viernes, 5 de abril de 2013

Monsieur Proust de Celeste Albaret en Literaturas


Por Jordi Corominas i Julián
/ Autor.- Céleste Albaret
Edita.- Capitán Swing
Traducción.- Esther Tusquets y Elisa Martín
Nº de paginas.- 413
/ Céleste Albaret fue una privilegiada con decencia. Durante una década fue algo más que la chica para todo de Marcel Proust. Una amiga y confidente, enfermera y testigo de un anómalo prodigio metido en una cama,monsieur proustescribiendo incesantemente con la obcecación de quien quiere recuperar el tiempo perdido desde la memoria para conseguir la obra, algo que debería escribir en mayúsculas.
La autora del libro que recupera Capitán Swing calló durante cincuenta años, justo hasta que sintió cercana la muerte y decidió que sus vivencias eran útiles para los demás como justo homenaje al hombre que admiró entre cuatro paredes. Quién le iba a decir que de su pueblo natal cruzaría fronteras simbólicas hasta alcanzar la habitación del detalle supeditado a su inquilino del que, al fin y al cabo formaba parte de su trabajo, captó todos los matices, recogidos en este espléndido volumen.
Primero nos desplazamos al Boulevard Haussmann, donde aprendemos los ritmos del brillante paciente, inquieto hasta los topes, siempre con una petición en su cartera verbal, desde una carta que mandar hasta un capricho que satisfacer. Celeste se acostumbró a sus hábitos. La noche era para estar despiertos entre escritura, esporádicas visitas para corroborar matices y dejar que las plumas cayeran del lecho mientras la escritura avanzaba.
Dicho esto podríamos pensar que la autora se limita a narrar la humareda del despertar para combatir el asma, registrar las filias de su amo y llorar su pérdida. Pues no. Como si se imbuyera del estilo del monumento de su protector, Céleste plasma en su prosa la precisión del maestro, lo que lleva a entender un microcosmos que surgió de forma definitiva con el estallido de la Primera Guerra Mundial, momento en que París pierde el aura de la belle époque y queda como una especie de isla para pocos adeptos. Llegado ese instante, constatado el fin de una época, Proust decide clausurarse y así adquirir la paz necesaria para afrontar su desafío. Mientras tanto come poquísimo, como si fuera una máquina obcecada que no requiere siquiera de un croissant para su calmada y furibunda energía creativa.
Su existencia entre sábanas no era simple. El famoso abrigo hacía las funciones de un batín. Se lo ponía para salir de la habitación, algo que sólo acaecía en situaciones excepcionales porque tenía clara su misión. Ir al Ritz o frecuentar sus antiguos círculos de amistades eran labores de investigación, pruebas para apuntalar datos y perfilar personajes. En este sentido algunas de las amistades que visitaban su hogar eran más bien víctimas incautas, fuentes informativas inconscientes que eran retratadas por el ojo del genio, bien ayudado por su asistenta, inventora entre otras cosas de un método para añadir correcciones al gran borrador, historia de nunca acabar que pedía a gritos acordeones de papel para mantener un cierto orden en la inmensidad.
Las anécdotas abundan, como si ello fuera producto de un reloj congelado donde la rutina se vestía de imposible. Entre ellas recuerdo vivamente algunas que definen el carácter del protagonista, que no era huraño, sí exigente, siempre desde el perfeccionismo. Su irascibilidad era frustración de agonía. Sabía contenerla hasta cierto punto por elegancia. Lo aprendió André Gide, que con su petulancia rechazó el manuscrito para Gallimard. No sabía que su autor averiguaría que ni siquiera lo abrió a partir de unas pesquisas basadas en el lazo del paquete. Nadie lo había tocado. Uno de los monstruos de la literatura del siglo XX fue desdeñado como un diletante por otro grande de las letras. Ver para creer. El hecho hizo que la ironía fuera el factor dominante en la relación entre ambos, la ironía y la sutil mala leche del pálido enfermo que amaba y detestaba a Cocteau a partes iguales, ideal para unas risas, cansino por su constante exhibicionismo.
El empecinamiento de Proust era de una claridad meridiana. Se metió entre ceja y ceja que el único valor seguro para su inmortalidad era terminar su templo. Por eso, ya en la rue Hamelin, su último suspiro parecía hasta deseado. Un absurdo resfriado mal curado fue su colofón hacia la tumba. Renunció a la salvación porque ya había conseguido lo que quería. Impresiona el ritual fúnebre. El reposo, la exaltación del santo laico con el cuerpo incorrupto, Man Ray y la foto del cadáver, el entierro y el adiós que fue un desalojo de inventario que quien quiera puede también apreciar en El abrigo de Proust de Lorenza Foschini.
El defecto de la narración de Albaret radica en un pudor para con la homosexualidad del maestro. Sus amantes aparecen como amigos, nada se habla de las relaciones que pudo tener a lo largo de sus días. Para mi gusto, que ese aspecto no aparezca me sugiere un todo incompleto que no desluce el conjunto. El disfrute radica en conocer la intimidad del ídolo, analizar sus teselas, sentirte en el interior de ese domicilio y derribar mitos demasiado bien instalados en mentes de personas que sólo conocen la leyenda y no han abierto La recherche porque, dicen, es muy larga. En principio no es una obra para un siglo veloz, una centuria de videoclip, pero quizás la lectura de Monsieur Proust sea el acicate necesario para que caigan esos estúpidos velos del convencionalismo.