jueves, 18 de abril de 2013

La muerte de Barcelona en Bcn Mes





La muerte de Barcelona, by Jordi Corominas i Julián

Una ciudad puede contener en su interior, con trucos que conocen muy bien en otras ciudades europeas con las que Barcelona querría compararse, elementos para una pedagogía urbana, que eduque al ciudadano y le haga sentir orgulloso del pasado de los muros donde vive.

En París, Roma, Berlín o Londres abundan las placas conmemorativas que informan de quién nació en el inmueble o de si en ese lugar ocurrió alguna efeméride importante. En la ciudad eterna hasta hay placas con recorridos cinematográficos que hacen las delicias del transeúnte. Aquí tenemos poco de eso y una miserable idea del patrimonio que parte de la dualidad entre BCN, la marca querida por el ayuntamiento, y Barcelona, el espacio por el que circulamos cada día, la vida pura y dura que articulan las personas que pisan la calle.

Ello lleva a dos factores brutalmente cínicos: la consolidación del parque temático y la exaltación de dos valores concretos de éxito como son el modernismo, más desconocido de lo que pensamos, y el Fútbol Club Barcelona, activos útiles para vender imagen mientras se sepulta un pasado, víctima de la crisis, la desidia de los de a pie y la ignorancia política, sin ningún tipo de interés en preservar, sí en expandir desde parámetros que nada tienen que ver con lo humano.

Todo esto viene a colación del posible cierre del Marsella y el ya confirmado del Sandor, dos puntos opuestos que coinciden en el termómetro que indica una fiebre altísima que amenaza muerte. No importa si se cuelga el cartel de cerrado. La señora de la guadaña amenaza y la mayoría de periodistas, en vez de construir y proponer acción, se conforman con llantos políticamente correctos con supuestos aires radicales. Es el Zeitgeist del tiempo y de Barcelona, dama que de ser señora ha pasado a ser una niña con autocomplacencia cool, con un soserío y uniformidad que rompen con una de sus caras, la revolucionaria, la que nunca se conformaba y quería vanguardia para crecer.

Luego está la vertiente burguesa. El Sandor abrió sus puertas en la década de los cuarenta. No gustaba a nadie, sólo a burgueses y a un ilustre grupo de escritores, Vila-Matas y Marsé entre ellos, que se reunían en su interior los domingos. Su adiós suena más suave porque no entra en la esfera de lo que se considera moderno, huele a rancio, pero quien le quita importancia se vuelve talibán de lo monocromo y olvida que hay muchas almas en la capital catalana, almas de polis, almas que en su pluralidad aseguran riqueza.

El caso del Marsella tiene más matices. La antigüedad del local, nació en 1820, debería garantizarle formar parte del patrimonio local. ¿Ha dado el alcalde algún paso en ese sentido? Lo dudo, y es lamentable. El bar se sitúa en la zona donde desde que el mundo es mundo han pululado las putas. Robadors, Sant Pau y Sant Ramón, donde tapiaron hace meses la casa donde entrevisté a Carmen de Mairena, en el número seis de ese burdel al aire libre. La zona, a la que le cambiaron el nombre para atraer turistas, padece una remodelación de pura fachada. Ha llegado la filmoteca, la excavadora se cargó las callecitas de lo que hoy es la Rambla del Raval y hasta osaron combinar el Hotel Barceló con una plaza dedicada a Vázquez Montalbán.

La plaza le horrorizaría, seguro, con esas sillas de incomunicación y la impersonalidad de lo neutro. Esa es una de las cuestiones que podría ser más grave de no llegar la recesión, que con toda probabilidad impidió que el Raval fuera un bar carísimo con pisos para jóvenes con dinero, jóvenes foráneos, dinero fresco para las arcas municipales y los propietarios.

Está muy bien protestar y culpar a los políticos, faltaría más, pero mejor sería hacer examen de conciencia y ver que nuestra actitud es la que propicia el derrumbe, que en otros sitios acaece con menos intensidad porque la vida no se ha disuelto en mera apariencia y ombliguismo.


Ilustración de Nil Bartolozzi