sábado, 21 de enero de 2012

Goethe/Schiller en Panfleto Calidoscopio




Goethe/Schiller: Una amistad y el reflejo, por Jordi Corominas i Julián



“Una mojigata orgullosa a la que habría que dejar embarazada para humillarla ante el mundo”. Estas palabras no son la brillante ocurrencia de ningún plumilla de Facebook deseoso de recopilar me gustas a su cuenta de ego. Tampoco son las de un borracho en un bar a altas horas de la madrugada. El autor de la frase es Friedrich Schiller, y la escribió con su pensamiento dirigido a Johann Wolfgang Goethe, genio absoluto de las letras alemanas. Tal arrebato de ira acaeció por uno de los males más profundos del mundo literario: la envidia. No hay día en que no se detecte en alguna parcela entre páginas, reuniones y comentarios; siempre tendrá un lugar de honor en la actualidad interna de aquellos que luchan por conseguir frutos con sus escritos: es inevitable, una máxima de frustraciones, inferioridades e impaciencia.

Mi mejor amigo está fuera del círculo letrado. Es un señor de sesenta y ocho años al que muchos de mis colegas rechazan, pues sus coordenadas no parecen dignas de tanta brillantez lírica. Sin embargo, otros valoran su arrojo y desparpajo. A veces no hay que publicar magnas obras para ser inmortal, pues algunos ágrafos contienen en su cotidianidad verbos que muchos aspirantes nunca podrán oler por insuficiencia. Y es triste pensar que algunos valoren la amistad y al resto de seres humanos desde una perspectiva tan miserable, lo que quizá ocurra porque no conocen la Historia y sus entresijos.

El afecto entre narradores, poetas, dramaturgos y todo tipo de bichos dedicados a la literatura se remonta a la noche de los tiempos. Virgilio y Horacio hicieron buenas migas auspiciados por Mecenas, quien con su círculo propició una etapa de esplendor en el verso romano que tardó siglos en ser igualada o superada. Max Brod traicionó a su alma gemela Franz Kafka al salvar los manuscritos del autor de La metamorfosis de la quema deseada. Francis Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway se bebieron París hasta que el marido de Zelda soltó su miríada de celos y el fracaso aterrizó en su existencia. El joven emblema de los años veinte quería asemejarse al loco por el que aún se celebran concursos de dobles con barba blanca y barriga. La imposibilidad de ser otro, lo que verifica que el doble siempre merodea con su radar, marcó la existencia de un ser predestinado al éxito que murió demasiado pronto.



La inquina de Schiller hacia Goethe debe contextualizarse para ser comprendida. A finales del siglo XVIII se produjo un punto de inflexión. Werther sacudió los cimientos de un universo caduco y tiñó Europa de un aire romántico que explotaría definitivamente tras el fin de las Guerras Napoleónicas. De repente, una generación lectora despertó de la mano de un romance epistolar con suicidio incluido que propulsó a su creador hacia unos confines de celebridad desconocidos hasta la fecha. El impacto de su novela fue inmenso. La imitación de las desventuras del protagonista y la textura de su amor revolucionaron un panorama anodino y sentaron de manera inconsciente las bases para un giro colosal de las mentalidades, del Antiguo Régimen a la Revolución Francesa, del sopor infinito a la esperanza de un hueco para el hombre desde el hombre.

Por aquel entonces, y nunca me cansaré de repetirlo, las distancias eran más largas y el silencio copaba mucho espacio. Schiller estallaba ante una bestia coronada. Lo hacía porque había arrojado la toalla. El laurel no recaería en su testa ni en la de otros contemporáneos talentosos. Goethe invadía la totalidad con la prestancia del elegido por los Dioses.

Lo que no contempló Schiller es que la inteligencia, algo de lo que deberíamos tomar nota, no es cuestión de un mero instante, sino de una trayectoria. El alud de magia literario- filosófica de Alemania en la encrucijada entre dos siglos merecía coronarse con uniones que dieran fuerza a la máquina en su marcha imparable hacia la modernidad.

Hace años, cuando estudiaba en la Universidad, me chocó la fuerza del primer manifiesto del idealismo alemán, con varias figuras de relumbrón que en sus inicios se aglutinaron para dar un inesperado empujón a su utopía romántica. Los Hegel, Schelling y Hölderlin eran hijos y sobrinos simbólicos de Goethe y Schiller, escalones previos hacia la construcción del templo, escalones que pese a la frase que encabeza este texto llegaron a ser buenos amigos desde una condición de igualdad que no implicaba, es importante remarcarlo, intimidad ni excesivas confidencias. Rüdiger Safranski lo explica con precisión quirúrgica en la obra que ha dedicado al asunto, editada recientemente en España por Tusquets.

Goethe amaba la naturaleza y gozaba con el viaje, caja de eterna expansión con la que podía descubrir un sinfín de aspectos del exterior, su patio de recreo. En cambio Schiller, por su precaria salud, residía más en interiores, volcando su esfuerzo en lo mental, lo que sin duda complicó su tarea por la mezcla de poesía, teatro y filosofía, amante a la que dijo renunciar para ser más certero en las demás disciplinas. Goethe era un príncipe sin corona en Weimar, donde no sólo ejercía su vocación cultural, sino que también debía ganarse su cuantioso pan con labores diplomáticas. Entre los dos monstruos chocaba un abismo personal y geográfico. Weimar y Jena. Acción versus reflexión. La edad influía, pero era mera anécdota, excusa barata para edificar la muralla de un miedo que se desvaneció en 1794, cuando el recelo quedó aparcado y ambos descorcharon la botella del compañerismo hasta 1805, cuando la muerte de Schiller interrumpió un intenso proceso de conversaciones, cartas y trabajo compartido que en su conjunto sintetizan el espíritu de su tiempo, dos caras de la misma moneda unidas en una colaboración que de lo colectivo viraba a lo individual, secretos que el papel privado escondía, correspondencia de colaboración, ayuda y virtuosismo a la búsqueda del alma gemela que ayudara a mejorar al otro.

Por eso no debe extrañarnos que en el otoño de su dilatada existencia Goethe quisiera conservar en su hogar el supuesto cráneo de su amigo. El fetichismo de tal hecho indica una orfandad por la desaparición del ente que propiciaba una amistad con matices metafísicos. No importaba la presencia, sino el hecho de saber que alguien sentía la misma necesidad de comunicar. Si fuéramos malos podríamos sentenciar que la conjunción de astros era un férreo control para averiguar inquietudes, táctica para crecer y no perder comba, como si Goethe y Schiller padecieran una notable inseguridad que atenuaban al conocer movimientos ajenos. Sus epístolas exhiben choques de titanes, discrepancias que solventaban con respeto. ¿No te gustan los Schlegel? ¿Odias al ateo Fichte? Tranquilo, para mi tiene más trascendencia mantenerte en mi fortaleza mental que desterrarte por chiquilladas.

Las pasiones en el siglo XVIII tenían otro calado. Cambian los nombres, las formas permanecen. El raciocinio, la ausencia de medios de comunicación con la agresividad actual y el calibrar la amistad con otros parámetros hicieron que dos divos supieran apartar lo superfluo y centrarse en lo básico y elemental. Quizá sin tanta niebla alrededor nosotros también seríamos capaces y los grupitos que se crean no tendrían ese regusto a impostura, a farsa programada porque toca. No hay que ir tan lejos ni pararse en la Germania. Jaime Gil de Biedma y Carlos Barral, por mencionar a dos miembros de tan ilustre generación barcelonesa, cultivaron su camaradería con intensidad, si bien su caso ya apunta a un hecho obvio que amplía el espectro y deriva en la formación de camarillas exclusivas con afán promocional. Que se lo digan al pobre Costafreda. Goethe y Schiller apoyaban y defenestraban a los recién llegados. Su opinión contaba, pero no se aliaron para subir a la cúspide, estaban en ella y consolidaron su posición.

Me gustará ver la cantidad de grupos que se mantienen después de la crisis, pues al fin y al cabo lo económico es la tapadera de una olla con ingredientes morales y éticos de mayor calado al determinar las dinámicas de lo que vendrá. De lo frívolo y neutro a un compromiso para con la seriedad. Literatura que no prescinda de tanta pose, literatura que respire por el contenido y su longevidad. Si los protagonistas de este humilde artículo han sobrevivido es porque siempre fueron ellos mismos, sin medias tintas. Cobijarse en la protección de un armazón no evita que reluzcan igualmente las carencias. El yo independiente hallará otros refugios menos públicos. Goethe me atizaría un buen sopapo porque emergió con Sturm und drang, un movimiento con ideas y el soporte de tener clara la senda a seguir. Ahí radica la diferencia. Ofrecer y proponer, saltar al ruedo y luego emprender la ruta en la soledad sin miedo que acoja a los semejantes para hilvanar un discurso que bañe en mares de coherencia, con la amistad situada en afinidades electivas honestas y desprovistas de tanta basura veloz y mercantilista.