lunes, 26 de mayo de 2014

Matrioskas, de Marcela Ribadeneira en la Revista Ache





Matrioskas, de Marcela Ribadeneira

por Jordi Corominas
Como no tengo referencias puedo leer virgen, carente de prejuicios y sin necesidad de colorear los trazos negativos para evitar futuras enemistades, algo demasiado típico en la crítica española, donde todo el mundo se cubre las espaldas. En todas partes se cuecen habas, no lo dudo. Por eso recibir un texto lejano para diseccionarlo es algo apasionante.
Mi desconocimiento absoluto de su autora me impulsó a buscar conexiones entre los relatos que componen Matrioskas. A priori uno observa la estructura del volumen y se da cuenta de la escasa presencia de cuentos largos, lo que me lleva a pensar en torno a la variedad, presente en mucha nueva narrativa, entre lo breve y lo extendido. Como si mezclando ambas facetas se lograra dar un ritmo que atrapara con más facilidad al lector. Un lector al cual, además, hay que convencer con otro factor que la escritora ecuatoriana cumple a rajatabla: una cierta unidad temática.
¿Cuál es? Durante mi lectura buscaba similitudes y pensé en una joven narradora española, Marina Perezagua, quien en su ópera prima, Criaturas abisales, hilvanaba las varias tramas del conjunto mediante elementos inesperados –exógenos o internos– que hacían tomar conciencia de su propio cuerpo a los personajes. En los relatos de Ribadeneira, por su parte, la clave es la mutación como constante. Esta puede ser entendida desde una cotidianidad simbólica, como sucede en ‘El gato con un plato en todas las casas del barrio’, o bien desde un esquema que alude a una cierta metafísica de los objetos, como en el primer relato, donde un niño se pregunta por un puente. En el segundo, ‘La constelación de la clepsidra’, una especie de confirmación, la construcción de castillos de naipes cada vez más complejos, se transforma en metáfora de la inevitable y efímera supervivencia de lo que nos rodea, pues pequeñas minucias significantes alteran el panorama sin que nosotros, tristes peones del baile, poco o nada podamos hacer para alterar las coordenadas del mapa.
La inteligencia de la narradora se manifiesta en su habilidad al desgranar a cuentagotas las piezas que configuran su mosaico de metamorfosis. En ‘Matrioskas’, volvamos a este duro y brillante cuento, el olvido se erige en pilar de lo efímero. Una vez que algo pasa ya no vuelve, como en ‘Velorio II’. No decir adiós es también una evolución, una promesa de decepción y una esperanza de seguir hacia adelante.
Cualquier acción implica un hilo de cambio y aquí lo percibimos desde distintos formatos que van desde los ya mencionados micros, que no buscan el ingenio resolutivo de este género, hasta minúsculas obras de teatro. Se aprecia una voluntad de plasmar muchas facetas de la metamorfosis, como en ‘La memoria está agotada. Elimine algunos mensajes’, donde de lo virtual se plantea acceder a lo real, lugar donde muchas veces las personas, por muy enamoradas que estén, ni siquiera se miran a los ojos.
El cuadro y sus piezas suelen partir a la caza de ironías y equívocos que circulan por una prosa cuidada, que en sus retazos finales insinúa una conclusión de renacimiento, con el ave fénix preparada para resurgir de sus legendarias cenizas.
(Artículo publicado en la versión papel digital el 25 de mayo de 2014).
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