domingo, 1 de enero de 2012

Opium de Jean Cocteau en Literaturas





Opium de Jean Cocteau, por Jordi Corominas i Julián



Opium de Jean Cocteau me ha acompañado en varios viajes, como si nuestra relación no pudiera cerrarse en una sola lectura. En Barcelona lo devoré en todos los espacios imaginables de mi casa, y hasta lo llevé conmigo de paseo. En Madrid fue avistado por un camarero que lo confundió con una novela de Jesús Ferrero. En la montaña me dio el placer exquisito del silencio, pero si debo recordar un único instante de las horas transcurridas en su gratísima compañía quizá me decante por el trayecto de mi casa a un avión. Aún bajo los efectos de la marihuana las páginas del poeta francés se llenaban de una música que en mi cabeza creía recordar melodías de Un chien andalou y fragmentos del Testamento de Orfeo, película que me impactó sobremanera a la edad de veinte años.

Creo que para paladear con precisión Opium es necesario haber catado una droga similar de manera pensada, calibrando el hecho desde la premisa de ignorar las habladurías sociales y las diabólicas advertencias de la tradición. Disfrutándola, dándole utilidad y no un mero ocio del opio. Cocteau se enganchó y se desenganchó desde que perdió en 1923 a Raymond Radiguet. A principios de la década pasada el Centro Pompidou de París montó una exposición dedicada al poliédrico artista galo. Algunas imágenes lo mostraban tumbado con falsos ojos mientras consumía su querido vicio. Las fotografías indicaban delirio y ensimismamiento compartidos con un tiempo congelado, un estatismo en forma de trampantojo, porque en realidad el genio se hallaba en pleno éxtasis creativo en un universo paralelo poblado de fantasía, originalidad, razón y lirismo.
Los muros del sanatorio de Saint-Cloud fueron el silencioso escenario de una obra que podríamos calificar con mil clichés sin que ninguno resultara convincente. ¿Diarios? Sí, por su naturaleza lo son, fueron concebidos con la intención de narrar el período de desintoxicación y la miríada de sensaciones que el cuerpo producía. ¿Aforismos? Sin duda, y ello nos transporta a la magia del verso en prosa, a los vocablos flotando en el papel con su desorden ordenado y el caos, idas y venidas que tratan sobre mil temas que, entrelazados, crean el todo con la ventaja de dejarnos respirar.

Otra opción nada desdeñable es abrazar el manuscrito por su arte poética, válida tanto por su interés historiográfico como por su rabioso presente, con la pureza revolucionaria de quince días, la anormalidad del bardo o el deseo de escuchar las guitarras de los cuadros de Picasso. En otras partes notamos contradicciones. El alegato para que cese la frivolidad y la conjugación de las artes aturde al venir del hombre que contribuyó de forma decisiva a perfilar la mítica Parade junto a Diaghilev, Satie y Picasso. El pequeño chirrido de la reflexión puede deberse a una oscilación en el estado de ánimo del distinguido paciente, quien más adelante rectifica y aboga por elegir poemas operísticos por su capacidad de aguantar junto a una trompeta, un saxofón y tambores negros.

No recomendamos a nadie una fotografía de su voz, ni siquiera permitimos a las cajas de bombones saltarse su turno. Es raro el libro en que imaginemos a su padre mientras lo trae al mundo. Con Opium no resulta complicado trasladarse a la habitación donde penaba Cocteau y sudaba la resistencia de los secretos del opio agarrándose a su carne, reacios al abandono. Es sencillo aterrizar en su cuarto y fascinarse en la ambivalente agonía que nubla el aire. Los dibujos del volumen exhiben el dolor exquisito que media entre el ingreso a la clínica y la despedida de los galenos. El rostro padece y los tratamientos son insensatas torturas, condenas para desistir. Sin embargo, las atenciones recibidas son una insuficiente colección de recetas, porque el enfermo plasma en sus anotaciones que ninguna receta será capaz de frenar su convicción de las virtudes opiáceas.

Además, suele ser lo recomendable, aquí no estamos hablando de un adicto, sino de un mero fumador de un mal benéfico. El bon connaisseur ha testado el producto que le deleita, tirando a la basura los tópicos.

“Qué fácil es decir: El opio detiene la vida, insensibiliza. El bienestar procede de una especie de muerte. Sin opio tengo frío, me acatarro, pierdo el apetito. Me impaciento por imponer mis ideas. Cuando fumo, tengo calor, desconozco los catarros, tengo apetito, mi impaciencia desaparece. Doctores pensad en este enigma.”

El lamento por no ser Apolo, rapsoda y seguidor de Hipócrates, articula el discurso que, lo habrán intuido, se ajusta a varias orquestas pese a centrarse en una. El opio ha causado la visita a Saint-Cloud en el experimento al que se ha sometido el rico intelectual, haciéndolo con la misma voluntad que le incita a caer en las redes de esa agua que hace despegar flores internas. Al manejar su perdición desde la libertad, no por trastornos morales, las descripciones de Cocteau constituyen un manual indirecto que introduce a un universo vetado donde el reloj corre con anómalas velocidades, con puntos de partida adictos a metamorfosear segundos y minutos.

Julio Verne, Robert Houdini, los bustos, las ceras, las barracas de feria, Proust, Buñuel, Eisenstein, Buster Keaton, Cristo y Napoleón. Anécdotas pretéritas y predicciones futuras, ironía, dureza y autocrítica. La filosofía de una existencia y sus vicisitudes se condensa en los meses de espera, eremitismo moderno de lujo y a conciencia de una figura que quizá por su inimitable e iconoclasta carácter no penetró nunca a fondo en nuestra cultura, si bien también cabe decir que se antoja quimérico dar con continuadores de su legado. Cocteau les llamaría ladrones