jueves, 3 de febrero de 2011

Crimen, educación sentimental en Revista de Letras





Crimen, educación sentimental, por Jordi Corominas i Julián
Por Jordi Corominas i Julián | Destacados | 31.01.11

Nunca fui un gran lector de novela negra. Recuerdo una estantería de mi casa repleta de volúmenes amarillos de la colección “La Cua de Palla” y también que de pequeño me gustaba la serie de Perry Mason, por la música y porque era en blanco y negro, pero la resolución del crimen y la épica del detective no me engancharon como en cambio si ocurrió con la lectura de periódicos, donde la sección de sucesos siempre fue una de mis favoritas. Hace poco, mientras buscaba documentación sobre crímenes barceloneses para un programa radiofónico, me zambullí en la hemeroteca de La Vanguardia para ver si era verdad un disparate que rondaba desde hacía siglos por mi cabeza. Y sí, el sábado 20 de febrero de 1993 el rotativo barcelonés recogía que Antonio López Cañete intentó asesinar a su mujer disfrazado de Hitler. No sé si esa breve nota fue la culpable de mi interés por un mundo muy oscuro que cuando aparece en las novelas tiene un extra de construcción que, sin embargo, no puede competir con la realidad, pura y dura, eléctrica porque las historias son de carne y hueso por mucho que hoy en día la prensa las use injustamente como un material de usar y tirar. Fíjense por ejemplo en el crimen del Bar Joan. Alguien accedió a su interior y, preso de la ira, se cargó a la madre y el hijo propietarios del negocio. Ha pasado casi un año y los hechos siguen sin aclararse. Transito con cierta frecuencia por esa esquina de la Diagonal. Otros han ocupado el puesto de los muertos y hay clientes bebiendo café, como si el fatídico delito no hubiese nunca sucedido. Miro la puerta transparente y me estremezco ligeramente pensando en las vallas que, no hace tanto, ocultaban la entrada. Queramos o no la sangre vertida con pistolas, venganzas, desamores o dinerales es cotidiana. Y eso es lo que la hace atractiva a mis ojos porque en su esencia escribe un cuadro del estado de una sociedad, sus transformaciones y el estupor que siempre nos espera al pisar la calle.

En Italia les encantan los homicidios. Vas a las maravillosas librerías Feltrinelli y hasta tienen una sección de crónica negra dedicada a efemérides históricas. En el país transalpino existe una querencia nacional por lo lúgubre con el añadido de poseer rasgos específicos que aumentan la pasión. Existe la expresión un delitto italiano. El secuestro de Aldo Moro y el asesinato de Pier Paolo Pasolini forman parte de esta categoría por ser asuntos donde aún prevalece el misterio, pese a que en principio no haya atisbo de duda en la resolución. Los flecos por cubrir permanecen sin importar la sentencia, y lo mismo sucede con efemérides puntuales que estremecen a la Nación.



Mis dos casos favoritos son bastante antiguos. En La Segunda Guerra Mundial, Milán se ahogaba por la masiva afluencia de inmigrantes sicilianos. Uno de ellos, aprovechando que su mujer e hijos aún no habían salido de la isla, se ligó a una sensual veinteañera que alertó a la chismosa comunidad sícula de la capital lombarda. Las voces del romance llegaron al sur y la familia emprendió la ruta del norte para que las cosas volvieran a la normalidad. Rina Fort fue despedida de la empresa de Giuseppe Ricciardi y éste retomó su vida conyugal hasta que la noche del 29 de noviembre de 1946 una furia irrumpió en su hogar acabando con sus tres hijos, uno de diez meses, y esposa. Las fotos de la escena del crimen son devastadoras. Rina Fort, ayudada según la sentencia por un cigarrillo de la risa que la mareó hasta la extenuación, se despechó a gusto. Su juicio fue uno de los acontecimientos de la década. La sala se llenó hasta los topes al no existir todavía la televisión. Dino Buzzati cubrió el evento en un ejemplo de lo que debería ser el periodismo de sucesos, con una prosa insuperable, reflexiones acertadas y una visión que iba más allá de los cadáveres para centrarse en el clima que había generado la brutalidad de una mujer en la ciudad. Rina fue condenada y, paradójicamente, pasó buena parte de sus años carcelarios tejiendo ropa para niños. Falleció de un infarto en 1988, tranquilada, aislada del ruido y su leyenda.




Rina no es la única chica de la serie. Tuvo una ilustre predecesora que, tras matar a sus víctimas, descuartizaba los cuerpos hasta reciclarlos para fabricar jabón o elaborar dulces. Leonarda Cianculli es el punto intermedio, luego verán el motivo de su inclusión, previo al tiro de escopeta que liquidó a la marquesa Casati Stampa y su amante, el soldado Massimo Minorenti. El asesino fue un marido celoso, que tras perpetrar la masacre se suicidó. Parece un caso claro. Se equivocan. Las pruebas incluían un diario donde la finada describía al detalle un seguido de juegos sexuales que estimulaban al Marqués, ávido por ver a su mujer en brazos de excitados jovencitos que alucinaban con el busto de Anna, pionera en someterse a costosas operaciones de cirugía estética. El militar fue la gota que colmó el vaso y rompió el acuerdo voyeurístico porque surgió el amor, y eso, comprenderán, el noble no pudo soportarlo.

Volví a Barcelona siendo un experto del crimen tricolore.

Obreros y burgueses. Cara y cruz. Lo bajo y lo alto se funden. Destacan en el inconsciente colectivo porque la muerte en las zonas privilegiadas rompe la inquebrantable paz del dinero y da rienda suelta a la especulación cotilla, y el tan manido yo ya sabía que la fachada no se corresponde con lo que acaece entre las cuatro paredes del lujo. Un lunes cualquiera de febrero de 2009 me encaminaba a mis tristes horas en un miserable trabajo cuando topé con una multitud agrupada en torno a un caótico círculo en Travessera de Gràcia con Santaló. Alargué el cuello en plan jirafa. Me sobresalté.


El cadáver de Félix Martínez Touriño aún estaba caliente. El sicario que liquidó al empresario, director del Centro de Convenciones Internacional de Barcelona, había escapado minutos antes. Fue una investigación ejemplar que destapó una trama increíble, capitaneada por un hombre que no quiso perder su puesto y optó por atentar contra su jefe pagando una cuantiosa cantidad a empleados de la muerte. Con ello esperaba proseguir sus corruptelas audiovisuales y conservar su elevado tren de vida. El episodio de Santaló me animó a realizar un mapa con los casos más célebres para averiguar dónde se mata más. Los barrios opulentos, en parte por su ya mencionada notoriedad en los periódicos, copaban buena parte del entramado, distribuyéndose el resto entre el mar, un ambiente siempre propicio porque el agua supuestamente elimina y disipa sospechas, y otras latitudes, entre las que no relucía la periferia, acallada desde una óptica de desinterés por lo mundano, como si los sucesos del extrarradio no contuvieran ninguna nota remarcable al ser anodinos y vulgares, sin la pizca de una trama jugosa para entretener al respetable, falta de respeto que disuelve la igualdad de la crónica negra.





Enriqueta Martí hermanó sombreros de copa con boinas. A principios de siglo XX dirigió un burdel infantil en la Calle Minerva hasta que fue denunciada. Su expediente, al ser concurrido su lupanar por los hijos de la crème de la crème condal, desapareció e incrementó sus actividades en el número 29 de la Calle Ponent, actual Joaquín Costa. Enriqueta visitaba hospicios por las mañanas y al caer el sol aparecía por el Liceu bien engalanada para negociar con sus clientes pútridas transacciones. Tuétano de niños, cataplasmas contra la tuberculosis. Un buen día una chiquilla desapareció y el Raval, que si hoy es territorio inmigrante entonces lo era de la combativa clase obrera barcelonesa, se alarmó. Corría 1912. Finalmente, y obvio un sinfín de minucias significantes, un indicio destapó el terror y la vampira fue desenmascarada, y con ella su chiringuito de los horrores con una habitación llena de frascos y huesos que testimoniaban sus atrocidades. Hasta que se hundió el Titanic fue la comidilla en bares, pasajes y mercados. Murió en la prisión de mujeres y las causas del óbito se desconocen con precisión. Se habló de cáncer y de un arrebato de sus compañeras, aunque lo más probable es que la pelaran para que no abriera boca, sabía demasiado de los más pudientes y viciosos que, en un momento histórico crítico, justo después de la Semana Trágica, se aprovechaban de los más desfavorecidos con saña y cinismo.




Gatos y perros, juntos y revueltos. Tanto el crimen de la Calle Santaló como la acongojante experiencia de Enriqueta son casos epocales que simbolizan el latir de su década. En cierto sentido son socios de Carmen Broto, inmortal al perecer en una agitada y rocambolesca noche. Marsé basó parte de Si te dicen que caí en el luctuoso acontecimiento que en sus cimientos engloba toda la flora y la fauna de la Barcelona de posguerra, desde la rubia a lo Veronica Lake que de desdichada pasa a amante del amo del Tívoli hasta los típicos pícaros que creen dar el gran golpe pretendiendo robar la caja fuerte de un magnate mediante la ayuda de la chica. Carmen transcurrió la velada yendo al cine con su atildado caballero y después quedó con Jesús Navarro Manau. El padre de éste era un reputado cerrajero y tenía la misión de abrir el cofre del tesoro. No pudo hacerlo. Las cosas se torcieron en un coche, los nervios estallaron y con ellos llegó la muerte y el entierro en un huerto de la Calle Legalidad. Los ladrones en 1949 eran gente honrada, y dos de los tres implicados se suicidaron con cianuro. Sentimiento de culpa, remordimiento común que engrandeció un mito al que la literatura contribuyó.

En todos estos ejemplos encontramos elementos de supervivencia, habitual motor del crimen. Amor, dinero, celos, trabajo, sexo. Asimismo comparten un matiz clave: desear la perfección, que no existe si se resuelve el caso, por lo que un inspector dijo muy bien que no existen asesinatos perfectos, sólo investigaciones defectuosas. Podríamos comentar la frase horas y desmontaríamos una de las máximas del género negro, donde las indagaciones del héroe detective suelen llegar a la meta con el laurel atendiendo al triunfador.

Me estoy enrollando más que una persiana. Soy un bicho raro. El año pasado fui, hasta que la crisis segó mi silla, la voz del crimen en Radio Barcelona- Cadena SER. Cada semana husmeaba en archivos y presentaba un nuevo relato, siempre basado en hechos reales. Aprendí a perder sensibilidad. Poco importaba si un santero cubano se cargaba a un infeliz y luego se enclaustraba en una sauna gay para pasar inadvertido, y poco me afectaba si un criado metía el cuerpo de su amo en una maleta y la mandaba a Madrid para que los restos penaran durante meses en Atocha. Nada ni nadie, pese a lo escabroso del todo, me sacudía. La razón era simple: la conclusión era accesoria, lo que me importaba era rasgar la pared para retroceder en la cronología hasta dar con las características personales de víctima y verdugo. Entender sus pasados para averiguar cómo habían llegado a ese paraje de no retorno que viola uno de los diez mandamientos, y quizá eso es lo que explique mi profundo desinterés por la novela negra, donde el artificio es constante y se quiere revestir lo previo de un aura absurda que casi nunca abraza autenticidades, dándome la sensación que muchos autores prefieren épater le bourgeois a recrear el teatro de la realidad en su paroxismo teñido de normalidad.

A sangre fría es bello porque es fiel hasta el extremo con lo narrado y rebosa alta literatura. Sherlock Holmes es ingenio a raudales. Ripley me exalta más con Highsmith que con Renée Clement o Anthony Minguella, aunque no iguala el monumento fílmico que es Le samourai de Jean Pierre Melville, obra maestra del polar francés. Claro que admiro creaciones de ficción centradas en lo truculento, pero si me ponen delante un plato de Dexter diré no gracias, páguenme un billete a Londres que así repetiré la ruta de Jack el destripador, un número uno, un Dios de los homicidas. Su anonimato es su victoria. Pasear por Whitechapel y reconocer en las piedras los pasos del monstruo es una delicia impagable. El enclave de la primera de sus fechorías sigue idéntico a 1888, con acomodo para el coche de caballos. El último se ha transformado en un deslucido parking que ensucia el itinerario al impedirnos contemplar la estancia de alquiler de Mary Jane Kelly, despellejada y con su corazón en la mesa. Chutamos una piedra y volvemos al hotel, u otra vez a Barcelona. En 1956 se cargaron a un millonario hindú en el Ritz. Sangre y vísceras en la 523. Pillaron al asesino porque llevaba un abrigo de color en un período gris hasta en la ropa. En 1971 una disminuida selló su condena al toparse con un trastornado vendedor de biblias a domicilio que quería dibujarla en un albergue de postín en la Rambla haciéndose pasar en el registro por el Marqués de Alcántara.

Y mil más, infinitos. Hago un braimstorming privado y compruebo que los libros no pueden con la realidad, lo que me plantea una pregunta matemática por evidente. ¿no será que mi problema radica en cómo enfocan los literatos el género negro? ¿No será que pido una imposible traslación del aire al papel? ¿Me he vuelto loco y no tengo remedio? Uy, son tres cuestiones, pluralidad. Ideas, dar un ritmo distinto a lo conocido, apostar por el riesgo puro del castillo de naipes y desbaratar convenciones. Fácil decirlo, difícil hacerlo. Me cabreo cuando las listas de ventas ofrecen best-sellers negros que en su estructura se asemejan al juego del Barça por lo fluido del salto entre capítulos y una recursividad técnica muy lograda porque consigue lo máximo desde lo breve.

No quiero eso, ni tampoco dar la razón a Camilo Sesto con y ya no puedo más, siempre se repite la misma historia. Vivir así no es morir de amor. Quizá si hubiese prestado más atención a los tomos amarillos de mis estanterías dedicaría mis esfuerzos a la ficción y no seria prisionero de la realidad, con esos ángulos recónditos que son un pedacito de mi educación sentimental. Si la economía de una editorial da su beneplácito publicaré a lo largo de estos meses un compendio de relatos donde la muerte ejerce su implacable magnetismo. Sólo hay un asesinato, lo demás son intentos o casualidades del día a día. Pensando en la manera de terminar este extenso artículo acudió en mi auxilio un cuento de Enrique Vila-Matas, La hora de los cansados. Hay un seguimiento, bombas, explosiones, risas y la apabullante genialidad del autor de El mal de Montano, imprevisible desde lo palpable, certero en su humor trágico con el inolvidable trío protagonista. Escritores de novela negra a lo Vila-Matas con poderes sobrenaturales para dejarse de pamplinas y mojarse con la realidad tanto en lo psíquico como en lo espacial para que las personas no sean estereotipos y los escenarios revistan sacralidad cotidiana.

Ps: El día después del crimen del bar Joan pasé por el lugar, merodeando para captar el aire que se respiraba. Una chica tomaba notas en su libreta. Me enamoré. Para ella el recuerdo de ser la figura invisible que en mis paseos simboliza la curiosidad, o lo insaciable de la misma, eso sí, Vittorio Gassman dixit en I soliti ignoti, “tutto si deve fare scientificamente“.