jueves, 19 de enero de 2012

Nueva sección en Bcn Mes: Peligro de extinción


Catálogo sensorial de la extinción, por Jordi Corominas i Julián

Prometo no hablar de la foca monje. Tras más de año y medio paseando de la mano de Nil Bartolozzi por las calles de Babilonia hemos decidido continuar nuestra aventura desde otra perspectiva. Si antes retratábamos lo insólito externo yéndonos al otro barrio, ahora penetraremos en el interior de una serie de oficios que a duras penas sobreviven su agonía, sumergidos por el olvido colectivo y las alegres voces que pregonan a los cuatro vientos el advenimientos de nuevas profesiones, actividades que en muchos casos sólo permanecen en nuestra mente desde lo visual. Los otros sentidos no intervienen y alejan la revolución de la calle, situándola en una nube indefinida más práctica y menos humana que presume de información y vanguardia con la supina ignorancia de quien juzga el retrovisor como decoración.


El tacto pretérito reside en las lecherías, vestigio que siquiera contempla las lecheras dy hierro que transportábamos en nuestra infancia. Salíamos del negocio, invadíamos la nata con nuestro dedo y nos relamíamos de placer mientras cargábamos con tan preciado líquido. En Gracia la Calle Torrijos es la prueba fehaciente de la amenaza. Cerró hará cosa de dos primaveras y el terror por su óbito se simboliza en su vecino de enfrente: El atelier de la muerte negra, con sus faraones y calaveras, enciende el fuego de la venganza.

También podríamos relacionar con el tacto al gremio de los ebanistas. Palpas la madera, notas lo quirúrgico de su cometido y la maravilla acude sola. Sin embargo, si algo me encandila de su pericia es el olor a madera que impregna sus aposentos. Al aire libre las esquinas alientan otra reminiscencia olfativa más bien pueril mediante la castañera, recuerdo de una no tan remota época desvanecida que generaba canciones y una ilusión muy diferente a la de la monstruosa calabaza yankee.

El oído se alía con la vista. La escena es conocida. Tu habitación, la ventana y el lienzo urbano ocupando tu mirada. De repente, un sonido característico inunda el espacio. Son dos, tres segundos. Un grito desvela su identidad. Es afilador, quizá mi predilecto, con su bici o moto y su piedra que ya nadie quiere para sus cuchillos. Su inconfundible melodía preludiaba amaneceres y bullicios de mediodía. Era un barómetro del sol que en la imaginación siempre vislumbré de estatura inferior a la media, arrugas y una estética genuinamente franquista, y eso lo dice alguien nacido después de 1975. La aclaración es importante, pues al fin y al cabo el pobre afilador fue cuando le correspondió uno más del rebaño. Ahora es un figurante que hace cameos.


Su mera mención en una charla agita los ánimos. Pervive en la memoria común y las personas identifican sus rasgos esenciales. Hay uno en el Paralelo, al lado de mi agencia circula otro desde siempre, quizá si preguntas a un gallego sabrá decirte más. Aflora la información, apunto lo importante y me entra una gula atroz, de pan. Me apetecería algo artesanal, y no creo que las ocultas cadenas que nombran su chollo con nombres familiares me den lo que quiero. El centro, y un recorrido de dos días por locales modernistas en el Eixample, dan gusto a mi gusto. Hay pocas ofertas que alimenten el estómago con sabores engullidos por japoneses y lo exótico, pero aún hay esperanza para quienes opten por la tradición sin taylorismo. Y sí, la cuina casolana hace que nos chupemos los dedos. En la variedad reside el gusto, así lo dice el refrán, y por eso renegamos de la uniformidad a la que quieren someternos. Vale para hasta los puteros, que entre Sant Pau y Sant Ramón tienen una reserva de meretrices que ya no se estilan.

Queda, y es una constante, el matiz de la observación. En los últimos meses he detectado que el chatarrero ha reaparecido. Lo reconoceréis por sus furgonetas que anuncian a bombo y platillo de pésima destreza sus servicios. Números y letras cubren los laterales y los abnegados empleados de tan insigne personaje vacían todos los muebles y utensilios que dejamos el día de recogida. Sonreímos al ver el vehículo y la sorpresa se casa con la melancolía.

A lo largo del próximo año dedicaremos la sección a empaparnos de lo extinto, y no lo haremos desde casa. Visitaremos sus enclaves, hablaremos con los que perpetúan su llama e intentaremos averiguar cómo su resistencia traspasa las fronteras de la crisis e instaura en el color del presente ecos de blanco y negro.

Ilustración: Nil Bartolozzi