jueves, 10 de noviembre de 2011

Rue de l'Odéon de Adrienne Monnier en Revista de Letras


Defensa de la calidad: “Rue de l’Odéon”, de Adrienne Monnier
Por Jordi Corominas i Julián | Destacados | 6.11.11


Rue de l’Odéon. Adrienne Monnier

Traducción de Julia Osuna

Gallo Nero (Madrid, 2011)




“Es realmente indispensable que una casa consagrada a los libros esté fundada y dirigida con conciencia por alguien que conjuge la mayor de las erudiciones con el amor por la novedad, y que, sin caer en esnobismo, esté preparado para potenciar las verdaderas y las fórmulas nuevas”.

Es de agradecer en estos tiempos la labor de algunas nuevas editoriales que sin recurrir al bombo y platillo efectista en el momento de anunciar sus novedades van haciéndose con un merecido hueco en el panorama nacional. Gallo Nero es uno de los más notables ejemplos. Su selección de títulos y autores transita por ríos hasta cierto punto anómalos en España y mucho más frecuentes en Europa, sobre todo en Francia e Italia, donde existe una larga tradición en presentar obras de largo recorrido y alta cultura de manera atractiva y accesible para el lector, que de este modo se quita miedos y entierra su pavor hacia textos otrora inaccesibles que sólo consultaba una pequeña élite.

Este espíritu coincide con una cuestión de visibilidad en las librerías. Es un placer entrar en la Mel Bookstore de Roma o en la Fahrenheit 451 de la misma ciudad y toparte a las primeras de cambio con una selección exquisita que incita al consumidor a una apuesta por la calidad literaria.

Una de las pioneras en amoldar su establecimiento a este tipo de oferta fue Adrienne Monnier con su Maison des Amis des Livres en el número 7 de la Rue de l’Odéon, justo enfrente de otro ilustre templo: La Shakespeare& Co. de Sylvia Beach. Ambas librerías gestaron una parte decisiva de la Historia de las Letras contemporáneas al abordar con mucha valentía la Editio princeps del Ulysses de James Joyce y su primera traducción al francés, anécdota explicada a la perfección en el volumen que nos concierne, estructurado en tres tramos que hilvanan un discurso de amistad, recuerdo y método.

Tras un sentido prólogo de Simone de Beauvoir, un aperitivo en forma de introducción recoge los testimonios de clientes y amigos, entre los que cabe mencionar a Paul Claudel, Jacques Prévert, S.M. Eisenstein o Yves Bonnefoy. Sus palabras de admiración y cariño no son meras muestras de afecto porque permiten introducir la trascendencia del lugar mediante comentarios sobre una señora vestida con largas faldas grises y sus dominios, en los que se mezclaba una sensación de paraíso, el trato directo con el cliente y una distancia reverencial hacia la dueña.



Será la misma Adrienne Monnier la que nos conduzca por los entresijos que forjaron la divisa de su labor. Un inesperado premio de lotería ganado por su padre hizo posible su sueño de tener una librería en un enclave de excepción. La Primera Guerra Mundial hizo descender los alquileres en la Rive Gauche y la jovencita aprovechó la ocasión sin saber que acababa de poner una especie de piedra miliar. El escaparate era una tentación y el ocio escritor hizo el resto. De repente, los muros de La Maison des Amis des Livres empezaron a ser un fuerte reclamo que hipnotizaba a muchos literatos que entablaron amistad con la propietaria, que los observaba para intentar descifrar movimientos de la transformación.

Fargue, Valéry, Linossier, Rilke, Jules Romains y Léautaud fueron algunos de los asiduos comensales en la mágica cena de la vanguardia, pero los apuntes más destacados acaecen cuando Monnier analiza con precisión los egos y comportamientos de sus íntimos del Parnaso. Breton y Aragon estaban hechizados por la luz de Apollinaire. Más tarde crecieron y desarrollaron un discurso independiente que se hizo factible, esto es una apreciación de quien escribe, al morir el maestro de Alcools en 1918.

La relación entre poetas nos presenta el oportunismo de Jean Cocteau y sus artes de engañabobos en un divertido lance con André Gide con el fin de recitar en Rue de l’Odéon, flexible con otros idiomas y emocionada con el clan irlandés, capitaneado por Joyce y con Beckett vestido de alumno aplicado en el aprendizaje hacia su senda.

Estas memorias de la librería son un pasaje que con prosa sencilla y muchas dosis de naturalidad, como si Monnier nos hablara sentada desde su tranquila elegancia, que esboza un cuadro completo donde irrumpen en última instancia el delirio de Hemingway y la condenada cordura de Walter Benjamin. Tanto nombre no abruma. Fluye y sacude nuestra imaginación. Recibimos descargas de una realidad pasada que bien podríamos titular Los otros, sin connotaciones fílmicas. Monnier retrata el vaivén creador que transcurría largas horas en la librería, se erige en cámara que adquiere otra categoría cuando en sus relatos abandona lo externo y se centra en sus propias experiencias vitales en primera persona.

En el segundo y tercer trecho sus remembranzas revelan dos facetas de peso en las que no solemos reparar. Monnier era una notable poeta, y parte de su talento lírico se ve reflejado tanto en sus crónicas como en el desmenuce de los dimes y diretes de la librería, desde el préstamo de ejemplares para animar a su posterior compra hasta el cubrir los libros con papel cristal sin atarlos ni sellarlos. Sus originales ideas pertenecen a un período imposible de reeditar con ciertos elementos que bien interpretados mejorarían el camino presente desde el criterio y la sabiduría de aceptar lo longevo clásico y defender la novedad con pies y cabeza, sin sucumbir al chascarrillo de mucho ruido y pocas nueces.

Todo lo dicho fue fruto de una mente inquieta que proyectó su visión del mundo juntando retales de lo que acontecía hasta dar con un todo indisoluble entre la vocación personal y una marcada voluntad individual que destapa su tarro de las esencias en dos relatos de viaje. “Recuerdos de Londres” exprime los conflictos de una adolescente enamorada que desembarca en la capital del Planeta y la recorre encantada por contemplar sus amados prerafaelitas, embobarse con los Cabs y, en definitiva, quedar fascinada por la modernidad británica. Monnier se cautiva con lo insólito y en sus pesquisas sobre lo extranjero da con la clave que facilita conocer mejor sus máximas de pensamiento. Lo diverso es único, y ella siempre se sorprendía con la excepcionalidad. Los héroes que frecuentaban la Rue de l’Odéon no se asemejaban físicamente a los gentiles futbolistas transalpinos de “Hombres italianos”. Su línea de unión radicaba en la heterogeneidad que escapa a la norma, umbral que desaconseja lo rutinario y se instala en una humilde excelencia de la que surgen los episodios humanos que vertebraron la singladura de una librera legendaria.