martes, 1 de junio de 2010

El duelo de Giacomo Casanova en Revista de Letras




Un magnífico preludio a “Historie de ma vie”: “El duelo”, de Giacomo Casanova
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 27.05.10


El duelo. Giacomo Casanova
Traducción de Elena Martínez
Gadir Editorial (Madrid, 2010)

Las malas lenguas abundan por doquier y producen desconocimiento. Giacomo Casanova (Venecia 1725- Dux 1798) fue el primer escritor verdaderamente moderno. Supo desnudar su intimidad y dar a la primera persona digna categoría literaria. Sin embargo, hasta hace bien poco su nombre fue sinónimo, y así figura en el diccionario, de seducción a raudales. Triste es limitar tanta grandeza. El veneciano fue una inigualable excepción histórica de hiperactividad. El aventurero nutrió su obra de su existencia. Recorrió la nada desdeñable cifra de sesenta y cinco mil kilómetros, conoció a las más ilustres personalidades de su tiempo y se vio enfrascado en múltiples dimes y diretes de los que da buena cuenta en su monumental Historie de ma vie, magna e incompleta autobiografía que con buen tino publicó recientemente Atalanta en una edición que por su calidad aumenta aun más si cabe la dignidad de quien la escribió entre 1785 y 1798 en el exilio, definitivo reposo del guerrero, del castillo bohemio de Dux, donde el aficionado a la alquimia transcurrió los últimos años de su atribulada singladura.

Antes de la Historie de ma vie hay dos textos fundamentales que la preludian. La Storia della mia fuga dai Piombi, publicada en España por Alianza Editorial, narra la experiencia casanoviana en la temible cárcel veneciana, de donde escapó el día de todos los santos de 1756, y es curioso remarcar como Il duello, escrita en 1780, enlaza su acto heroico con el siguiente episodio clave de sus peripecias, empezando la narración tras su brillante ardid entre techos, embarcaciones y refugio seguro en su lucha contra la inquisición de su lugar de origen. Ambos volúmenes son el primer paso hacia el total orgasmo del sujeto como protagonista, y comparten el haber sido escritos en lengua italiana, factor que Casanova cambiará cuando se decida a escribir su gran obra, donde usará el francés, que por aquel entonces era lo más parecido a una coiné transnacional, y eso no hace sino verificar la alta estima que nuestro protagonista tenía para consigo mismo, consciente de acariciar con sus acciones la tan deseada inmortalidad.




Osadías, argucias y pistolas: historia de una ofensa victoriosa.

Tras vagar, con mayor o menor suerte, durante una década por el Viejo Mundo, en 1766 Casanova se planta en la corte polaca de Estanislao II. Ha circulado por Francia, Inglaterra, Alemania y una serie de reinos pertenecientes a Rusia. En Varsovia se introduce en palacio con la sutileza del connaiseur de monarcas y rituales, coincidiendo con una antigua amante Anna Binetti, dama de proverbial belleza por la que bebe los vientos uno de los principales jerifaltes de la corona, el Conde Braniscki, prepotente y arrogante rufián que se permitirá insultar a nuestro protagonista llamándole cobarde veneciano, oportuno escarnio que en realidad sirve a Giacomo para enhebrar esta dinámica obrita donde exhibe todos sus recursos humanos para paliar su dañado honor. Por otra parte es más que probable que la escribiera para ganarse la confianza de los mandamases de la Serenísima, pues Casanova siempre se sintió inseguro entre sus muros lagunares, como si el retorno a casa tras 19 años de exilio fuera un paréntesis que, y así fue, le devolvería otra vez a deambular por Europa. Desde este punto de vista el insulto acompañado del gentilicio desencadena una doble furia: la del ser ofendido y la del nacionalista que mientras redacta, catorce años después de los sucesos narrados, piensa en salvar, otra vez su piel. Lo demostraría el uso de una tercera persona casi mayestática que incide en su origen veneciano para probar su arrojo, propio de los de su tierra.





Lo interesante de El duelo es la aguda capacidad de observación del prosista, quien no ahorra detalles para sumergir al lector en la vorágine de los preparativos, el combate y los posteriores eventos que desencadenaron en otro migrar que le llevaría a dar con sus huesos en varias cárceles españolas entre 1768 y 1769. Antes de esos lances, descritos brevemente en las últimas páginas del volumen, apreciamos el estilo del italiano, consistente en informarnos de lo acaecido mientras aporta un intenso e inmenso cuadro de costumbres de su tiempo expresado mediante temáticas morales y cotidianas reflexiones que producen nuestra hilaridad, como cuando propone aplazar el duelo porque quiere que pasen los efectos de una medicina. Pòstoli, título que ostentaba su rival, no se anda con chiquillas y le dice bien claro, sabiendo tener a su favor la protección real, que el envite es inaplazable y debe realizarse con pólvora. Llegado el momento crucial, la suerte sonreirá al amante de ciento veintidós mujeres, individuo que nunca debemos comparar con Don Juan, pues el español penetraba sin querer dar placer, mientras Casanova buscaba compartir sensaciones; su individualismo era una energía ególatra que destilaba generosidad cuando se trataba de disfrutar en la cama, todo lo contrario que en la situación que describe el libro editado por Gadir, donde los disparos son balas de honrilla. Ambos contendientes salen heridos, pero la condición extranjera del héroe provoca su nueva huída con final feliz tras muchos requiebros, varias discusiones y una mediática parada en un monasterio franciscano. Tal era su fama, y sonado el combate, que la invisibilidad era imposible. Lo sorprendente, en un ambiente tan hostil, es que lograra salvar la piel y evitar una más que previsible condena. Le quisieron amputar la mano y se negó. Sanó, y aquí entra toda la parte inventiva de sus narraciones, de manera milagrosa y partió hacia otros confines, donde leyó todas las gacetas, los periódicos internacionales de la época, y remedió las afrentas subidas enfrentándose con los desinformados escribas, inocentes víctimas de su cólera obsesiva por alcanzar el lugar merecido en la constelación de su siglo, del que fue cronista y pionero en su forma de exprimir sus sensaciones para con lo que le rodeaba. Su perpetuo movimiento le hizo siamés de Immanuel Kant, filósofo que desde su estática monotonía en Konigsberg supo despojar los objetos del artificio y captar su esencia, mientras Casanova con sus paseos se convirtió en espejo de un mundo al que superó y sobrevivió