jueves, 21 de enero de 2010

El tutú en Panfleto Calidoscopio




Perlas que superan encartonamientos:
El tutú y las postergaciones de la moral

Por Jordi Corominas i Julián


“A menudo hay que dar juicio al aire de la locura, a fin de que pueda ser tolerado”. Denis Diderot.


Siempre he pensado que los finales de siglo tienen un je ne sais quoi especial. Empecé a fabricar la teoría remontándome a la Antigua Roma. Según Varrón, La Ciudad Eterna fue fundada en el 753 a.C.; siete siglos después Craso cayó en Persia y tendió el terreno para la conflagración fraticida entre Pompeyo y Julio César, génesis del futuro Imperio. Si damos un salto temporal comprobaremos como la Revolución francesa se gestó en los últimos años de la centuria, momento glorioso en que Kant paseaba por Konigsberg y Casanova moría lejos de su amada República veneciana, caída en los estertores del dieciocho tras un milenio de independencia.

Otra teoría sobre lo finisecular reside en lo que hemos aceptado como convención evolutiva de las artes. En este sentido, el siglo XIX es el perfecto escaparate para corroborar mis disparates. La Historia cultural necesita marcar períodos, trazar líneas divisorias que enmarquen cada estilo de manera definida para propiciar la comprensión. En poesía saltamos de Baudelaire a Rimbaud, Verlaine mediante, y tiro porque me toca con Mallarmé mirando de soslayo. En arte movemos la ficha romántica, saltamos a la realista y derivamos al impresionismo, que a su vez nos lleva al simbolismo y a los tres genios del post: Gauguin, Van Gogh y Cezanne. Si nos trasladamos a la narrativa Stendhal, Balzac y Flaubert son el camino que dirige a Zola. Muy bien. Ha sacado un sobresaliente. Excelente memoria, óptima capacidad asociativa y mejor persona.

¡Alto!

La sacrosanta obsesión por delimitar etapas y períodos hace caer en el pozo de la desmemoria, que es el olvido, creaciones que tarde o temprano vuelven, fascinan y sorprenden, casi sin avisar, y si lo hacen es porque alguien las recupera. En este caso no es el hombre que lo hace todo en España, sino Blackie Books, editorial barcelonesa que nos presenta El tutú, irreverente y desconcertante novela francesa que no influye pero sí precede toda la vanguardia que depararía parte del siglo XX. Quien quiera lanzarse al vacío apreciará nuestra disección en tres partes, pues somos píos y cristianos.

El primer cachito es el origen del volumen. Situémonos. París, 1891. Una editorial apuesta fuerte. Publica El relicario, debut de las recopilaciones poéticas rimbaudianas, y la segunda edición de Los cantos de Maldoror. Por si fuera poco, el editor, un tal León Genonceaux, tiene la osadía de publicar un misterioso libro llamado Le tutu, moeurs fin de siècle, firmado por la críptica Princesa Safo,que desata la caja de los truenos judicial y le obliga a huir de París, donde volverá en 1902 para escapar nuevamente, esta vez acusado de ofensas para con Leopoldo II de Bélgica. El tutú desaparece de la circulación hasta abril de 1966, cuando Pascal Pia – erudito, escritor y famoso falseador literario– lo menciona en un artículo de La quinzaine littéraire. Finalmente en 1991, centenario de su aparición, se reedita en la modesta casa Tristam, con lo que se resuelve el vagar histórico de un texto del que sólo se conservan dos ejemplares completos del original.




El segundo corte de nuestra tarta se aísla del delirio y explica la trama de El tutú prescindiendo de su contundente mensaje. Sería, el orden de los acontecimientos es bastante relativo, algo como lo que sigue. Había una vez un joven que desbordaba energía. Había descubierto las delicias de Venus, pero aun así deseaba poseer a su madre, una mujer aficionada a devorar ricos manjares. Mientras habla con ella un amigo irrumpe en escena. La progenitora de Mauri de Noirof gasta a manos llenas. Urge inventar y lo ideal es una boda. La elegida será una gorda alcohólica forrada de francos que muestra escasa apetencia sexual. Ya se sabe que las apariencias engañan. Mientras tanto nuestro amigo se entretiene en bares de mala muerte con cocheros, cantantes sonrojados y chicas ludópata. Se lo pasa en grande el chaval, y hasta se acuesta con un espécimen extraordinario, una tipa bicéfala con la que tendrá una criatura. La situación es grave, la circunstancia apremiante. Los progresos de la ciencia salvarán al mundo y Mauri se aprovechará. Revoluciona la técnica ferroviaria con un tren de alta velocidad, le implantan leche en los pechos para que alimente al recién nacido y es proclamado ministro de Justicia, cargo que ejerce con ética y responsabilidad intachable. Yo también husmearía los archivos. Y me da que vosotros tres cuartos de lo mismo. Hay desmanes, desbarajustes y despiporres. Viajes, acantilados y embarazadas. Coitos, enemigos y vagones.

La tercera columna de la construcción es el interior de la bestia, su verdadera naturaleza que no se esconde en caricias y vuela libre para morder la cola de lo políticamente correcto, tocarla y hundirla. El surrealismo dio carta de legitimidad definitiva al absurdo y validó experimentos y pensamientos que anteriormente se anunciaron pero fueron tomados por sandez ilustrada. Una de las diferencias de peso entre los rechazados y los que gozaron de aceptación tiene, desde mi punto de vista, una notoria diferencia en cuestiones de transparencia expresiva. Breton y compañía, víctimas de la era psicoanalítica, desarrollaron sus premisas desde una esfera mental que les distingue del preludio, más terrenal, pies en el suelo que con sus planteamientos rozaban el hiperrealismo al pisar sus locuras racionales la calle auténtica sin volar por las nubes, conscientes que sus ideas serian más impactantes, y no en un sentido contemporáneo, si se referían a espacios reales, comprensibles para el lector que ya tendría bastante trabajo intentando entender los entresijos del contenido escrito, que en más de un pasaje bebe del espíritu simbolista.
Lo dicho encaja con El tutú en todos y cada uno de sus aspectos. Mauri vaga por una calle parisina y halla un ladrillo del que no se separará durante un largo trecho de la narración. Mientras sostiene el pedrusco reflexiona sobre su origen y exhibe una pasmosa precisión horaria. El reencuentro, similar a las novelas bizantinas, con su amado odiado Jardisse pone en tela de juicio la condición humana y el error del molde divino, sin imagen ni semejanza, lo que nos transforma ipso facto en tontainas. ¿Quieren más? El protagonista confiesa a su idolatrada mater amantísima su deseo casamentero y, si siguen el diálogo teatral que entablan me entenderán, ambos se enzarzan en una disertación sobre los culos, la gordura, la delgadez y la defecación. Todo lo que comemos sale por el mismo conducto y es mierda, por lo que no tiene que escandalizarnos la boda de Mauri, bonito verbo policiaco, con Hermine, oronda, fan de sus mocos y el aguardiente. Ese matrimonio es una excusa de orden en el caos que no fructificará porque la vida del jovenzuelo está demasiado llena de bohemia, perversión y proyectos. Bohemia con cocheros con los que comparte catas de gato en directo y vomitonas colectivas, perversión con ponedoras y obispos negros con los que disfruta en orgías y gloriosos enfundamientos de tutú para danzar cual grácil figura de Degas. Proyectos científicos que le enriquecerán mediante el hallazgo del TGV París-Lyon en treinta segundos, alteración locomotriz que multiplica al infinito las visitas a la ciudad de la luz y modifica la existencia del hexágono, aun más trastornada por un doctor chiflado que da la salud absoluta y tiene un árbol étnico en su jardín. Tanto empeño otorga la cartera ministerial al desastrado marido de la mocosa foca, atildado parlamentario que tras un romance con Mani-Mina, la hidra de dos cabezas y cuatro brazos, se encargará de una criatura con cuatro testas y dieciséis extremidades que alimentará gracias al implante de leche en sus pechos. De mayor no quiero ser Mauri. Demasiadas ocupaciones y mucho lío, ya me entienden. ¿No? Es un hombre casado, un paterfamilias que se debe a su clan, enfrentado por las suegras y el desamor conyugal. Su mujer, que como todo hijo de vecino está dotada de hormonas, sucumbe a los encantos de Jardisse. ¿Holmes contra Moriarty? Casi, porque el hilo argumental desgrana una rivalidad que no se pierde entre el festival acelerado de la novela, con deudas, embarazos, incestos, siete y treinta y cuatro, referencias emblemáticas que recogen las notas, muertes y el respiro del punto y final, apto para la sonrisa y varias jornadas de reflexión, porque si algo tiene el libro es que permanece en el cerebro como una buena droga. Tendemos a identificar demasiado lo anómalo con el desvarío, fácilmente rechazable porque la mayoría prefiere leer novelas tradicionales que contengan la clásica estructura y unas temáticas universales en sentido canónico. Tradicional, clásico, canónico. Mare de Déu! El progreso en las artes, desprovisto de parcelas epocales, se basa en la libertad y el experimento, único caudal que cruza fronteras a la búsqueda de renovar y avanzar. El tutú conquista estas virtudes y brinca derribando lápidas sin atender a cronologías. Amamos lo atemporal y danzamos travestidos.




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