domingo, 5 de agosto de 2012

Diálogo con César Antonio Molina en Sigueleyendo





Diálogo con César Antonio Molina, por Jordi Corominas i Julián

Es miércoles y en Barcelona hace un calor de mil demonios. Estoy al lado del Museo Picasso y para encontrarme con César Antonio Molina tengo que desplazarme al lado de Plaza Catalunya. La Rambla me separa de mi objetivo, y está llena de turistas y estatuas, lo que sin duda dificulta mis pasos, más lentos que de costumbre.
Abro la puerta de un Hotel, me siento en un sofá y compruebo que he llegado con demasiada antelación sobre el horario fijado con la jefa de prensa de Destino para entrevistar a uno de los ministros de Cultura de la era Zapatero. Sin embargo, pese a que me tienta muchísimo, no hablaremos mucho de político porque el motivo de la charla el libro Donde la eternidad envejece, quinto volumen de unas memorias de ficción donde el poeta gallego exprime, y el verbo no es en absoluto casual, sus impresiones sobre mil y un lugares del Planeta.
Nos damos la mano y noto que el diálogo será fluido pero nada fácil porque, tras muchas entrevistas, el autor tiene aprendido un discurso que deberé romper para sacar petróleo. Enciendo la grabadora.


Jordi Corominas i Julián: Este es el quinto volumen de las memorias de ficción. Cuenta para quienes no conozcan las anteriores que te inspiró para escribir la serie.


César Antonio Molina: En el umbral de mis cincuenta años, un momento ya se tiene suficiente experiencia vital para meditar sobre el pasado y enfrentarse al futuro inexorable, paseaba por un sitio y tuve esa sensación de querer contar lo que había visto, leído y escuchado y narrar el tiempo que me había tocado vivir y plasmar como ese tiempo se correspondía con otras épocas y autores. Así fue como decidí armar el coloquio entre pasado y presente. Es un proyecto imposible a los veinte años porque no es una obra de intuición genial poética, es un libro de experiencia intelectual y experiencia vital.

Una apuesta por ordenar todo tu batiburrillo vital e intelectual.

Como si durante cincuenta años hubieras estado con una especie de cámara captando todo aquello que sin saber el motivo te interesaba. A lo largo de los años llené páginas de anotaciones, casi de manera inconsciente, pero llegó un momento en que mi di cuenta que esas notas tenían un valor y eran una fuente para escribir algo nuevo.

Y el primer orden de todos esos apuntes era para contigo mismo.

Sí, pero también me di cuenta que es el testimonio de una época, no sólo de una persona. Un tiempo de cambio, transformación y agitación del que desconocemos lo que va a pasar. De todos los libros que admiro y de todos los maestros que tengo como guías he aprendido que sus ideas no surgen sólo por una crisis espiritual personal, sino más bien por la crisis espiritual del tiempo que les tocó vivir.

Y en tus memorias de ficción mezclas el movimiento con lo estático, porque tú eres un transeúnte que se fija en objetos que llevan siglos en el mismo sitio. La reflexión es la que activa el movimiento.

Hay movimiento intelectual en los libros y la pintura. Para mí el caminar es sinónimo de pensar. Hay grandes paseantes como Walser o Montaigne. Lo mío es un peregrinaje por la cultura y el paisaje de la naturaleza y también por mi tiempo y mi época.

¿No estamos perdiendo en nuestra época la capacidad de pasear en condiciones y de observar con detenimiento lo que nos rodea?

Sí, por una parte la perdemos, pero también las cosas que se pierden regresan de alguna manera. Hay miles de caminantes por Europa, y el caminar es como la escritura manuscrita, es un elemento esencial en el pensamiento, y cómo esa recomendación médica del andar nos muestra que algo tan primitivo como eso sigue siendo fundamental. Caminar y escribir son expresiones de la conciencia y el conocimiento del ser.

Y mediante los paseos creas un abanico de temas que remiten al pasado, pero están íntimamente ligados a tu presente porque los estás pensando y para ti significarán algo que se cifra en nuestro tiempo.

Es cierto. Muchas de mis ideas las he obtenido del paseo, al igual que muchos de mis poemas. El paseo es acompasar la soledad a la mente. Nunca lo he hecho por recomendación médico, sino más bien por instinto intelectual. Ando mucho, y todas las ciudades, incluso Nueva York, las he recorrido a través de planos de zonas que he caminado, porque es la única forma de conocerlas.

Así es como encuentras el orden de las calles, algo que sirve para descifrar un orden de tu propia persona.

Sí, es algo esencial.





Tienes una serie de lugares de predilección en las ciudades, como puede ser la tumba de Virgilio en Nápoles.

Un sitio desierto donde nunca me encontré con nadie, con una vista maravillosa de la bahía partenopea.

Ahora no se puede visitar, está en obras, y sí, es un sitio maravilloso donde disfrutar de la soledad.

Y no todos pueden llegar arriba entre tanta rampa. Subes desde la estación y es un esfuerzo que vale mucho la pena.

Retomemos el hilo. En Donde la eternidad envejece hablas de muchos enclaves de la Antigüedad.

Siempre me ha fascinado la arqueología, y en mi poesía está muy presente la ruina. Quizá en este libro destaca más que en otros, es un viaje al pasado para entender el presente, que está lleno de lo pretérito. Griegos, egipcios y romanos tenían hondas preocupaciones por el tiempo, el más allá, el destino y el azar. Resolvían su angustia con tumbas, dibujos de los libros de los muertos, la invención de los dioses, la mitología y hasta con el cristianismo, una derivación de una manera de entender la vida.

Una manera de eternizarse.

¿Cómo se puede pensar que toda nuestra existencia no vale para nada? Todo eso requiere una explicación o una meditación que nos conduce a una creación cultural. Toda la preocupación está promovida por el desconocimiento del hombre y su incapacidad para saber.

Y ahora de tanta información producimos mucha desinformación. En este sentido tu libro tiene un ritmo pausado, no corre, se ajusta a una reflexión meditada.


El libro es una disculpa para pensar, un decorado y una compañía de elementos culturales que me acompaña en la meditación sobre la existencia. Para mí es mucho mejor meditar por Via Veneto e así intentar averiguar porque el padre mata a sus hijos.




El Steiner de La dolce vita.

Un padre culta que toca de maravilla el órgano que va a la iglesia, querido, con amigos…¿Por qué se suicida?

Y Steiner es la conciencia crítica.

En ese tiempo es la desesperación.

Y Steiner sabe perfectamente que todo el milagro económico de los sesenta es una ilusión. A veces da la sensación que en nuestra época falta la figura de un intelectual de verdad.

Nuestra época ha ido cortando las alas. No hay grandes obras de pensamiento. Es casi imposible encontrar un Hegel o un Kant. Hoy hay demasiada banalidad, inconsciencia y demasiado entretenimiento, demasiados elementos para confundirte y hacerte olvidar elementos fundamentales del pensamiento. Estamos en un tiempo y en una época que T.S. Eliot, George Steiner y otros pensaban que podía llegar, la época de la aculturación, donde la cultura ha quedada hecho un trapo, destrozada. Si comparamos las obras de hoy con las del pasado están a años luz. En el futuro muchos géneros literarios desaparecerán, o quizá serán algo nuevo, mezcla de texto y vídeo. Asimismo el arte se ha deslizado por caminos incontrolables, y no sabemos lo que pasará.

A veces pienso que nuestra época se parece sospechosamente a 1914, cuando el sistema estaba agotado, pero surgieron las vanguardias.

Destrucción y regeneración. A lo mejor hemos pensado que algunas cosas serían eternas. La cultura existirá de la manera que sea. En la Edad Media padecimos una oscuridad de siglos y luego llegó el Renacimiento. Puede que estemos en una especie de Baja Edad Media, en un tránsito hacia algo que desconocemos y que a lo mejor vire hacia otra manera de expresarse.

Siempre tendremos necesidad de expresarnos. Los hombres amamos, pensamos, comemos y bebemos como antes, pero el ritmo ha cambiado.

La tecnología lo ha ido modificando. Los elementos esenciales sí, son los mismos. El hombre nace igual y muere mejor, pero por mucho que así sea seguimos sufriendo por nuestros sentimientos y continuamos teniendo el elemento del placer.
El placer del libro es el de poder pensar las cosas, pero en nuestro tiempo es una anomalía por culpa del presente veloz, que impide pensar de manera pausada.
No se ha perdido el hábito, pero sí la capacidad de regodearse en el placer. Nadie nos indica un camino de cómo disfrutar la vida, tenemos que descubrirlo nosotros, personas civilizadas que avanzan en esa senda, aunque aún no hemos llegado a un modelo de civilización definitivo, eso es imposible.

Volvamos al mundo antiguo. ¿No te parece una barbaridad que desaparezca de los programas educativos todo el legado clásico?

Me parece terrible, porque además ha creado una tremenda incomunicación con los alumnos, que ya no tienen referentes clave como los héroes y todas las obras clásicas. Por otra parte antes me has comentado que debiste estudiar Historia de la China, y bien, eso es fenomenal, porque en Occidente debemos mucho a Oriente, quizá más a la India, y no conocer ese legado ha provocado muchos conflictos absurdos.

¿Cuándo paseas tienes las historias que narrarás in mente o surgen después?

Normalmente voy a un lugar con una intencionalidad. Cuando fui al Coliseo sabía que Séneca vivía cerca. Mi método consta de dos procesos. Una parte previa y una parte in situ. El lugar se pone en contacto contigo porque sabe que lo quieres, los espacios tienen su propia vida y te dan pistas. Una vez me pongo a escribir mezclo eso con mi propia intuición de lo que quieres contar.

Encadenas pensamientos.

De muchas épocas y momentos. Desde lo clásico hasta las películas del siglo XX. Audrey Hepburn en Vacaciones en Roma sale de su habitación y recorre un camino que quizá ha existido siempre, y eso permite unir épocas, tiempos, géneros y visiones distintas. Me encanta plasmar un mundo comparado en el que ves varias culturas que van del siglo XIX hasta las ruinas del pasado más remoto, y me sale de manera natural, uno no puede forzarlo, es una narración interior que debe fluir, porque de otro modo seria Historia u otra cosa distinta, mientras que en mis memorias de ficción hay toda una conexión entre espacios, lugares, las arquitecturas y la memoria cultural. Esa mezcla es una reconstrucción de un lugar ya distinto.

Es una reconstrucción de lo exterior tal como lo evoca tu interior.


Y al leerlo ya es un espacio distinto porque está interpretado. A veces me comentan amigos que han ido un sitio que describo y no han visto nada de lo que describo. Uno ve lo que otro no ve, y es bueno que así sea, porque si todos viéramos lo mismo no tendría sentido transmitirlo.



Todas las fotos son de Ana Portnoy