viernes, 11 de junio de 2010

La pesca de la trucha en América en Revista de Letras




De lo difuso a lo concreto desde el contraste: “La pesca de la trucha en América”, de Richard Brautigan
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 8.06.10


La pesca de la trucha en América.
Richard Brautigan
Traducción de Pablo Álvarez Ellacuria
Blackie Books (Barcelona, 2010)


No tiene ningún sentido empezar esta reseña de manera convencional, por lo que procederé a explicarles mi experiencia en el saltarín mundo de la pesca. Una mañana fui con un amigo de la familia al río Tordera, al lado de un puente entre mi pueblo y Sant Celoni. Los peces eran muy pequeños, anaranjados, anárquicos y vivarachos. Los volví a ver en un acuario de una gasolinera de supermercado y me inquieté, lo que se constató un par de años más tarde, en un tórrido verano donde volví al lugar de anzuelos y moscas para desesperarme. El río era tierra y los bichos acuáticos yacían, muertos y secos, entre piedrecillas y maleza. Esa horrible imagen desapareció en mi edad adulta, sobre todo esa tarde de miércoles en Trastevere, inolvidable por unas truchas con jamón y queso que devoré con sumo placer, sensación parecida a la que ha invadido mi mente al leer la obra más famosa de Richard Brautigan, recuperada por Blackie Books en una edición que respeta la original de 1967 y juega risueña con todos nosotros al crear un libro que no sólo es eso. El típico reclamo publicitario, ese envoltorio que suele terminar sus horas en la basura más cercano, se convierte en una pregunta que ayuda al lector antes de asaltar la novela.


¿Y quién es Richard Brautigan?

Buena pregunta querido Watson. Lean el blanco papelillo y la introducción y sabrán más del hombre que triunfó y no sabía administrar su dinero, del individuo alto y mujeriego, del tipo exitoso que fue incomprendido hasta dejar su cuerpo para mayor gloria de los insectos pantagruélicos. Lean ambos textos y procedan con cautela al abordar La pesca de la trucha en América. Les recomiendo tratarla sin prejuicios, pues de nada sirven las etiquetas con el escritor huérfano y abandonado que trató la literatura desde la ingenuidad para alcanzar lo genuino mediante procedimientos poco ortodoxos que dan a sus artefactos esa extraña virtud de plantearnos cuestiones tanto en lo temático como en lo formal.

Y lo intuimos desde el minuto cero de nuestra lectura. ¿Nos toma el pelo? No, tiene la libertad absoluta de ser el dios de su obra, y eso significa romper con la tradición para abrazar la idea de la literatura expresada desde cualquier forma posible. Brautigan se puede permitir la osadía de comenzar comentando la portada, que es una estatua de Benjamín Franklin, aunque también podría ser un avestruz tartamudo, lo que importa es entender que desde un punto se puede enarbolar un discurso que en su caso, y desde una óptica desenfadada con tintes muy serios, se centra en América, que al fin y al cabo es la fuente de conocimiento del chico de Tacoma, explorador de Estados Unidos que bebe del instante y por el instante, caudal cotidiano que da a su prosa un estilo simple y en apariencia fragmentario, como si su novela fuese un puzzle a ordenar por nuestras manos. No, no se engañen. La estructura es deliberada porque lo difuso es el mejor camino para captar lo concreto de su exposición. ¿Libro de tesis? En parte, porque la ambición de truchas, señuelos, moscas y corrientes es retratar el verdadero rostro norteamericano de finales de los cincuenta y principios de los sesenta, universo en profunda mutación que el poeta glosa vestido de claro oráculo, consciente de transmitir la metamorfosis con una cierta confusión muy lógica, típica de una transición entre lo viejo y lo nuevo.


Todos somos la pesca de la trucha en América: utensilios de la tarea.

Y sí, por eso motivo todos somos la pesca de la trucha en América, lugar, persona, verbo y matriz por la que circulan María Callas, el borracho del pueblo, ratas, bibliotecarios, John Dillinger y terroristas. Olviden los nombres. Lo interesante es cómo y donde se ubican. El título del libro es una metáfora de un todo que vuela de lo grande a lo pequeño sin trabas. La pesca de la trucha en América se erige como un doble diálogo que desde el origen quiere enfocarse en una conclusión contemporánea de despersonalización y consumo colectivo de masas. Muchos capítulos versan sobre los entresijos de pescar tan codiciado manjar, y lo hacen con un tacto que explica con agrado anécdotas útiles al contextualizar el hecho. Pescar truchas en América evoca a una Arcadia de tierras yermas, naturaleza virgen a bautizar en solitarios arroyos desposeídos de su magia con la modernidad, lo salvaje empecinado en derrotar lo puro. ¿La típica crítica nostálgica? La transformación siempre aparece con el dólar, monoteísmo capaz de absorber toda la sociedad para alterarla en función de amargos caprichos de poder. En este sentido destaca El desguace de Cleveland, centro comercial temático donde puedes comprar arroyos, animales, cascadas y ciervos, Dios consumo para los fans de la pesca que son las inocentes víctimas de la velocidad que engendra violencia. Sorprende en Brautigan la sinceridad lírica del cronista que con sutiles pinceladas deja caer sentencias filosóficas sobre la aceleración del siglo XX, vertida en sus páginas con varios toques que remarcan la falta de humor, la preponderancia revolucionaria de Jack el destripador o lo anacrónico de los objetos recientes, trastos de 1920 que por nuestra manía de no poner el freno huelen a 1890.





Señores que desde la tumba advierten a los vivos: la justificación final


En los últimos estertores de su obra Brautigan se justifica, a sabiendas de la dificultad de su construcción para los que desean impregnarse de normalidad. A grandes rasgos advierte de lo vacuo en las definiciones, de lo estéril de tanto esfuerzo en delimitar lo humano, impotencia e incompetencia en precisar el suelo por donde pisamos. Quizá por repetir las mismas acciones cada día somos incapaces de ponernos en la tarea de describir con acierto lo que nos rodea, y en ocasiones es posible que esa carencia se deba a nuestro acomodo para con las formas, pues al aceptar el esquema mil veces trazado caemos sin darnos cuenta en un conformismo fácilmente sorteable a través de violar lo establecido y prender la mecha que distinga y proyecte fuegos con otra textura. La reflexión de este estilete de la contracultura sirve también para quitarnos las legañas y contemplar ciertos casos del panorama literario español con la brillantez que se merecen por innovadores, innovación que por otra parte sólo lo es por nuestro retraso histórico, dado que los sesenta, encarnados magníficamente en La pesca de la trucha en América, ya sabían mucho de locura calculada, que entonces era vanguardista y lo sigue siendo en el original porque cuesta mucho abrir el tarro de la mayonesa.