lunes, 29 de diciembre de 2008

4 textos especiales del año (I): Mio fratello e figlio unico versión calidoscópica


Un actor, dos guionistas, un futuro y cine para el presente

Por Jordi Corominas i Julián

No es extraño. Accio y Manrico se pelean como lo hacían en Novecento Alfredo y Olmo. Entre ambos duelos median treinta años de cine italiano y una evolución que lleva a enmarcar Mio fratello è figlio unico de Daniele Luchetti dentro del gran cajón de sastre de los guionistas Sandro Rulli y Stefano Petraglia, verdaderos impulsores de un nuevo cine de la memoria que quiere revisar la difícil encrucijada de los sesenta y los setenta en Italia, años de lucha, años de ideales, años, tristemente, de plomo y muerte cuando la humanidad aún sentía el ímpetu de luchar en clave política para cambiar la sociedad. Fare politica.

La diferencia entre ambas luchas es la del paso del tiempo. Alfredo y Olmo son respectivamente el hijo del patrón y del siervo agrícola. Su combate-amistad es el de la primera mitad del siglo XX que culmina, como la excelsa película de Bernardo Bertolucci, el 25 de abril de 1945 con la liberación y el canto del cisne partisano, lleno de esperanza truncada con americanización y el cumplimiento de la máxima Lampedusiana de cambiar todo para que no cambie nada. Accio y Manrico son hermanos y pelean por vínculo de sangre y confrontación ideológica en una sociedad que sin saberlo camina hacia la homologación. El primero es fascista pese a su bondad, mientras el segundo es comunista y goza del favor de la familia. Es seductor, tiene una novia que lleva de calle al pobre Accio y siente la necesidad de la revolución, de protestar y teñir de rojo benéfico sus acciones. Viva Lenin, Stalin y Mao Tse Tung.

Basada, si bien sólo el libro como punto de partida y fuente de ideas, en el Fasciocomunista de Antonio Pennacchi, Mio fratello è figlio unico es la crónica de la evolución de Italia a través de los ojos de Accio Benassi. Los críticos españoles que han comparado su tono narrativo con series como Cuéntame demuestran saber poco de lo que se cuece en Italia. La inclusión del sex simbol patrio Ricardo Scamarcio es la trampa que permitió a la película convertirse en un fenómeno, se estrenó en 550 salas, de público juvenil. Las chicas salían de la sala y afirmaban sorprendidas que esperaban ver algo normal. ¿Qué se entiende en 2007 por normal? Besos, superficialidad y música a todo trapo. Se encontraron una obra con intenciones gramscianas en el sentido de educar con el cine, pedagogía fílmica para jóvenes y viejos sin voluntad de aleccionar. No somos americanos. Somos europeos y la lección del neorrealismo sigue vigente. Si hablamos de Historia, conviene hacerlo mediante personajes que el pueblo sienta cercanos, carne de su carne. Las vivencias de los personajes pueden recordar a quien vivió ese tiempo toda la agitación previa y posterior al 68, mientras que para el joven la empatía se producirá por la atracción causada por rostros conocidos, actores capaces de llenar salas, transmitir ideas y sugerir curiosidad y sensaciones.

mi hermano es hijo único

La historia de Accio Benassi traza una línea en la que la política flota sin imponerse como hecho total, lo que en ocasiones puede aligerar demasiado la tensión dramática de los acontecimientos históricos. Los guionistas, como ya hicieron en la Meglio gioventú de Marco Tullio Giordana o Romanzo Criminale de Michele Placido, y el director han optado por situarla como el aire que invade la atmósfera privilegiando las relaciones personales, útiles por la trama narrativa para la comprensión del tejido socio-político de la época. Accio ingresa en el neofascismo del Movimento Sociale Italiano con la ingenuidad del provocador, del que no sabe nada. Se siente apartado de la familia, que le niega su deseo de estudiar el Liceo Clásico, y reacciona con lo contrario a la mayoría para sentir que tiene un mundo personal e intransferible, diferente. Sólo su ética y el amor a los suyos le harán entrar en razón, erigiéndose en héroe positivo, en verdadero catalizador del descontento. Su hermano Manrico es mayor, goza del beneplácito materno y tiene conciencia propia. Medita la política, vive la tensión de la fábrica y tiene madera de líder y novia, Francesca, quien ejercerá de vínculo entre ambos hermanos por deseo y pensamiento. Ella es la encarnación del progresivo desatarse de los corsés femeninos, todavía limitado por lo reciente de la revolución. Vive enamorada, duda y soporta las trabas de su propio sexo como buenamente puede. El triángulo amoroso sirve para captar más aún la atención del respetable, quien mientras se fija en los devaneos de Venus observa como una sociedad entera se preocupa y malvive.



Rulli y Petraglia, verdaderos autores del filme, empiezan a tener un lenguaje propio, claramente identificable consistente en recordar los años de plomo a través de lo cotidiano expresado mediante problemas del día a día, música reconocible del pasado reciente y un especial acento en las problemáticas sociales, en este caso la vivienda social.

¿Comunismo? ¿Fascismo? Sí, pero con gotas de humanidad que recorren toda Italia, no sólo Latina, residencia inicial de los personajes. No conviene atosigar al espectador con un discurso denso, complicado. La Historia puede contarse con simplicidad, sin alardes de sabiduría pedante. Nuestra existencia está intrínsecamente ligada a la Musa Clío, único problema para el público español que vea el filme, pues quizá no comprenda en su plenitud los avatares de la Historia italiana de aquellos años. Por eso puede que algunos juzguen la cinta sin atenerse a su verdad. Nos encontramos con una obra de rasgos transalpinos, con una manera de contar las cosas claramente identificable, que bebe de la Historia contándola desde la historia, el pueblo, la gente, nosotros. Antonio Gramsci vio como la cultura podía ser una gran fuente educativa. Tenían que olvidarse los habituales tópicos burgueses y narrar con caracteres populares comprensibles para la mayoría. Así se lograría inculcar conocimiento sin ser dictatorial, sin imponer unos determinados valores de la clase dominante. Ahora que ha muerto la clase obrera y la gente no lee, ahora que nace la nostalgia del ideario comunista, única tabla de salvación para humanizar a la salvaje bestia capitalista, el cine puede y debe ser el garante de la conciencia colectiva para recordar el pasado y usarlo en tono reflexivo para mejorar el presente y dar a entender que es necesario conocer el origen para poder crear y no limitarnos a ser consumidores, sino ciudadanos con mayúsculas.

Las palabras son preciosas. Sin contenido no sirven para nada. En Mio fratello è figlio unico la base histórica adquiere sentido por la solidez del guión y las interpretaciones. Ya era hora que España conociera la brillantez interpretativa de Elio Germano. Actor con un profundo bagaje cultural a sus espaldas, Germano, nominado a mejor actor en los premios de la Academia Europea y ganador del David de Donatello, borda el papel de Accio, le da matices que oscilan entre la comedia, el patetismo y el crecimiento de una mente que no se conforma con estar de paso y quiere aportar desde su relativa normalidad. Elio Germano logra que Accio, con o sin fascismo, sea simpático desde un primer momento. Su dureza negra, algo ingenua, contrasta con su dulzura, con su belleza personal de eterno niño que quiere descubrir y participar. Lo toman por inútil, hijo único de rebeldía que ve más claro que los demás al estar dentro y fuera. Por eso sabe parar su adoración al fascio y por eso critica absurdidades marxistas cuando ya empieza a situarse, sin implicarse al cien por cien, en una órbita de izquierdas. Nunca abandona su amor a la existencia, a diferencia de Manrico, que deja un hueco de vida al implicarse en exceso en la causa política. Otro director, u otros guionistas, hubiesen cargado el personaje de ideología, lo hubiesen convertido en un modelo de chico de su época, comunista de fábrica, líder estudiantil y brigadista rojo. Un proceso lógico que en el filme se constata a Riccardo Scamarciocuentagotas, quizá por Scamarcio, quizá por la apabullante capacidad de Elio Germano de eclipsar a sus partenaires . Riccardo Scamarcio no es sólo un chico guapo. Dispone de una voz estupenda que sabe escanciar y modular, pero quizá le falte madurez para aspirar a grandes roles. Su papel, más importante desde un punto de vista ideológico, nada en una cierta ausencia, está sin estar, llena el cartel, ofrece dinero en taquilla y navega por la obra. Sabemos de su presencia, ¿qué sería de Accio sin su hermano?, aunque quizá no se nos muestra con suficiente claridad. Son los riesgos propios de una película típica en Italia, inusual en España, que aspira a mucho por el placer de dar a quien la ve.

Repetir que es un texto visual del pueblo y para el pueblo cuando se manejan grandes presupuestos podría parecer hipócrita. No lo es. La misma trama da la idea de cómo son importantes las ideologías, como nutren el espíritu individual y colectivo, que sin embargo aspira a mejoras que permitan vivir mejor. Si se consiguen los colores de las banderas quedarán postergados. El bien común. La clave. La esencia.

Mio fratello è figlio unico homenajea en varios momentos a obras cumbre del cine italiano de la edad de oro. El café que el pobre Accio prepara para su hermano y Francesca remite a la prostituta del primer episodio de La Dolce vita, mientras otras escenas evocan Rocco e i suo fratelli y la ya mencionada Novecento de Bernardo Bertolucci. ¿Pasado y basta? No. Abran el libro de estadística y busquen largometrajes italianos estrenados a lo largo del último otoño. Son bastantes –desde Libero de Kim Rossi Stuart hasta la habitual repetición con otro nombre de Ferzan Ozpetek– e indican que la cinematografía transalpina está renaciendo y tiene mucho que aportar a nuestro propio cine, demasiado ombliguista, demasiado necesitado de un rumbo que deje cierto exhibicionismo masturbatorio y se preocupe por el cuerpo y la forma del texto y del espectador. Sólo así tendrá sentido la creación. ¿Arte por arte? Arte con contenido. Gracias.

http://www.calidoscopio.net/2008/01Enero/Cine01.html