miércoles, 27 de enero de 2010

Ficcionalizar a Jaime Gil de Biedma en Panfleto Calidoscopio



Ficcionalizar a Jaime Gil de Biedma
El cónsul de Sodoma de Sigfrid Monleón

Por Jordi Corominas i Julián


Que su vida era esto, sólo lo supe más tarde, al salir del cine ese frío mediodía de diciembre y llamar a la editorial Circe para que me enviara la biografía escrita por Miguel Dalmau. La calle era hielo y silencio. Caminé hacia mi hogar y pensé en las imágenes proyectadas en esa sala del Verdi Park, donde se aglomeraron los críticos en busca de emitir un veredicto que subsanara tanta expectación por el largometraje dedicado a Jaime Gil de Biedma, de quien hasta ese momento conocía más bien poco. Mis informaciones provenían de un amigo nocturno que tuvo el placer de entablar amistad con el poeta de la experiencia. Los comentarios de José Luis se referían a habitaciones estucadas y lujo bizantino entre copas, chismorreos y el recuerdo inolvidable de la elegancia, buenos indicios, demasiado escasos para comprender si lo visionado en la pantalla se ajustaba a la realidad.

No es por vanidad que confieso el método empleado para escribir este artículo. Visionado e investigación. Durante las dos horas que dura la película me enfrenté a prejuicios desgranados en la prensa a lo largo de los últimos meses, algo harto complicado con sólo un café en el estómago, gajes de diez de la mañana. Muchos juzgaban el largometraje como una recopilación erótica para apabullar y generar beneficios en taquilla. Sí, el sexo es el eje que activa los otros resortes, pero creo sinceramente que Sigfrid Monleón y sus guionistas han querido elaborar un retrato fidedigno del hombre y su época, seleccionando el material y alterándolo a su conveniencia para crear una figura real con pequeñas variaciones que reforzaran el hilo argumentativo. Por otra parte creo que ya toca desprenderse de tanto pudor. No hay nada malo en la plasmación cinematográfica del acto sexual, fenómeno cotidiano tan común como defecar, comer o reír. Quien piense lo contrario está cargado de manchas antediluvianas más propias del teatro francés del siglo XVII. Podemos transitar por una centuria de pésimo calado conservador, pero no por ello hemos de renunciar a la realidad tal como es, sin cortapisas de censura moral que a quien escribe estas líneas le producen vómitos y retortijones de pena por pobreza mental de esta sociedad pacata que dice vestir ropas progresistas.
La acción transcurre entre 1959 y 1988, de la gloria literaria a la conciencia de muerte por el virus del SIDA. Es más que posible que las limitaciones de presupuesto hayan dejado en el armario del contenido pasajes memorables. Gil de Biedma tuvo la suerte y la desgracia de vivir en una santísima trinidad. Era hijo de buena familia, su abuelo fue empresario de éxito en la Compañía de tabacos de Filipinas, y poeta maldito obsesionado por saciar su erotismo desenfrenado en los bajos fondos barceloneses y de ultramar. Tanta profusión vital tenía que ser recortada para adaptarse a un metraje coherente. Algunos dirán que el fracaso del proyecto es obvio. Otros diremos que no es así, que pese a las evidentes lagunas biográficas la obra consigue transmitir al espectador parte de la esencia del autor de Las personas del verbo y su contexto, importantísimo si queremos seguir reflexionando sobre las inquietudes culturales que movieron ficha durante la larga agonía franquista, ese cuento de nunca acabar.

La eterna dicotomía entre vida y obra: nicotina, alcohol y el amor que no dice su nombre

La historia del filme da sus primeros pasos en Filipinas. La fotografía nos ayuda a entender que estamos a finales de los años cincuenta, de otro modo raramente comprenderíamos el cuerpo de unas secuencias donde un joven de buena planta disfruta con exhibiciones sexuales con ecos del pugilato, espectadores que animan a la chica sometida a los rigores de una penetración que alternan tres orientales. Mirones y ejecutores. La velada culmina para el occidental en una barraca destartalada donde juguetea con otro homosexual. El siguiente plano, el despertar y el retorno a las obligaciones laborales, resume bastante bien los amaneceres de Gil de Biedma, quien nunca se cansó del goce como complemento a las duras reuniones ejecutivas para las que tan dotado estaba. Dotado y perseguido. Su doble faceta de eterno seductor y gran negociante no cuadraba en la multinacional dirigida por su padre, figura que en el celuloide adquiere los rasgos de capataz inútil en su afán por salvar a su hijo de un qué dirán fulminante porque implicaba mancillar el honor familiar y el prestigio de su retoño en vistas a un futuro ascenso que lo catapultara a los cuadros de mando de la tabacalera. Monleón y sus colaboradores realzan la dependencia paterno-filial en sucesivos momentos de la película. Ambos hombres estaban unidos por un cordón umbilical de sufrimiento y protección, odio y amor que a la postre sirvió durante décadas para ocultar a la opinión pública la disipada existencia sentimental del lírico que versificó como pocos su padecer con leves brotes de alegría.

Del archipiélago asiático saltamos a Barcelona. El ragazzo di vita de la antigua colonia cede su posición en la cama a un español recio acompañado de un escritor negro con el que han paseado por los suburbios de la ciudad condal. El amante ibérico protesta, es un ferviente creyente del tres son multitud, problema que tendrán las parejas del burgués entregado a la voracidad, siempre dispuesto a consumar sexo como alivio a su padecer interno, como si los cuerpos fueran cicatrices que cerraran las heridas de una homosexualidad forzada por una violación infantil que no se menciona en El cónsul de Sodoma, donde las correrías amorosas se exhiben sin tapujos, pero sin la supuesta ostentación que algunos han proclamado a los cuatro vientos. De ser así, la carne entrelazada hubiese copado bobinas y más bobinas de lujuria, frenesí y amor entre sábanas, entrega a Eros sazonada con sentimiento, pues el poeta era un sátiro dulce y obstinado en la búsqueda de un amor que le cuidara y le diera compañía, dios Pan bisexual que tuvo su última oportunidad con las mujeres entre 1966 y 1967, cuando mantuvo una apasionada relación con una de las musas de la Gauche Divine, Isabel Gil Moreno de Mora, Bel, joven arrebatadora interpretada en el largometraje por Bimba Bosé. El director, seguramente a instancias de Miguel Dalmau, ha dado a este episodio la importancia que se merece al tratarse de la encrucijada fundamental, el único momento en que Gil de Biedma pudo cambiar las tornas de su destino y vencer el lejano trauma que le atenazaba. El carácter de ambos, su promiscuidad y la muerte de Bel en 1968 evitaron cualquier posibilidad de redención, y con ello no expresamos ningún favoritismo para con la heterosexualidad, simplemente nos atenemos al perfil biográfico analizado, cargado de culpa por ser lo que era un tiempo poco propicio donde esconderse era la norma. Es interesante comprobar como en la película se insinúa el suicidio de la protagonista del poema A una dama muy joven, separada, cuando los testimonios de quienes la conocieron hablan de un accidente automovilístico durante una tremenda lluvia después de una visita a un amigo en Lleida. El fracaso de lo femenino llevará nuevamente al autor de Moralidades a la senda de la desesperación, que intentará evitar mediante su noviazgo con un ayudante de fotografía gitano al que pigmalionizará y educará sin mucha fortuna. La violencia durante los siete años de convivencia fue constante por culpa de una lucha no muy soterrada de egos entre el señorito y su objeto de delicias plebeyo, si bien una de sus más sonadas efemérides es deformada hasta la absoluta invención. Resulta que en una de sus estancias en La Nava los celos estallaron en medio de la frivolidad. Toni, así lo llaman en el largometraje, se dejó seducir por la mujer de un prometedor poeta madrileño que a su vez besaba a Gil de Biedma. El acomplejado partenaire no aguantó más y propinó una paliza al invitado. En el filme quien la recibe es el ejecutivo de la compañía de tabacos, exhausto en el pavimento tras la contienda, helado en la puerta y expulsado de su propio paraíso. No sabemos el porqué del cambio, la manipulación de la realidad, como tampoco sabemos los motivos que acortan a un suspiro la relación definitiva del poeta con Josep Madern, un actor del Teatre Lliure que convivió en dos etapas distintas, el paréntesis es una ruptura, con el sibarita de la generación poética de los cincuenta. El segundo tramo, cuando ambos estaban contagiados por el VIH, está mal explicado, pues parece que todo vaya a las mil maravillas, cuando era todo lo contrario, con un trato pésimo entre dos figuras que repetían, otra vez, los papeles de amo y esclavo, con éste último a la vera del rico para recibir la prometida herencia. En ocasiones, el afán de síntesis del séptimo arte es demasiado pernicioso para la auténtica comprensión de almas complejas con un sinfín de vicisitudes.



Gil de Biedma amó mucho y fue correspondido con gran profusión de afecto. En el filme se realzan varias amistades célebres, por lo que el espectador podrá divertirse asociando rostros con personalidades. Colita, Enrique Vila-Matas, Gabriel García Márquez y otros desfilan por la pasarela vital del poeta, aunque los que se llevan la palma son Carlos Barral y Juan Marsé. El primero es caracterizado con su típica barba y su lengua afilada, siempre preparado para soltar un comentario punzante y ácido. Burgués como Gil de Biedma, ambos crecen juntos desde la Universidad hasta la fama literaria. Sus diálogos culturales sufren, como sucede en cualquier película que trate este universo, de cierto forzamiento, como si las palabras hubiesen sido prefabricadas para condensar en pocas líneas todo su discurso. Aun así la amistad entre ambos queda bien reflejada, como también sucede en el caso de Juan Marsé, aunque sinceramente no sé que pensará el autor de Últimas tardes con Teresa de su traslación al celuloide en compañía de sus camaradas. De origen modesto, el novelista es representado como un individuo que escribe para vender libros mientras sigue la vorágine de su época. Además no creo que el otrora aprendiz de joyero tuviese ese acento catalán tan pronunciado que lo ridiculiza en extremo. Más probable es que opinara eso de que dejamos morir al Dictador en la cama sin lograr nada digno de ser recordado como resistentes. El grupo del compromiso social queda reflejado en sentido político como un círculo de adinerados señores que dedican el tiempo libre a la tertulia, beber buenas copas y conspirar desde la resignación de la eternidad dictatorial, revolucionarios con corbata en 1959 acatan a rajatabla las coordenadas del Partido Comunista, demasiado fiel a la carta de Lenin de 1895 donde se negaba la admisión de cualquier homosexual en la organización porque son seres víctimas de su naturaleza que pueden hacer peligrar la seguridad. Gil de Biedma fue rechazado por Manuel Sacristán.




¿Tuvo otro tipo de amistades el poeta? Sí, variopintas y selectas. Una biografía tan extensa ha implicado una selección (in)natural a veinticuatro imágenes por segundo. Fuera de la convocatoria quedan nombres como Vicente Aleixandre, Alberto Oliart, Josep Maria Castellet, Alfonso Costafreda, Felipe González, Pablo Picasso, Jaime Salinas, Joan Manel Serrat, Jaime Camino, Ana María Moix, Terenci Moix, Alex Susana, María Zambrano, Maruja Torres y muchos otros que no cupieron en la terna final.

La poesía como refuerzo lírico a la imagen: el verso y el cinematógrafo

Hace un lustro creía en el cine como motor revolucionario. Recuerdo proponer a una productora italiana un documental poético sobre la figura de Pier Paolo Pasolini. Sus versos serían la voz narrativa que acompañaría al espectador en un recorrido por los espacios clave en la vida del poeta. La idea fue desechada por su escaso interés comercial. Sigfrid Monleón se ha centrado poco en la lírica de Gil de Biedma, pero cuando lo ha hecho ha superado el examen al dejar que los poemas hablaran y se asociaran en determinados momentos con la imagen. Los actores se mueven, las composiciones fluyen y los versos dan más fuerza lo narrado, como ocurre, por ejemplo, en la sublime escena de Calafell, cuando los maduros intelectuales se extasían al tomar conciencia de su decrepitud física mientras Yvonette, una de las hijas de Carlos Barral, danza con vigor junto a su primo, criaturas asexuadas con la inocencia de quien aun no ha sucumbido a las trampas que depara el destino adulto.

A qué vienes ahora,
juventud
encanto descarado de la vida?
Qué te trae a la playa
Estábamos tranquilos los mayores
y tú vienes a herirnos, reviviendo
los más temibles sueños imposibles,
tú vienes para hurgarnos las imaginaciones

Ningún guionista puede conseguir tanto con tan poco. Flotan los versos y nos transportamos, sentimos verdadera empatía con la película y, embobados, contemplamos el baile de la rubiales que tarde o temprano dejará la niñez para sucumbir a la rutina de los dieciocho en adelante, y lo mismo con otras composiciones del Cónsul honorario de Filipinas en Barcelona, hombre excepcional que dentro de los límites de toda biografía fílmica ha sobrevivido a la adaptación salvo por algunos pequeños detalles que desdibujan su figura. Resulta lamentable abandonar la sala con el recuerdo de la última escena, con un Gil de Biedma enfermo que, miedoso con la deriva de su letal contagio, contempla a un joven chapero bailando música ochentera en un sórdido cuartucho de hotel. La escena sucedió, pero sin explicar precedentes y la resignación ante la imposibilidad de encontrar el verdadero amor queda como una anécdota morbosa sin más. Aplaudo al equipo por su valentía en determinados aspectos, pero quien escribe considera que lanzarse a la piscina y nadar, deporte favorito del aedo barcelonés, implica terminar el recorrido, quedarse a medias siempre deja un regusto amargo.