miércoles, 21 de mayo de 2014

Dos lugares y distintas paces: Monet y Barrès, el arte y Venecia





Dos lugares y distintas paces: Monet y Barrès, el arte y Venecia, por Jordi Corominas i Julián


AA.VV., Conversaciones con Claude Monet, Confluencias, Almería, 2014
Traducciones de Jesús Fornieles Alférez, Alfonso Fornieles Ten y José Miguel Parra

Maurice Barrès, Venecia en Guerra, Confluencias, Almería, 2014
Traducción de Juan José Delgado Gelabert


Entre el alud de editoriales independientes que han surgido a lo largo de estos años de crisis algunas figuran entre mis preferidas porque, más allá de la mera reedición de clásicos, intentan elaborar un catálogo con estilo propio, atrevido, consciente de la tradición y con claro afán europeo, lo que significa, y no es poco, querer desprenderse de un cierto tufo provinciano e integrar las piezas que conforman su catálogo en un mapa más allá del golpe de efecto, con voluntad de propuestas que permanezcan.

Una de ellas es la almeriense Confluencias, que alterna calidad textual y editorial. Una de sus últimas propuestas es otra muesca atrevida. Sorprende, o quizá no tanto, que en España pocos sellos se atrevan con conversaciones antiguas o presentes, como si el público nacional fuera cateto e incapaz de aprehender un producto que goza de largo bagaje en Francia y en el mundo anglosajón. En este caso cayó en mis manos un volumen de entrevistas con Monet, genio que no merece figurar como una mera postal. A veces olvidamos que el impresionismo, reto de desafío pictórico contra el avance tecnológico que supuso la fotografía, fue un arte rompedor, incomprendido en su época porque desafiaba las convenciones e intentaba captar la realidad desde una autenticidad de matices que nunca interesaron a la maldita Academia.




Y no hay nada mejor que escuchar las reflexiones del fundador del movimiento desde la sabiduría de la vejez y el reposo. En Giverny Monet coronó toda una trayectoria que del movimiento perpetuo en búsqueda de matices, de Rouen a los pajares, viró al estatismo de un lugar donde él mismo podía diseñar lo que sus pinceles recrearían.

Es en ese espacio privilegiado, remanso de paz y creación, el octogenario francés recibía a visitantes de todo tipo y respondía a sus preguntas, cuestiones que ayudan a entender los surcos de una vida, empezando por esos inicios cargados de entusiasmo y rechazo familiar que terminó superándose, como siempre ocurre si la vocación es cierta y el talento imparable, y propició el encuentro con futuros compañeros de viaje, Renoir y Sisley, inesperados cómplices de una senda desconocida.



Por aquel entonces la mayor aspiración era el Salón y la estrella ascendente, envuelto en mil polémicas por sus lienzos, era Manet, con quien nuestro protagonista terminó llevándose bien pese a desencuentros iniciales entre similitudes fonéticas y la sorpresa de ver a un jovencito entre los elegidos para participar en el prestigioso certamen. Ambos trabajaron mano a mano, hablaron mucho y siempre tuvieron claro, otro rasgo compartido, que la pintura era un proceso paulatino, un aprendizaje constante donde el tesón era una idea y la repetición una variante en pos de la perfección imperfecta.

De ahí que Monet fuera proclive a permanecer durante largos períodos, aceptara influencias extranjeras y se empapara de atmósferas, claves de progreso, honestidad de evitar límites y asentar lo experimentado para adquirir una impronta personal e intransferible.

El formato entrevista-libro permite que los conocimientos fluyan y se hagan mucho más livianos que en determinados ensayos de tipo canónico. Lo mismo acontece, aunque aquí ya depende del escritor, cuando nos topamos con un buen relato de viaje. Venecia en Guerra de Maurice Barrès lo es, entre otras cosas porque con certeras pinceladas retrata un instante más bien desconocido de la Historia para los que no son italianos: la lucha, planteada con amargo humor por Dino Risi en La grande guerra, entre tricolores y austrohúngares en el conflicto que inauguró el suicidio de Europa en 1914.



De todos es sabido, o debería, que la monarquía de Vittorio Emanuelle III se enmarcó, dentro del sistema de alianzas de la Belle èpoque, junto a Viena y Berlín. Sin embargo, cuando estallaron las hostilidades caviló y atendió, algo muy de esa tierra, siempre chaquetera y dubitativa, siempre atendiendo acontecimientos. En 1915 llegó el momento de traicionar lo pactado y juntarse con Francia, Inglaterra y Rusia.

Y aquí es donde entra en juego Maurice Barrès, hombre con trascendencia en su época y eliminado después del relato por múltiples razones, entre las que figura un nacionalismo reaccionario, un elogio desmedido del individualismo y una ulterior transformación del yo en un nosotros que más que literatura era publicidad. Ello no quita que sea esencial para abrazar con garantías la totalidad de un período que si sólo ceñimos a los nombres de manual queda hueco e incomprensible. Nuestro siglo, tan reaccionario hasta la fecha, cae demasiado en el tópico, por lo que es más que positivo dar con esta crónica de Barres en unos meses donde su furor patriótico encajaba con el ambiente general.



El galo además no se traslada a un enclave irrelevante. La excusa, el verdadero centro de su narración, es Venecia, por aquel entonces ya símbolo de ruina y amada decadencia. Basta con leer a Proust y sentir que las veintidós horas de trayecto desde París eran un insuperable anhelo burgués. Sin embargo la guerra metamorfosea la laguna, perdida para el turismo, víctima de una extraña mansedumbre, como si silencio se hubiese proyectado hasta el infinito, con las aguas paralizadas y las calles dominadas por el malestar de una amenaza invisible.

Si se conoce la relación de fuerzas culturales de la época es gracioso ver cómo la descripción del frente, caótico y salvaje por tanta carnicería, mezcla la constatación de una catástrofe de planificación con arengas que son un testimonio del espíritu predominante. El colofón del volumen es el encuentro con el esteta, el prócer que preludió el fascismo y supo llevar, hasta que fue insoportable, la máscara del héroe: Gabriele d’Annunzio.

Quien haya estado en un palacio veneciano, con su solemnidad y la rareza de saber que los muros se burlan de nosotros por exceso de vivencias, sabrá que lo contado por Barrès es real, desde esa orquestra hasta las bravatas de su igual del otro lado de los Alpes. El cuadro, porque eso es, la efeméride adquiere trascendencia si se sabe que la unión de 1914 derivó, en el caso de los enarboladores de banderas y salva patrias, en posteriores barbaries que nunca está de más recordar con la sutileza del matiz.