martes, 16 de abril de 2013

Diálogo con Rubén Martín Giráldez en Microrevista


Diálogo con Rubén Martín

Mi premisa es coger un personaje, dejar que se le caliente la boca y ver lo que dice.


Algunas entrevistas tienen prolegómenos que determinan su contenido. La que leerán a continuación con Rubén Martín Giráldez, que durante un tiempo fue Rubén Martín G., se gestó a finales de 2012 en un autobús de Cádiz a Madrid. Leí Menos joven mientras un chavalín jugaba con su móvil y cantaba incesantemente aquello de Yo soy Evaristo, el rey de la baraja. Tal situación hizo que me replanteara muchas cosas, entre ellos la escasa idoneidad de mi recepción del libro del autor de Cerdanyola del Vallès, provincia de Barcelona.
En fin, que pasaron los meses y hablé con Rubén, quedamos cuatro veces, anulamos las citas y de mientras admiré la edición que Jekyll&Jill, con dos títulos, dos cubiertas y un sinfín de pequeños detalles que convierten el volumen de mi coetáneo en una joyita editorial de primera magnitud.
El jueves, la charla se desarrolló el viernes ocho de marzo en la terraza del bar Juliano el apóstata de la barcelonesa Travessera de Gràcia, releí la obra, disfruté con el caballo de Bogdano, la retransmisión radiofónica y todos los dimes y diretes de matar ídolos. Luego, cansado de la jornada laboral, decidí salir a tomar unas copas. Llegué tarde a casa, me desperté sobresaltado y me vestí raudo y veloz para coger un taxi y desplazarme al lugar del encuentro, donde una camarera me sirvió cafés como si le fuera la vida en ello.
Al cabo de media hora apareció Rubén. Nos sentamos, charlamos durante media hora y al final me decidí a encender la grabadora. Más tarde se unió Jenn Díaz. Ese, y ningún otro, es el motivo de sus esporádicas e imprescindibles apariciones a lo largo del diálogo, donde también intervino como fotógrafa de excepción. Sus acotaciones van en cursiva.
Jordi Corominas i Julián: ¿Pensaste la estructura narrativa del libro antes de escribirlo?
Rubén Martín Giráldez: Nunca. Es una cosa que me preocupa. Nunca la tengo al principio. Casi siempre es una voz que habla, normalmente cabreada.
¿Y en el de Pynchon?
Había una estructura con dos cartas en las que hablaban voces distintas: en la primera una voz escrita y la segunda una voz que jugaba a ser oral y múltiple.
Sí, pero al leer tus libros da la sensación que armas el todo de manera muy sólida.
Nunca sé lo que va a suceder. Mi premisa es coger un personaje, dejar que se le caliente la boca y ver lo que dice. Eso me permite que entre mucho absurdo y que el personaje caiga en contradicciones y mentiras, que todo sea una gran falacia, desde la voz del narrador hasta lo que dice.
La mentira de la mentira.
Y eso se refleja tanto en las portadas como en la narración misma. Pero me permite saber cuál es mi postura sobre los temas de la novela.
La narración misma progresa, se nota que te sueltas, también una obsesión por el lenguaje, que fluye y se acelera de manera paulatina, sin llegar a ser escritura automática.
Algo de eso hay, conseguir que el personaje hable de una determinada manera para que tire de mí. Hay algunos juegos de palabras, pero elimino muchísimos que este narrador canturrea sobre la marcha: sería ridículo dejarlos, porque no quiero que sea sólo un juego de lenguaje y necesito que avance el relato. No me interesan mucho ni la acción ni la descripción, me interesa más la reflexión. Lo ideal en mi caso es un personaje que hable y hable como sucede en Bernhard o que esté pensando.
Si me hubieran pedido una crítica convencional del libro repetiría casi siempre lo mismo: el personaje está en movimiento, pero lo que importa…
Lo que se está diciendo.
No es importante el movimiento físico, la clave reside en lo mental.
Y para mi va a ser siempre así, porque me cuesta imaginar anécdotas o sucesos. Suelo crear dos niveles. Uno de puro divertimento, para que el libro sea disfrutable, y luego lo de matar al padre, que es un anzuelo.
Una excusa para desarrollar el conjunto.
Es la lectura infantil del programa, pero lo que me interesa es la relación entre Bodgano, el protagonista principal, y su padre real. La pedagogía fallida. En realidad hay un enfrentamiento entre el padre y el hijo, pero los reales, no desde un punto de vista cultural.
Es la crónica de un fracaso que no sólo es individual.
Hay un engaño. No es un relato sobre un hombre que va a caballo y quiere reventar a sus ídolos. La alegoría tiene menos importancia que el plano más terrenal. La cosa es menos abstracta: el padre de Bogdano se ha dado cuenta de que perdió el tiempo leyendo y escuchando música. Considera que su hijo no debe perder el tiempo de esa manera, por eso le da literatura de mala calidad disfrazada con las cubiertas de obras maestras.
Lo que hace es constatar lo banal de la referencia y de la cultura hoy en día.
Generalmente nuestros padres piensan que han tenido menos oportunidades y se proponen darles algo mejor a sus hijos. Aquí pasa al revés. Darle al hijo algo peor de lo que tuvo para que sea feliz. En cierto sentido es una reflexión sobre la paternidad.
La paternidad en cultura deriva hacia otras cosas.
Sí, creo que la novela habla de que como padre o madre debes conformarte con que la pedagogía que plantees para tu hijo será fallida. Te vas a sentir frustrado porque, por mucho que pongas los medios, es imposible evitar que comiencen los errores.
El hijo se siente un enfant terrible, pero también ha tomado consciencia de su fracaso.
Y ahora que lo dices no hay nada de agradecimiento en Bogdano.
Es un gran sentido.
Sólo se siente decepcionado con sus padres. Al final lo que decide es dejar que su padre se crea con el derecho a perdonarlo.
Bogdano es un menos joven de nuestra generación, procesa todo súper rápido…
Y a medias.
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La metáfora del caballo implica que no se para a pensar nunca.
Esa es una idea que me gusta, pero no para aplicarla a la narración, sino al lector. Las metáforas son repugnantes.
No reflexiona.
En eso hay una resonancia. La narración avanza con una voz, y si el lector se pierde en una referencia es mejor que siga adelante. No es un problema porque pueden ser falsas, chistes o no hace falta que se entiendan de inmediato. ConMenos joven el lector debe tener la misma cabeza que Bogdano.
Aquí juegas en dos planos. En el literato pienso en algunas novelas de Vila-Matas, donde hay mil referencias y tampoco es fundamental captarlas todas.
Muchas son falacias.
Claro. La otra cara de la moneda es que la narración de Menos joven es un programa de radio, lo escuchas y se te pasan cosas.
Y ahora podemos tirar hacia adelante y hacia atrás siempre. De este modo es más asequible comprender las cosas. No estoy convencido de que eso sea bueno.
La referencialidad es mucho más asequible.
Y la reproductibilidad lo permite. Lo tenemos por la mano, pero hace diez años era desesperante perder canciones. Todos tenemos casetes con canciones de la radio de las que desconocemos el nombre.
Si el mundo editorial fuera tecnológico el libro sería radiado y con imágenes.
La novela está escrita como si estuviese dicha.
Hiciste pruebas de oralidad.
Se leyó en voz alta, capítulo por capítulo, para ver cuánto duraba. Me interesaba mucho que jugase, por un lado con que lo estamos oyendo, y por otro con la tipografía. ¿Cómo puede ser que se trate de un programa de radio y al mismo tiempo me llamen la atención sobre la negrita de una palabra?
Pero hay un juego perpetuo de fragmentación, de cajas chinas, de muñecas rusas.
Supongo que no me interesa la fragmentación, sí la linealidad cronológica y la ausencia de interrupciones. Sólo aparecen en los blancos de la maquetación cuando la dirección de la emisora provoca interferencias en la locución.
Que haya continuidad me parece lógico porque es un programa de radio.
Hay interrupciones para la publicidad, eso sí.
Seguimos en directo a Bogdano, es imposible respirar.
Hay una concesión a la comodidad del lector que es la división en capítulos, también las frases cortas y el situar la acción en una especie de futuro, además de la mención a autores reales. No quería hacer nada de eso. Detesto el name-dropping, pero la novela y la psicología de Bogdano lo exigen. O la parodia de Bogdano lo exige.
Me afecta personalmente que muchos ídolos a asesinar sean austrohúngaros.
No los asesina, los pone a cuatro patas y los monta. No me había fijado en lo austrohúngaro. Seguramente lo hice para hacer daño al lector, que es una de las claves de la novela. Importunarlo, insultarlo y molestar. Y necesitaba tres Roth, así que ahí está Joseph.
Es un programa de radio, luego por lógica tiene que ser interactivo.
Ahí vamos. Lo que dice el narrador es insultante. Me han insultado poco en las reseñas, y eso me parece sospechoso. Todo llegará.
Por desgracia la crítica literaria suele ser muy átona.
Hasta ahora las reseñas han sido positivas. No todas, claro. No me interesa hacerme enemigos, pero creo que Bogdano y su narrador sí deberían tenerlos.
El narrador de Bogdano te sumerge mucho en el texto.
Y la gente debería tomárselo como algo personal.
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Sí, pero aquí ya te sumerges en niveles de lectura. El lector medio alto se centrará en cómo dice las cosas.
Y pensará que no lo dice Rubén. Pensará que lo dice el narrador. Lo esperable es que los lectores, en general, me insulten a mí y no a Bogdano o al locutor.
Sería bueno que el lector se tomara lo narrado en Menos joven como una pesadilla que le puede pasar.
Esto es una cosa que sólo va conmigo en privado. Sólo soy narcisista en privado. Que alguien confunda la impertinencia del narrador con mi impertinencia no es del todo correcto, pero es una tesis que me interesa. He escrito el libro para ver lo que se dice de él y para comprender qué pienso yo sobre algunas cosas. Pero lo que descubrirá el lector será lo que piensa él sobre algunas cosas y no lo que pienso yo: como mucho descubrirá lo que cree que pienso yo sobre etcétera. Y esa es la pesadilla.
En mi caso cuando leo intento pensar cómo será el autor. A ti te imagino más bien como un ente independiente.  De todos modos la gente tiende a vincular cualquier cosa con algo más grande.
Sin embargo puede que el lloriqueo de la novela sí sea autobiográfico.
Un lloriqueo generacional.
Quiero que el lector le diga a Bogdano que deje de quejarse y que no nos toque las narices con sus neuras. Y puede que con quince años yo también lloriqueara como mi personaje.
Con Bogdano hay una reivindicación. Ahora a uno lo llaman vanguardista hasta por como se fuma un cigarrillo. En Menos joven creo que hay una voluntad de decir a la gente que cree sus propios ídolos.
Hay mucha pose. Quizás más que reivindicarlos es desmitificar esa idea, no creo que sea bueno tener ídolos. Tiene más valor lo sentimental que lo intelectual, tiene tanto valor Proust como una peli de los ochenta como Society. La volví a ver hace poco y me gustó. Sólo entonces me fijé en lo de la canción de Eton y comprobé que me iba de maravilla. La puse casi al final del proceso. Es un himno de remeros, muy de burguesía. La versión que se oye en la película acompaña al tema de que los ricos se comen a los pobres, que los ricos forman una raza que ha existido desde la prehistoria y que siempre se han alimentado de la carne de las clases bajas.
Aquí hay otro doble juego que quizás sea un trazo generacional: la mezcla de la alta y baja cultura para transformar su significado. Al mismo tiempo, por lo que me cuentas de la canción, veo que hablamos mucho de nuestra época sin mencionarla directamente.
Dirán que son elementos pop.
Para nosotros es algo que está incorporado en nuestro día a día.
Quizás de aquí cien años también sea Pop Juan Benet, vete a saber.
Hace cinco o seis años una referencia así se vendía como muy moderna. ¿Hasta que punto lo es? Me parece una falacia hablar de autor Pop.
Una de las grandes fuerzas del ser humano es la desconfianza, que puede llevarnos a pensar que todo es pose, y no importa que cites a Gide o a Spiderman. Simplemente juegas con los elementos con los que has vivido, creo que a veces la gente se complica demasiado la vida. Se pierde de vista que la naturalidad se puede expresar de forma atractiva.
Sucede en Menos Joven, y en el sentido de lo atractivo creas neologismos. Funny…
Funnyfunerario.
Te dejas ir.
Sí, pero el narrador también tiene un punto ridículo, a veces se gusta demasiado. Es un locutor, le gusta oír su voz.
El locutor de radio, lo digo por experiencia propia, está obsesionado con su voz.
Quiero que se confunda la soberbia del narrador con la mía. ¿Se puede escribir algo crudo y que no te de vergüenza que lo lea tu madre?
¿Lo han leído tus padres?
Sí, pero no son como los de Bogdano. Soy yo quien está generando una biblioteca que quizás mis hijos quemen, no lo sé.
Jenn Díaz habla de su madre y comenta que le daba miedo el pensamiento materno sobre la prostituta de Belfondo.
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Este libro, por decir algo, lo lee Marsé y quizás no entienda nada de Menos Joven.
Jenn hablaba de Marsé como el padre que nos gustaría tener, sí, pero no creo que me cambiara por nadie, quizás sólo con una mujer durante unas horas para tener tetas.
Jenn añade que también le gustaría tener tetas, confieso que a mi también, aunque fuera por un día. Luego menciona que no le hubiera gustado tener unos padres cultos porque es la primera de su familia que transmite algo desde un sentido cultural. Aquí hay un momento donde perdemos los papeles entre las fotos de Jenn Díaz en Facebook y varios comentarios.
Nuestra generación debería matar al padre, bebemos y vivimos de muchas referencias propias de su época. Debemos crear los nuestros.
La alegoría del padre cultural es un engaño. No hay ninguna obra que me parezca perfecta. Tengo muy claro que me gusta Bernhard, aunque no por eso me parece Dios. De las obras geniales podemos sacar mucho, pero creo que en la literatura de segunda fila hay muchos fragmentos e ideas geniales. Me fascina la genialidad del autor que no es un genio.
Solemos pensar en la alta cultura como algo perfecto, pero en lo imperfecto hay pizcas de perfección.
Más que de ídolos deberíamos hablar de genios. La genialidad es intermitente.
A la gente le da miedo esa palabra.
Me siento más cómodo con genio que con ídolo, que es demasiado absoluto, como Dios, que no puede ni engañarse ni engañarnos: es un muchacho muy limitado, Dios. (risas colectivas)
Un genio es humano.
Es falible. Jenn dice que identifica genio con groupies, que es una palabra que me fascina. Creo que en las tres cosas que he publicado hablo de groupies violentas. Un genio que se cree genio deja de serlo al segundo día de no ponerse en entredicho.
Ahora en Facebook Adolfo López Chocarro nos incita a hablar de Lucía Joyce. Su padre se creía genial, y lo era. Sin embargo, al mismo tiempo lograba torturarse y no aburrirse con ello.
Si soy sincero debo decirte que el Ulises me parece un experimento y como tal no puede ser perfecto.
Jenn dice que Rayuela también tiene ese punto de experimento.
Sí, pero Rayuela me parece mucho menos ambiciosa que artificiosa. Tiene menos valores de los que le queremos encontrar. Apenas ninguno.
Yo también lo pienso.
Cortázar me parece una cosa meliflua, nació muerto.
Tú sí que has nacido muerto.
Cortázar es candidato…
A que se le olvide en dos horas.
Es un candidato a camiseta superflua, como el Che o Kafka, símbolos que han perdido su trascendencia por culpa del marketing.
Me llama mi madre y perdemos el hilo durante un breve instante porque me quedo sin batería. Rubén, que dice no conocer su teléfono bien, arregla el desaguisado. Aparece el Ola ke ase. Estamos fatal.
Hablábamos de matar al padre y llama tu madre. Cortázar está obsoleto.
El Ulises son dieciocho novelas en una.
Desde mi ignorancia reconozco que a veces no entiendo nada de algunos capítulos. ¿Hasta qué punto no es eso algo fallido?
La catequesis del prostíbulo es una genialidad, es insuperable. A veces pienso que no escribo más narrativa por dignidad, porque Joyce puso el listón altísimo.
Y quizás lo sabía y escribió para que le entendieran cinco personas. Eso es lo que me hace pensar si es una novela fallida o un experimento, que vienen a ser lo mismo. Pero me respondo yo solo: Joyce es un genio y lo que sucede es que yo no puedo comprenderlo por completo y me enfado.
Lo que no ocurre con Pavese, a quien sí se puede imitar. Es asequible pese a lo brillante de sus obras.
Todo lo que sea imitar y repetir es un fallo. Y hacer un experimento en lugar de una novela también.
Me gusta mucho de Marsé que se considera mediocre. Él tiene que trabajar mucho para conseguir lo que quiere, no le sale así de la nada.
En Menos joven hay un momento donde se dice que el padre había confundido el trabajo con el placer. Eso sale de un anuncio de neumáticos con un caballo negro que corría por una zona volcánica y se abría el suelo a su paso.
¿Y de ahí sale el caballo?
Sí, te estoy dando una exclusiva mundial. Transformas lo burdo en algo con sentido.
La cotidianidad se convierte en algo trascendente.
Sí. Trabajé como cocinero, y los jefes de cocina son igual de cabrones que el narrador de Menos joven. Muchos tienen esta cosa de confundir el trabajo con la realidad, les obsesiona tanto que sienten placer por el puro esfuerzo en lugar de por el resultado.
Pero eso es como muy catalán.
Y no lo censuro.
A mi también me gusta el rollo catalán-alemán.
El trabajo no nos hará libres, pero el esfuerzo del trabajo sí nos hace sentir satisfechos.
¿Anula la creatividad?
La estimula, ¿no? Creo que el esfuerzo da satisfacción siempre. Si haces más esfuerzo del que te da placer ya es peligroso.
Imagino a Bogdano casi de tripi, cuando patea a familias.
Y se habla mucho del egoísmo.
Y así se entiende la impertinencia. El narrador quiere que Bogdano patee a catorce vírgenes, y lo hace.
Quince serían demasiadas vírgenes.
Tras esta reflexión nos perdemos en pensamientos interesantes, pero que ya no siguen la lógica del diálogo a transcribir, sobre todo porque no queremos ser odiosos ni somos Hunter S. Thompson en Acapulco. Fue un gran momento y quedaron cosas en el tintero. Quizás para dar con ellas lo mejor que puedes hacer es leer Menos Joven, pensar y disfrutar con un autor que vuela libre, lo que en esta era ya es mucho, muchísimo.
Fotografías de Jenn Díaz.