miércoles, 13 de enero de 2010

Una novela de otra década: “Lowboy”, de John Wray en Revista de Letras


Vayamos por partes. Detesto las contraportadas. Maravilloso libro. Un futuro clásico que inaugura la senda del siglo XXI. Una obra de esas que se leen de un tirón. Señoras que amarán cada instante de la narración. El consumidor de literatura ha de ser inteligente y prescindir de esas frases made in mercaderes del templo. Elegir una novela es casi tan importante como comprar un coche o una taladradora, porque es una inversión útil para nuestro goce ocioso. En el mundo americanizado que nos ha tocado vivir, donde lo chino por ahora es diferente hasta que la flauta suene notas más gruesas, es un peligro agarrar narrativa estadounidense, sobretodo si es nueva y nos la quieren vender como la revolución de la revolución.

A mediados de los años noventa se puso de moda lo alternativo, término multiusos con muchos cajones. Macaulay Culkin y Kids, bandas musicales de vida efímera y filmes de bajo coste que centraban su mirada en adolescentes desamparados, víctimas de las drogas y la incomprensión paterna. Sexo, drogas y rock and roll. El tema se nutría a nivel narrativo de varios ingredientes que pasaron a formar parte del largo elenco de tópicos cansinos que tanto gustan a los medios de comunicación y a los jurados de los festivales. Chicos con problemas mentales, no lugares y una resolución familiar si se daba el happy end o un final dramático y de impacto en caso de querer ser radical a ultranza.

Mientras escribo este artículo tengo “in mente” Juno, hermoso y divertido filme que quizá fue el epígono de esta tendencia en el séptimo arte. El lector habrá pensado otros ejemplos de este fenómeno cultural de rápida asimilación y fácil olvido, ideal para charlar en los bares e impresionar al amigo que no está a la última, víctima propiciatoria de egos demasiado resabiados, conformistas posmodernos que por seguir la tendencia creen atesorar cultura.

Lo alternativo sigue siendo efectivo y sobrevive bajo su capa indie pese a ser Mainstream de la A a la Z, a la acera verdadera pim pom fuera, la vaca lechera. Mi crítica a su estatus no implica un desdén absoluto, pues en la homologación también hallamos propuestas de cierta calidad. Lowboy, tercera novela del neoyorkino John Wray, es un artefacto notable por la sagacidad que demuestra su autor en el arte de la escritura. A veces tener tablas y demostrarlas en trescientas páginas no es suficiente para pasar el examen.



Una de las premisas de toda obra alternativa es jugar con los géneros para intentar crear una forma nueva que sorprenda y nos haga ver cuan inteligente es el narrador. Wray lo es, pero todo lo que expone está mascado, es un chicle pudriéndose en el pupitre de cualquier instituto occidental. Vayamos por partes, lo diga o no Jack el destripador.

El primer punto huele a chamusquina. El protagonista es William, un adolescente enfermo de esquizofrenia paranoide. Ha escapado del sanatorio porque no quiere tomar más la medicación y tiene una misión en la vida: salvar al Planeta del cambio climático. Naturalmente su voluntad es estéril y lo que verdaderamente busca es perder la virginidad, pero esa es otra historia. William conoce el metro de Nueva York y sus cuatrocientas sesenta y nueve estaciones de cabo a rabo. La metáfora del subterráneo indica un conocimiento ajeno a la realidad de la superficie, pues cómo pueden entender el protagonista vive sumido en falsas impresiones producto de su desquicio mental.

Todo hijo tiene una madre. La del personaje central de Lowboy se llama Violet y a sus treinta y nueve años, que no son tantos, conserva su atractivo austriaco. Está preocupada por la desaparición de su cachorro y acude a la oficina de personas desaparecidas para hablar con el Inspector Lateef, nombre adoptado por Rufus White, apuesto servidor de la ley que mientras avanza la investigación se enamora de esa dama que consume pastillas y se equivoca, el humor léxico es algo típico en estos textos, de vocablos cada dos por tres. Ambos emprenderán la búsqueda siguiendo las pistas que el joven va dejando por el camino. Ya tenemos la doble traza: el vagabundo volátil por sus problemas internos y las pesquisas detectivescas, perfecta excusa para dar aire de thriller, y no de Michael Jackson, a la novela.

Hay un tercer elemento que nunca falla: la chica. Se llama Emily, es guapa sin exagerar y es la causa directa del destierro sanatorial de William, quien la empujó a la vía del underground en un loco abrir y cerrar de ojos. El rubio quinceañero la quiere penetrar, y se lo sin muchos rodeos. Ella, en una de esas entrañables escenas que conmueven por algún extraño motivo, decide adecentarlo y lo acompaña a una tienda de ropa a la que llegan después de evitar las garras del inspector, obstinado en cumplir su tarea cueste lo que cueste. Finalmente el acto carnal llegará en otro momento y cuerpo, porque así se rompe la previsibilidad del relato, pero Emily seguirá con la llave maestra en su haber.

¿Quieren más? Una vagabunda hispana que tiene un edredón en un túnel, un holandés errante entre vagones, una maleta robada con seiscientos dólares, un psiquiatra poco dado a jurar hipocráticamente y muy aficionado a la hipocresía, un anciano hindú, una chica con auriculares y una estación abandonada de enorme belleza, axioma del rincón oculto que todo personaje que se precie debe ostentar para entrar en la dinámica alternativa. Recuerden American Beauty y me entenderán.

Lowboy se sostiene porque el ritmo narrativo tiene una envidiable solvencia que sabe mantener la tensión hasta el punto final, aunque eso, tras muchas lecturas y unos cuantos decenios en la tierra, no es suficiente para quien busque algo más y desee respirar sin contaminación. La leve mención a la Zona Cero, ideal para un guión hollywoodiense, es la puntilla que remata esta novela que hubiese disfrutado con dieciséis años, cuando cualquier obra me aportaba un aprendizaje en los misterios de la literatura. Ahora, con canas escondidas entre mi cabellera, me parece una mera repetición de la repetición, ineludible constatación de la profunda necesidad que tenemos de renovar contenidos en pos de sentir que las letras no se rigen por reglas canónicas válidas para los noventa, armamento exhausto en el baúl de los recuerdos.