sábado, 11 de agosto de 2012

Garum de Carmen Garrido en Revista de Letras




Elegancia en la adversidad: “Garum”, de Carmen Garrido
Por Jordi Corominas i Julián | Destacados | 9.08.12



Garum. Carmen Garrido
Devenir (Madrid, 2011)

Premio Nacional de Poesía
“Fundación Cultural Miguel Hernández” 2011.


El garo era una salsa hecha de vísceras fermentadas de pescado. Los patricios romanos la apreciaban en grado sumo, y hasta algunos municipios españoles como Baelo Claudia, cerca de la actual Tarifa, vivieron de ella durante siglos. La arqueología ha permitido resolver el misterio de su fabricación, y para ello removió las entrañas de la tierra, que es adonde acude Carmen Garrido en el poemario que titula con el nombre del viejo condimento.

La cordobesa parte con un cargamento de mujeres y demuestra otra vez más un perfecto dominio de la estructura de sus textos que aliña con unos versos de ritmo oscilante que marcan el tempo lírico entre pausas, acelerones, estribillos y desgarros, porque su intensidad parte de lo más profundo y elige para ello una serie de arquetipos individuales y colectivos marcados por el sufrimiento y la ausencia de luz en varios lugares que, sin embargo, son el mismo. El llanto trágico de la mujer que ha extraviado su memoria nos lleva a otra época, la de su recuerdo, anclado en la alegría previa al desastre de la Guerra Civil en un universo de jornaleros y trabajadoras comparable, ya lo hizo García Lorca en Nueva York con la música de por medio, a la de los negros norteamericanos y a todos aquellos que se hundieron durante la Gran Depresión de los años treinta, exprimidos por

“Cincuenta estrellas siguen extrayendo leche de tus senos,

saturninos, devorándolos,

mientras buscas la mirada de tus niños rubios

y no descansas pensando con qué,

con que los alimentarás en la eternidad que viene”.

Y la explotación y el abuso son una constante que transita por el libro como una atmósfera que invade el mapa y se perpetúa en viajes, pensamientos y acciones de las desdichadas que llenan sus páginas. Lo son desde lo real y también a partir de una obscena curiosidad que Garrido plasma en “Alma Mater”, poema extracto de una noticia del periódico más vendido en nuestro país que recoge el hallazgo de los restos de 97 bebés en un poblado de época romana. La muerte, el segundo fantasma que recorre la epidermis del volumen, apunta aquí maneras de efeméride, como si los humanos hubiéramos perdido la brújula de su importancia al verla tan a menudo en papeles, informativos, ensayos y estudios universitarios, y sin embargo, su obvia sordidez es planteada en Garum en un tejido cotidiano que es silencio de agonía, canto de desesperación ante la imposibilidad de poder saltar la muralla que nos oprime, capitulando en el infierno sin calderas ni diablos rojos. No son necesarios.

Asimismo, no podían faltar los olores, que impregnan unos versos que en su interior no rehúyen lo clásico y aceptan lo moderno para, de este modo, crear imágenes certeras que nos hacen intuir una apuesta por la poesía como un juego donde la mezcla de elementos no es sino una consecuencia lógica de la velocidad de lo contemporáneo y su eterno debate sobre lo monolítico de los sentimientos humanos y la contradicción que supone con la infinita transformación de la tecnología y su impacto en la calle y en nuestra privacidad.

“Los gatos, que derrochaban celo en nuestro tejado,

no habían dejado huella

y los vecinos fisgaban por sus mirillas,

todavía con el miedo metido en el cuerpo”.

Lo hemos mencionado al inicio de la reseña, pero no está de más ahondar en el hecho del dominio que Garrido tiene para con la estructura del poemario, y esta característica, que ya había demostrado en El parteluz, es esencial al ofrecer un crescendo que une los poemas para que cobren unidad lo que, como es comprensible, evita verlos como deshilachados. Todos tienen su lógica dentro de un conjunto meditado que al acercarse al final ofrece sus mejores galas con un baile macabro, un barquero enfundado en su persistente traje de maestro de ceremonias del Aqueronte y la clausura que es una oda de derrota y esperanza, un grito elegante de rebeldía, un duro pataleo por no poder ser la musa de Delacroix ni aspirar a contemplarla en alguna mañana. Libertad, sí, y con ella y su búsqueda vislumbramos otro punto que distingue a Garrido de muchos oportunistas que con la crisis y sus males se han emocionado tanto que han visto la oportunidad de componer piezas estériles de protesta. Esta, hasta en los momentos más difíciles, no puede caer en las zarpas de la comida basura literaria, tiene que ser sólida y mirarse al espejo del pasado para sacar petróleo de lo posible, belleza que representa a la perfección esa mujer desnuda guiando al pueblo en su objetivo. Quizás el nuestro aún no la tiene, pero es hora de reivindicarla con estilo y quemar las naves para conseguirla.