21.11.11

El intelectual melancólico. Jordi Gracia
Anagrama (Barcelona, 2011)




Uno termina los estudios secundarios y accede a la Universidad con cierta ilusión de conocimiento. No hay salidas en las letras, pero eso no es problema, porque en la realidad las puertas del mañana se abren de otra manera, sin títulos ni diplomas que sólo sirven para decorar paredes o recordar que durante una época de nuestra existencia estudiamos y nos licenciamos en lo que se supone es nuestra especialidad.

La desazón universitaria llega cuando ha pasado el tiempo y la reflexión permite calibrar el estado del panorama. Mientras asistíamos a lecciones no tan magistrales acatábamos bibliografías que eran estupendas, compendios de sabiduría que la independencia entierra, sepultando el legado de las aulas en un magma que ayuda sin ser definitivo.

Quizá hace años, cuando Jordi Gracia esperaba vestir la toga que diera carpetazo a tantos codos y notas, los profesores eran más respetados que hoy en día. Su trayectoria, y nuestro desconocimiento, avalaba sus postulados de intocables en la cultura, hombres que tras una vida dedicada a su profesión merecían enseñar a los jóvenes desde unos estrados que con el tiempo perdían altura y se situaban casi a ras de suelo, falsa democracia visual, simulacro de igualdad rápidamente desmentida.

Quizá a principios del siglo XXI aún era legítimo pensar que los altos rangos académicos tenían una primicia intelectual a la que nadie más podía aspirar. Cayeron hojas, surgió la red y todo se atomizó. Maduramos, sopesamos y las conclusiones no tardaron en llegar.

A bote pronto el modelo que describe Jordi Gracia en su panfleto, algo que nunca debemos olvidar, el intelectual melancólico es detectable sin mucho esfuerzo. Opina con dureza sobre el presente y muy raramente toma contacto con la sociedad. Su puesto en la cúspide le impide mezclarse con los demás mortales ni siquiera en exposiciones. Durante una época tuve que asistir a muchas previas en museos y galerías. Los profesores universitarios brillaban por su ausencia. Su desinterés sólo desaparecía si organizaban o comisariaban el evento. Su invisibilidad física se complementaba con la de los líderes de su generación, siempre disponibles para escribir en suplementos nacionales, no así para dar su parecer más allá de tópicos, clásicos y figuras de relumbrón que marcaron su adolescencia y su trayectoria entre libros, conferencias y la sensación de estar en una cumbre eterna.

La montaña es peligrosa y comporta aislamiento. Gracia es una figura diferente. Por edad, apenas tiene cuarenta y cinco años, y criterio sigue en la brecha sin desdeñar la actualidad ni someterla a la tortura de la crítica estéril. Sin embargo, sus tesis en la obra que reseñamos pueden incluirle en una línea de riesgo. Aprecia y defiende los avances de los últimos doscientos años en Occidente mientras se rebela con mucha razón contra ciertos grupúsculos de poder que copan el mapa desde la inconsciencia de no saber que su hora ya transcurrió. Estos seres son letales porque, y eso no se matiza bien en el panfleto, en realidad continúan su periplo en la cúspide. Informan al ciudadano mediante sus textos impresos en rotativas de relumbrón. Su peso en las librerías ha bajado, pero ostentan el bastón de quien juzga desde lo trascendente, o más bien desde una trascendencia que los hechos desmienten, sobre todo cuando la Historia, que es una puta más sabia que todos nosotros, baila deprisa y desbarata la previsibilidad del escenario. Callan, y así apoyan el orden establecido, tan luchadores que fueron, tan héroes de salón, café, copa y puro. Son los autores de una parálisis en el jardín de las letras. Su decálogo insiste en la decadencia y evita que otros accedan a un paraíso que siempre acumula más gangrena.

La atomización les ha pillado desprevenidos. Son los culpables de una dualidad que en cierto sentido simboliza el nuevo duelo generacional en literatura. Por una parte los dioses de antaño, exiliados de lo palpable por voluntad propia. Al otro lado del ring los jóvenes que fueron en el ’68 trabajando gratis. Sacan reseñas, se atreven a perorar con atrevimiento y hasta tienen más frescura. Su problema es ver cómo la entrada al templo está tapiada por unos guardianes que no toleran nuevas peticiones porque juzgan cualquier actualización desde una óptica devastadora. Lo que se genera en 2011 es basura inaceptable, mierda nauseabunda que no merece ser comentada. Sus, por poner un ejemplo, reseñas de poesía sólo abarcan autores con más de cincuenta primaveras, y las excepciones a la regla se producen por amiguismo. El resto es sentarse en la poltrona, recibir un sueldo disparatado en relación al resto de habitantes y lucir galones con breves ensayos que ya nada aportan.



Para los intelectuales melancólicos el reloj se congeló cuando recibieron la primera inyección de prestigio. No se atreven a criticar el desprestigio de la Universidad, con el que algo tendrán que ver, porque es difícil arremeter contra quien te da de comer. Gran parte de esta tipología cultural bebe de una fuente dañina que ampara todos sus actos. Ser protagonistas, o eso dicen, o haber irrumpido durante la Transición les da una bula que ya empieza a ser cuestionada porque hasta se pone la ejemplaridad de ese período tan decisivo. Cuando se jubilen su pecado será el de haber contribuido al anquilosamiento de una institución que en parte por su culpa navega en aguas muy turbulentas, con niveles de calidad pésimos y un escaso interés por recibir un aire que oxigene sus instalaciones y permita a la tradición cumplir sus cauces en el término medio de lo antiguo y lo moderno. Cuando ellos no estén saldrán otros. Siempre ha sido así. No deben rasgarse las vestiduras. Lo imprescindible suena a cuento chino, y sólo pocos elegidos, seguramente los que como Juan Marsé respeten el fluir de los acontecimientos y no se metan en pantanos absurdos, sobrevivirán en el recuerdo. Lo harán por su contribución, no por agitar el gallinero con gritos mudos.

Un libro como el de Jordi Gracia no es carne de reseña, sino más bien de reflexión. Lo pretérito que pulula en la superficie tendrá en su esencia valores que al no ser revisados caen en un saco con agujeros. Los jóvenes turcos, lo que se perfila en el horizonte, también tienen una tarea muy digna, que desde mi opinión consiste en desafiar lo efímero y enhebrar creaciones que vayan más allá de la foto bonita o el murmullo de dos semanas. Ni el despiece irracional de lo que viene ni hablar mal de cualquier novela sobre la Guerra Civil son conductas apropiadas, como tampoco lo es jugar a ser literatos a base de marketing o taparse los oídos al padecer por la desinformación que produce el exceso de información, fenómeno goyesco adaptado a la posmodernidad.

En el periódico que leo, por devoción y porque me gustaría creer en la posibilidad de resucitar a un muerto que ha extraviado el rumbo con engaño alevoso, cada mañana salió hará cosa de dos años un artículo sobre el adiós del intelectual comprometido, tema oculto del panfleto de Gracia, que al realizar una obra de estas características puede que también esté, sin saberlo, sucumbiendo a un pesimismo que rehúye con buenos apuntes y mejores intenciones, aunque sin argumentos sólidos que bien podría haber desarrollado con un poco más de dedicación que transformara su indignación en construcción.

Quizá más que los nombres importe la estructura, que es la que hace de toda esa melancolía un llanto idiota que inunda el mar cultural y lo llena de barro que impregna los vestidos. Al fin y al cabo una deposición comporta posteriores encumbramientos. La rueda gira, nunca ha dejado de hacerlo. La crítica al estancamiento debería ser, y es un pensamiento muy optimista, un acicate para desechar máximas lampedusianas. Si ello acaeciera se constataría el fracaso, evidente, de un modelo y el volumen editado por Anagrama adquiriría pleno sentido en su denuncia.