lunes, 15 de abril de 2013

Ana Rodríguez Callealta reseña Los lotófagos en Sigueleyendo





Crear literatura es ordenar palabras para crear –a su vez- estructuras cuya combinación final de como resultado un texto inédito. Y para que un texto sea arte, el artista sólo tiene que emitir el mensaje y establecer un contrato implícito con el destinatario potencial que diga: Esto es arte. Una vez aceptado por el receptor, el cuadro de la comunicación –habiendo entrado ya en juego, lógicamente, las funciones del lenguaje-, queda completo. Así, lo primero que le viene dado al lector es una estructura ya hecha en la que entra como variable y actor, entre otras cosas, el nivel sintáctico de la lengua, del que derivará lo semántico en un sentido oracional y textual, porque el nivel semántico, en sí mismo, es transversal, esto es, irreductible.

Al abrir Los Lotófagos de Jordi Corominas, lo primero con lo que se encuentra el lector es con un juego sintáctico. Un juego sintáctico evidente y claro, de pura raza. Esto viene a decir que en un primer nivel, el poemario se presenta como un tablero de juego que a su vez debe ser construido por el lector a partir de lo ya dado: las reglas, las figuras. Con todo lo que eso comporta. Es decir, debe dotar a un poemario que es un solo poema sin pausas (a excepción de las comas), de un sentido único a partir de un ejercicio de des-encriptación. En resumidas cuentas, se trata de un poemario encriptado de múltiples lecturas: tantas como lecto-jugadores. Así, una vez buscadas y re-buscadas las pausas, los sujetos oracionales, los hilos temáticos, las subordinaciones, las jerarquías, etc., el lector entra en el libro, lo desencripta y forma parte de él más allá de la empatía, porque es algo suyo y Los Lotófagos lo ha convertido en jugador, esto es, en participante.

Si es o no adecuada la lectura que propongo, no lo sé. Pero he entrado en Los Lotófagos. Y se me ha permitido jugar. Con eso me basta.

Después de todo este ejercicio sintáctico, en el que he atravesado el poemario sin pausas ni cortes, estableciendo sujetos y núcleos de acción, Los Lotófagos se me ha presentado como un juego de cajas contenidas las unas en las otras cuyo final será por siempre infinito. De esta forma, me he permitido jerarquizar el poemario en núcleos temáticos de la siguiente forma:

Lo primero es que el desembarque en la isla de los Lotófagos necesita, lógicamente, de una travesía que nos lleve hasta él. Y yo me pregunto, entonces, si una vez desembarcados en la isla, Jordi Corominas no habrá tenido miedo de perder la memoria, y no habrá corrido, por eso, a imprimir en letra escrita esta crónica –aparentemente surrealista- de la sociedad contemporánea. Crónica y críticas nada surreales. La escritura automática es tan sólo el efecto.

Empieza así: Desarmamos rampas y cross-check, hartazgo/ de tanta nouvelle vague,/ serán azafatas de una compañía low cost, sí / agua a dos euros y medio

Y ya intuimos donde vamos a estar: un aeropuerto sicodélico, el engranaje en espiral de la locura. Mientras tanto, el yo  se entrecruza entre el anonimato y la impersonalidad rápida y voraz en las que estamos imbuidos: y le puedo ofrecer una tarjeta oro gratuita, cada / minuto sintiéndome / un péndulo de puente aéreo con las maletas en / la mirilla de la desdicha, / bestia observación anónima entre sudores de / semejantes que ignoran / al hombre sin rasgos que aspavienta brazos / rogando compasión en no lugares / diseñados para histerizar a doña normalidad / con ínfulas impresas en un papel

Y aquí la clave de lo contemporáneo que, un poco más adelante, será pasado histórico proyectado en presente: en la mentira de un lujo extinto, mantis / religiosas del siglo XXI

El marco se convierte en espectáculo (no quiero que termine el / espectáculo, abran la puerta). Pero el espectáculo no termina aquí, en este aeropuerto de la histeria, sino que empieza aquí: sean bienvenidos / a la isla amnésica de los lotófagos. ¿Y cómo es la isla? abismo privado de objetos perdidos, / escondite de la náusea fugaz que a todos representa. En la isla de los lotófagos, cada itinerario es una mudanza que acrecienta recuerdos (verso magistral). Avanzar en ella, es perder la memoria: magma de efemérides destinado a / sepultar en su cementerio / lastres que en ocasiones lamentamos abandonar / y en otras agradecemos / depositar en la espiral de una selección natural / de la omisión consentida

Todo el poemario es un itinerario por la falacia del pacto con el olvido en el que estamos inmersos cíclicamente: la sociedad, cárcel querida. Y la mentira no es superficial, es una flecha de doble punta que va, simultáneamente, hacia el exterior (somos una cíclica guadaña / que acciona sus mecanismos para dar / tranquilidad a las fachadas creyentes / de una cotidianidad sin mácula) y hacia el interior (en la / alcoba prefieren hedonismo / de humareda reclinados en el mutismo, (…) maná / glorioso de quienes optaron por esputar / cianuro a la reminiscencia). El hedonismo absurdo de la mentira complaciente. Así, Jordi Corominas va recreando esa atmósfera donde el diálogo es utopía. La descripción es buenísima: yacen, gimen risueños en la ausencia, / afortunados en su letargo / de mirar un techo, cazar ficticias mariposas y / filtrear con lo clásico / en la cima de una modernidad ajenos al apestoso / ruido de la terminal. Porque la terminal les daría un bofetón con la verdad sin amnesia.

Y el juego entra en el juego, el meta-juego de Los Lotófagos: las fichas útiles del tablero (…) el croupier / universal da brío a su ruleta atildado de / dandismo redentor, / sabe latín de las profundidades (…) fulares y un toque divino con su bastón de la / esperanza. La figura de este croupier se erige como la del dios omnipotente que tiene la llave de las tragaperras mentales. Estamos ya recorriendo una ludopatía existencial mediante la cual, el ser humano se convierte en ceguera, en hueca carne, en ruina interior.

A partir de aquí, el poemario se transforma en una regresión por las filas de la memoria histórica: y la religiosidad catalana, asustada con David / Bowie / y el comunismo de pa sucat amb oli de los / setenta. Estos versos son una genialidad: acatamos la copla de acordes fijos / lamiéndonos / las heridas en cuevas adaptadas a menesteres / básicos, / contentándonos con limosnas que justifiquen el / ideal / y burdas blasfemias planfetarias de regímenes / que son un scrabble global, perlas del / abecedario / de la infamia. Es un paseo por la batalla de Berlín en el que desfilan por subversión del símbolo, cánones de la historia, de la literatura, de la sociedad, de la cultura: Dante, Wagner, Virgilio. El pasado es la base de proyección de la crítica sagaz del presente, en tanto que su cimiento real e histórico: escombros de champagne revolvían el viento / del raudal explosivo, y en los despachos de la / derrota / se traducía en fornicaciones de secretarias con / militares / extraños al reglamento y Wagner en la radio del / frente. Y estamos de golpe en la Alemania nazi, escaparate / de la vergüenza del irraciocinio postrado ante / la revolución. Sublime.

Y en medio del genocidio, el hombre y la masa. El hombre como individuo. La paradoja: cómo puede ser el anonimato la sangre de la muchedumbre que es el todo al que pretende dirigir y controlar la autoridad: y la lente del fotógrafo de los / paladines, / etéreo notario a sueldo de mandamases, / su identidad tiene un rostro / que es el de cualquier compañero / en su misma tesitura. El anonimato frente al rostro de la autoridad: porque la rúbrica no cuenta en cuarteles / de maniáticos gerifaltes, / dueños de cetro / y tiara en la milonga del reconocimiento / por y para la masa. El eterno retorno: trucados según la centuria. Y se me viene a la cabeza –fíjense-, Jorge Manrique: en su inopia atrofian jergas detectivescas, / borrando pistas / que les darían chispas para aprehender que su / condición es idéntica / al plebeyo del trípode. El siervo, el esclavo, a merced de las dictaduras, cuyos gobernantes, sólo quieren una foto de su cara en un despacho, porque el rey, no es nada desnudo sin propaganda.

Y cambia el escenario: ahora vemos al artista de / corte / en un parque municipal dando alpiste a las / palomas, / a su alrededor la Sagrada Familia es un pastel / que los turistas devoran con sus baratijas de / cuatro duros. Entonces el poemario se hace estampa  (in)costumbrista: una chica recoge los excrementos de su chucho (…) ve salir a los pasajeros de la boca del metro, y / llora la intuición / de un color sin significante ni significado. Maravilloso: niña, mi vocabulario se desvaneció en el / incendio / de mis neuronas, desde entonces acumulo / bolsillos aserrinados de la razón y el laberinto / devino en agujero negro, sopa de letras / disuelta en polvo que flota vano y viudo / por mi cabeza. Metaliteratura. Y vemos desfilar a Van Gogh por las remozadas zozobras finiseculares en confines / surcados por la orquesta del Titanic en la playa / del entresuelo con velos decimonónicos.

Y luego, desde una ventana de Lavapiés, el fútbol y The Beatles, cadencias entrelazadas con un punto sarcástico inevitable: a posteriori dialogamos en un / restaurante indio / de la avenida principal, pedimos una jarra de / líquido / elemental del grifo por eso de ahorrar con la / crisis / y sentirnos astutos en el elogio de la calidad, / pero recaudaron lo mismo con el plus del / picante. Y entra en juego una liturgia sacra; lo sacro por la inversión de los símbolos y las figuras de la mitología romana: tira el cáliz del / burdel de la Almudena / y asume de una puñetera vez que si estás / conmigo es por inclemencias / del cálido invierno en que te travestiste de / Caronte en la oficina, / prometiéndome franquear el Leteo en sentido / inverso. Y también otras historias (la del traslado del / profesor a Cracovia / por motivos docentes al campo de / concentración). Otras historias, pretéritos / rescoldos como alegorías de lo que fue y no volverá, que a Jordi Corominas le sirven para enlazar con una crítica brutal a la opinión pública, al snobismo ilustrado y a la crítica literaria actuales. Resumo: adiestrada / retórica que comentan con aspavientos / en el / mugriento / bar Manolo dos filólogos noveles (…) estiloso flequillo / peinado al milímetro y una serie de iconos / vintage a tono con la vanguardia del presente (…) críticos literarios (…) arremeten con el lacón / untándolo con clásicos grecolatinos del / cochambroso / e impoluto desván del farmacéutico. Y cómo no, también lo que se conoce como Justicia Poética: amanecerá / la jornada donde esas chinches sean pasto del / insecticida (…) mientras tanto sé Cristo / con los mercaderes / del templo, te lo ruego, aviva tu potestad. Imposible sobrevivir al adocenamiento ferial de las / gafas de pasta.

Y por fin, Hiroshima, 1945: dos gemelos / vestidos de pingüino castizo / en guateques tardofranquistas entretenían con / sus guitarras (…) autopsia / sinfónica que apuntalaban con las sobras de su / natalicio / recolectadas en hemerotecas falangistas y / televisiones forasteras. El franquismo: pan blanco de / estraperlo / en tu cartilla de racionamiento (…) ¿dónde / están los embajadores? (…) golpe de Estado en el / ensanche / del desierto (…) España y la danza macabra del / monopolio / del macho cabrío, terrateniente, marcial y bajo / palio. Y la posguerra: nunca / Hamelín con pezuñas desenfrenó / su fertilidad con tan virulenta mansedumbre.

            En definitiva, en cuanto a su significado, Los Lotófagos se constituye como una revisión histórica proyectada en presente. Crítica diacrónica, sincrónica, sagaz y necesaria. Testimonio de la máscara y de la mentira, de los absurdos cauces del progreso y de su pose. Magistral.