lunes, 13 de agosto de 2012

Lecturas de verano en Sigueleyendo





Una montaña quimérica, por Jordi Corominas i Julián




El año pasado el texto dedicado a mis lecturas de verano versó sobre libros que dejaron una impronta en mi cerebro, obras que me gusta revisar en mi habitación para escapar del calor y sentir que siempre tengo la necesidad de aprender.

Cuatro estaciones son suficientes para notar un cambio. 2012 ha sido un año acelerado, intenso, y eso ha retrasado algunas perlas que quería devorar. A decir verdad aún no sé si agosto será próspero en este sentido porque estoy embarcado en un proyecto que exige tiempo y horas de estudio, pero sí puedo decir que en una estantería tengo una serie de caprichos que espero leer antes de la vuelta al cole. Algunos son poéticos, otros ensayos y bastantes pura narrativa, y no precisamente ligera. ¿Quién dice que la canícula es para páginas a dieta? No, es para lanzarse sin dudas en pos de clásicos y modernos que se asimilan mejor sin el estrés de idas y venidas en la cuadrícula urbana, por eso es más gustoso sumergirnos en ella, y así me ha sucedido al retomar Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé.


La historia de éste renovado romance tiene tela de la buena. Antes de este año no había pisado El Carmel, pero como uno de mis oficios es el de guía decidí preparar un recorrido por el barrio del Pijoaparte, y claro, uno conoce los espacios y su perspectiva vira hacia una mayor certeza. Más allá de la intensidad de una prosa que siempre será un referente he disfrutado de las aventuras del murciano al sentir que esas calles me pertenecían un poco más. Barcelona es una puta que se metamorfosea demasiado, y la literatura debe captarla para conservar las esencias que los dirigentes desean arrinconar en la esquina de la Historia no escrita. Marsé es un maestro por muchos motivos, entre ellos por ser honesto y fiel a un estilo reconocible que se acrecienta en su monumento al estructurarlo con una insólita perfección. Cada cita de apertura encaja en el engranaje, cada línea y cada verso narrativo son precisos. Nada sobra, y esa endiablada economía de medios que transporta a otra época, e incita a inventar la máquina del tiempo para comprar Últimas tardes… en 1966 y alucinar con lo que la gente de otrora sentiría con su elegante y canalla lección.









Ahora mismo leo Encerrado con un solo juguete, ópera prima del autor barcelonés, y noto la evolución. El Marsé maduro aún no ha llegado. Se intuyen temas y movimientos, ideas y pentagramas de melodías venideras que siempre requieren de un proceso. No se trata de llegar y besar el santo. Quien piense así puede cerrar el chiringuito. Esa sinfonía inacabada, porque toda trayectoria es un continuum, de Andrés y Tina apunta maneras, y con eso me basta, quizá porque me sé lo que vendrá. ¿Y qué? Las últimas generaciones literarias de nuestro país han desdeñado demasiado la realidad y una herencia que rebosa compromiso y observación de lo cotidiano para entender el presente. Ignorar ese legado es como pegarse un tiro en la cabeza y montar una huida hacia adelante que no salvaran americanos supuestamente pop, porque sin la asunción de lo pretérito no es posible construir futuro.



Entre otros libros que tengo pendientes hay algunos que me llamaron la atención por minucias. La Trilogía sucia de la Habana de Pedro Juan Gutiérrez fue un flechazo en una fiesta primaveral. Lo vi al lado de una botella de ginebra y brillaba rojo en su cubierta. La edición que tengo en mis manos es verde y su interior me espera con permiso de dos pesos pesados que piden paso desde hace demasiado. Uno es una recomendación de John Carlin, quien hace años me habló de la biografía de Winston Churchill de Roy Jenkins. El gran inglés hilvanó mil existencias en una, fue diputado durante más de seis décadas y capitaneó a su país a la victoria en la guerra más brutal del Novecientos. Son mil doscientas páginas, extensión parecida a la semblanza de Goebbels de Peter Longerich. Es enfermizo, lo sé, pero es oler una novedad nazi, que mal suena, y quererla. Será la fascinación por el mal o la voluntad de entender una deriva más que molesta.








Lo adquirí mientras leía, a mediados de junio, La caída de Berlín de Anthony Beevor, una perfecta disección de la agonía del Reich del milenio, ese edificio wagneriano que terminó sepultado en ruinas que el historiador británico explica con un lirismo catapultado por la misma tragedia, con ese zoo cubierto de desechos y un Réquiem que no genera compasión por el vencido ni loa al ganador soviético. Es ecuánime porque sabe de la barbaridad que es toda venganza, que a su vez nace por las atrocidades perpetradas por los alemanes en el territorio de la hoz y el martillo.

Sin embargo, entre Clío y la Ciudad Condal, otros títulos aguardan. Con toda probabilidad no seré capaz, porque es una tarea heroica que debe ser mascada con mucha calma, de penetrar en la Matemática tiniebla editada por Antoni Marí, una selección de fragmentos que se enlazan para explicar la génesis de la poesía moderna en juego donde quienes hablan son los propios creadores: Poe, Baudelaire, Mallarmé, Valéry y Eliot, bestia que ojalá cupiera mis atenciones con su La aventura sin fin, volumen que compila todos sus ensayos críticos.



El genio de La tierra baldía sabía muy bien que es indispensable una honda labor crítica para traspasar límites poéticos. Leí en invierno los tres primeros estudios y es admirable ver como el amigo de Groucho Marx, anécdota que me encanta, no cerraba su puerta en el siglo XIX, pues su preocupación por el lenguaje y la métrica eran tan intensos que escarbaba en la piedra lírica hasta en el Renacimiento.

Es interesante comprobar cómo Eliot comentaba que articulaba sus ensayos desde un punto de vista teórico que encerraba otra verdad sagrada: su corpus crítico existía en función, absolutamente sumisa, a su proyecto poético.






Recuerdo que el pasado cerraba estas recomendaciones precisamente con el bardo de Cuatro cuartetos. Lo adoro y siempre será una luz que ilumine el camino, pero como quiero comprenderlo mejor no puedo finiquitar el verano sin leer a sus más directos antecesores, Yeats y Pound, Pound y Yeats, magníficamente editados en español por Lumen y Cátedra. Dicho esto, si sobrevivo cuando caigan las hojas búsquenme por aquí, sólo deseo que versos, reflexiones y estallidos narrativos no me sepulten en un peso demasiado denso. Tomen las sugerencias, naden en la piscina, liguen sin moderación y bébanse la noche, que hay tiempo para todo y más.

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