jueves, 9 de agosto de 2012

Antibiótico de Agustín Fernández Mallo en Revista de Letras







Descargas asimétricas: “Antibiótico”, de Agustín Fernández Mallo
Por Jordi Corominas i Julián | Destacados | 6.08.12



Antibiótico. Agustín Fernández Mallo
Visor (Madrid, 2012)





Agustín Fernández Mallo me gusta porque hace lo que le da la real gana: si tiene una idea, y aquí no entramos en debates de originalidad y otros tópicos manidos, intenta llevarla a cabo. Tal afirmación parece idiota, pero no lo es. No creo que sean tantos los que puedan decirlo. En invierno de 2005, el gallego afincado en las Baleares tuvo la idea de realizar una suite poética a lo largo de quince días en un pueblo leonés donde sólo queda un habitante. Aislado por el ambiente y la nieve compuso Antibiótico con la ayuda de pocos objetos, un ordenador y un estado de ánimo, producto de la soledad, que fluctuaba entre grandes dosis de excitación y aburrimiento.

El resultado es un poema río en forma de ráfaga, un totum revolutum bastante más coherente de lo que parece a simple vista. Para darme cuenta de ello apliqué un método de lectura que recomiendo a todo hijo de vecino. Primero lo leí de una sentada, y luego, con calma, degusté los versos, que adquirieron más precisión, sin que ello signifique que en la anterior cata no la tuvieran. En ellos está presente la idea lírica del autor de las Nocillas, con una carcasa en la que aparecen elementos que ya constituyen su propia marca de la casa entre música popular, la metafísica de los objetos, la alusión a marcas de consumo como elementos cotidianos de nuestro tiempo y una aceleración burlona que de manera muy consciente se desdice de la supuesta lógica y nos brinda un batiburrillo en el que el rosa corresponde a Carolina de Mónaco en la Almudena o a los testículos. El reloj se mueve con una extraña sensación de congelar los segundos y el espacio en una atmósfera en apariencia irreal. La culpa es de la simultaneidad expresada tanto en la repetición del doble como en la diversidad de lugares hermanados por el fluir del texto y la lógica de la física.

Es bien sabido que cuando se aplica a los cuerpos en movimiento, la electrodinámica de Maxwell conduce a asimetrías que parecen entrar en contradicción con los fenómenos observados.

En el alba del poemario uno presiente que vida y muerte cobran un papel decisivo en el devenir de lo que se nos quiere exponer a nivel conceptual. No nos equivocamos, o sí, porque la realidad es vista como un ciclo ininterrumpido en constante mutación donde los desechos se transforman en otros cuerpos hasta el paroxismo. Salimos de Maratón y alcanzamos el nivel cero de las torres gemelas sin solución de continuidad, y la única excepción a tanta transformación es Venecia, inmutable por caprichos del destino y su inevitable absurdo de unicidad.

“Wheeler: Ya sé por qué todos los electrones tienen la misma masa y la misma carga.

Feynman: ¿Por qué?

[Instante de silencio]

Wheeler: ¡Porque todos son el mismo!”

Lo que comprobaríamos una jornada cualquiera al entrar en Facebook o Twitter y alucinar con la monotonía de un TL donde las personas se empeñan, pese a estar en cuerpos distintos, en reiterar la misma cantinela, se llame Ana Pastor, Marilyn o Chavela. En Antibiótico paseamos por facturas, frases que son de Valente y Wittgenstein, contratos donde el yo se desdobla, la nieve, la obviedad de la inexistencia de lo diferente en ese magma de voluble igualdad y una construcción que quizás sólo puedan comprender en su totalidad los que dominen los vericuetos de la física. Se nos escapan las fórmulas del edificio, que observo como una salida a una oscilante carretera de muchas matrículas y un solo camino que no desea alcanzar el final, quimera en la inmensidad de la red de redes y la propia existencia, pues el poema concluyó cuando la cronología ajustó cuentas con el objetivo del experimento: de otro modo, y así es, continuaría hasta el infinito.

“la estética del instante siempre ha tenido mala prensa, recaen sospechas sobre lo que dura una fracción inmedible de tiempo: aquello que no tiene pasado ni futuro, fogonazo de nada, carece de reputación el nihilismo, de poco sirve que el punk o la publicidad lo dignificaran,”

La misma coma del fragmento que precede a estas líneas indica lo ininterrumpido y muestra cómo en esta suite lo poético se expresa tanto en prosa como en verso al encontrarnos en el interior de un collage que es la plasmación artística de lo que, a posteriori, el autor vertió en la teoría con su ensayo Postpoesía, del que Alejandro Zambra dijo lo siguiente: “¿A alguien puede molestarle que Fernández Mallo diga, como descubriendo la pólvora, que ciertos spots publicitarios son “verdaderos poemas contemporáneos”? La respuesta, al menos en España, parece ser un largo y doliente sí. Y eso es lo escandaloso de este libro: que sea posible que alguien se espante ante estas propuestas tan razonables.”

Y poco más hay que añadir. Se aplaude la inventiva, la calidad del conjunto y el riesgo de saber que en un universo tan minoritario es estúpido no querer usar lo que lo contemporáneo brinda a nuestra disposición para crear y sacar a cadáveres de la tumba para darles la respiración que reclaman a gritos.