viernes, 26 de abril de 2013

El crimen del soldado de Erri De Luca en Literaturas


/ Por Jordi Corominas i Julián
Autor.- Erri De Luca
Edita.- Seix Barral.-
Traducción.- Carlos Gumpert Melgosa
Nº de páginas.- 112
/ Hay narradores que honran su oficio por mostrar un compromiso con la realidad a partir del detalle, que lleva a la concreción y, por lo tanto, a encontrar la esencia con escasas pinceladas que abrazan el todo. El napolitanoEL CRIMEN DEL SOLDADO Erri De Luca forma parte de este club. Sus novelas son pequeñas grandes obras de artesanía literaria donde, con pocas páginas, logra captar universos que para otros exigen toneladas de tinta y papel que viran hacia un innecesario barroquismo.
En este sentido El crimen del soldado, con sus virtudes y defectos, es ejemplar y mezcla con audacia la anécdota real con la ficción más absoluta. Imaginamos al escritor italiano en sus vericuetos mentales, cargados de obsesiones que desde unos máximos viran hacia lo mínimo. En esta ocasión la excusa que hace nacer la trama es el aprendizaje de la lengua hebrea. Desde ese punto caminamos hacia la clave poética del texto. Conocer los vocablos del yidish conduce a la traducción del poema El canto del pueblo del judío asesinado de Itzak Katzenelson, versos ocultados entre las raíces de un árbol del campo de concentración de Vittel, pueblo famoso por su agua. El llanto por la barbarie del Holocausto estaba, no podía ser de otro modo, oculto en una botella fue rescatado y conecta con otro libro que se menciona al inicio de la narración. En la familia Moskat, crónica de la Varsovia atenta al avance nazi en septiembre de 1939, el final puede leerse diversamente en función del idioma de lectura.
En la edición inglesa la alusión al Mesías indica tragedia, mientras que en la yidish apunta esperanza. Las dos versiones se unen con el canto de Katzenelson en la historia que De Luca nos cuenta con su habitual solvencia, resumida en un bar aislado en pleno siglo XXI, como si el pasado volviera desde lo inesperado para advertirnos de los posibles errores del presente. Metaliteratura sin pedantería, normalidad de fusión entre la letra y lo que se respira.
El novelista arriba al establecimiento, pide una cerveza y se sienta en una mesa a leer unos manuscritos hebreos. Al cabo de un rato una extraña pareja se sienta cerca. El hombre del dueto, mayor y tenso, cruza miradas con el supuesto protagonista y, al cabo de unos minutos, huye nervioso y despavorido. ¿Qué ha pasado?
Saltamos de escenario, nos movemos a Viena. Por el momento no hay simultaneidad, sólo la confesión de un drama. Una hija descubre que su padre el cartero fue un criminal de guerra. La verdad salpica y altera la convivencia cotidiana hasta que una nueva vuelta de tuerca entre carta y carta junta más piezas. La lucha entre la fachada y el interior se expresa en la curiosidad del culpable que analiza su condena desde la óptica de la derrota. Es una sombra que reparte misivas y circula por las calles, donde termina picándole el germen del enemigo. El viejo soldado se convierte en arqueólogo de la cábala y sus misterios.
Y ahí la conexión hacia el futuro siembra su semilla. El nazi paranoica se encierra en su domicilio en sus horas libres para repasar textos, hallar coincidencias y fascinarse en su búsqueda de un sentido de la Historia del mundo del que se ha exiliado por miedo a los barrotes. Su hija llora en silencio y le acompaña pese a la discrepancia fundamental.
La mezcla entre el estímulo intelectual y las zarpas de Clío en el devenir diario confluye en una posada alpina. El maestro nos ha guiado hasta la coincidencia con precisión y sí, parece que las últimas líneas sólo sean importantes para quien guste de cierto impacto previsible. La trascendencia se manifiesta en la efeméride y la forma de contar e hilvanar las teselas del mosaico, briznas de sabiduría en el eterno rompecabezas de Europa, el olvido que no cesa y las letras, bálsamo y advertencia, acicate de suave contundencia en medio de tanta mansedumbre.