sábado, 10 de mayo de 2014

Los domingos de un burgués en París, de Guy de Maupassant



Los domingos de un burgués en París, de Guy de Maupassant, por Jordi Corominas i Julián
Guy de Maupassant, Los domingos de un burgués en París, Periférica, Cáceres, 2014
Traducción de Manuel Arranz

Iba a empezar este texto con una mención al curioso contraste entre el autor y su personaje, pero veo que las diferencias que existen entre ambos obedecen a una lógica esencial. Guy de Maupassant nunca podría ser el señor Patissot, pero precisamente eso es lo que le empujó a publicar, entre mayo y junio de 1880, las aventuras del fiel funcionario en el periódico Le Gaulois, diez entregas donde el heredero de Flaubert reflejaba con mucha sorna la vida de un servidor de la cosa pública.

Por aquel entonces una figura como la de Patissot era más que fascinante, entre otras cosas porque, tras muchas décadas, los funcionarios no obedecían a ningún mandatario imbuido de una autoridad. La derrota de Luis Napoleón en la guerra franco-prusiana supuso la caída del segundo Imperio y el advenimiento de la tercera República, ente abstracto y mucho más democrático que, sin embargo, costaba de entender por su juventud y supuesta libertad.

Maupassant siente pasión por Patissot porque su idea en la serie que se publicó como libro en 1901 es la de reflejar al hombre normal que tiene ciertas ínfulas mundanas y aspira, desde su mediocridad, a destacar entre sus semejantes, igualmente plomizos, previsibles y oportunistas.

El último tercio del siglo XIX consolidó a una nueva burguesía ansiosa por mostrar su poder económico mediante una serie de rituales que configurarían la visión que aun tenemos de esa clase, por aquel entonces en plena efervescencia. La capacidad adquisitiva, el cambio de modelo económico y el crecimiento urbano propiciaron el nacimiento de un ocio que se vestía de distintas formas para acrecentar su importancia y determinar una cierta idea de modernidad.

Patissot es un estereotipo. Chaquetero, hasta el punto de imitar el look de los gobernantes, se siente perdido en esta nueva etapa de la Historia y decide fundirse con la masa. Los domingos, y para muestra están el sinfín de lienzos dedicados al tema, eran el gran día donde todo era posible. Los ciudadanos parisinos optaban por ir al campo para airearse. Las virtudes de la naturaleza, su mitificación, están presentes en el camino del protagonista, quien se acercará a la periferia para sacudirse la soledad y seguir la moda que recomendaba pasear.



Las rutas del funcionario, sus andares, nada tienen qué ver con el flaneurismo de Baudelaire. El poeta vagaba por las calles perdido, con la voluntad de encontrarse desde el caos. Por su parte Patissot se equipa para sus acciones. Coge el tren, sale a la superficie y es incapaz de ir sin su mapa militar, metáfora perfecta de la burguesía más previsible, inútil sin un asidero al que agarrarse. La desorientación del primer domingo nos muestra a las claras la torpeza del antihéroe de Maupassant, un arribista más bien ignorante que pierde los papeles cuando le presentan a Zola, porque sus complejos son tan enormes que no sabe cómo comportarse ante el genio. En su pensamiento para con el escritor no figuran las letras ni las sagas, sólo un umbral mental de envidia, preguntas sobre la propiedad y el ansía de volver al ferrocarril para gritar bien fuerte una sarta de mentiras para exagerar su jornada ante pasajeros asombrados por sus palabras.

Porque el aspirante a buen burgués es un bocazas. Si Walter Benjamin comentaba la extrañeza de esos largos viajes en tercera, donde por vez primera las personas tenían que pasar minutos mirando a un desconocido desde la incomodidad, da la sensación que en 1880 el malestar se había desvanecido por la hilaridad que empapa todos los retratos del pobre desgraciado, parlanchín hasta con las piedras por obra y gracia de su titiritero, un joven Maupassant que ve en Patissot la excusa perfecta para desnudar las ridiculeces más elementales de esa incipiente clase media, siempre tan acólita de la fachada, reina de la apariencia a toda costa sin importar el matiz. En una ocasión vemos cómo la principal preocupación es decorar bien la casa para la fiesta nacional. En otra nos carcajeamos con la impostura de la pesca y la nula pericia seductora del empleado público, zoquete sin alguna conciencia política que si opina es desde el tópico y la rutina, valores fijos y hábitos cotidianos.



Lo mejor es que, pese a todos sus defectos, amamos al pobre Patissot, líder cómico de la normalidad, carácter que en su periodo histórico era ideal para una prosa por entregas que en la era inicial del cine de buen seguro hubiese servido para infinitos gags del slapstick que aquí cobran fuerza por el estilo veloz e impresionista del autor, quien a través de una admirable economía de medios, nunca dice nada más que lo imprescindible y es austero pero muy certero en su descripción del espacio, ahonda en el interior de todo el tejido social, radiografiándolo mediante una sola célula capaz de aglutinar al conjunto por una igualdad que, entonces como ahora, abundaba en la estrechez de miras, conformismo a granel y un claro deseo de no complicarse la existencia y disfrutarla desde las convenciones imperantes.


Era el triunfo absoluto de la burguesía, ufana al imponer su estilo e hilvanar el lenguaje de la era. La naturalidad con que lo plasma Maupassant muestra cómo existían excepciones capaces de ser críticas sin caer en la petulancia al usar la inteligencia literaria como un bastión desde el que poner el dedo en la llaga sin necesidad de muchos fuegos artificiales. Quizá nosotros, viendo el panorama de metamorfosis social y la inoperancia absoluta de muchos escritores obsesionados con la novela de crisis, nos hemos mimetizado demasiado con el traje y la corbata o hemos extraviado en algún sendero la figura del burgués contestatario con los suyos, como si hubiéramos desechado la coherencia del análisis y la lucidez de la risa para extirpar la bruma. Al fin y al cabo el devenir de los acontecimientos nos ha enseñado que a lo largo de la Historia sólo han cambiado los nombres de las cosas, por lo que no está de más ver esta pequeña joya francesa como una advertencia del pasado para comprender un poco mejor nuestra condición presente.