jueves, 24 de febrero de 2011

Elisa y Marcela de Narciso de Gabriel en Revista de Letras



Rescatando una historia única: “Elisa y Marcela”, de Narciso de Gabriel
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 20.02.11


Elisa y Marcela. Más allá de los hombres.
Narciso de Gabriel
Prólogo de Manuel Rivas
Libros del Silencio (Barcelona, 2010)

Visito Google Earth y tecleo Dumbría, población coruñesa donde en 1901 residían Elisa y Marcela. Ha pasado más de un siglo. La localidad apenas ha cambiado. Es un pueblo de carretera con casas antiguas y una vida tranquila, monótona en la gloria que da el silencio y conocer todos los rostros que pisan la tierra. Para muchos, los que ubican la trascendencia histórica en grandes núcleos urbanos, puede resultar sorprendente que una aldea celta albergara sin incidentes el romance entre Elisa y Marcela, dos pioneras que cien años antes que la ley lo permitiera decidieron casarse para adaptarse a la normalidad de su época.

Tiempos ingenuos, días de sospecha. Imaginen la escena. Finales del siglo XIX. Una chica llega a su casa y cuenta a su madre que tiene una nueva amiga. Habla con entusiasmo del nuevo hallazgo, tanto que genera alarma. Marcela ha dado con Elisa. Su vida sufre un vuelco. Las dos pasan el día juntas, son inseparables. Galicia y la España de la Restauración. Clima frío, sociedad castradora. Para una mujer con ganas de desafiar el corsé de la imposición existían pocas salidas hacia la libertad individual. Una de ellas era estudiar para maestra, profesión que concedía independencia bajo el estigma solterón. Poco importaba. Ambas trabajaban y durante casi una década intentaron combinar sus respectivas combinaciones para estar cerca. El fin de semana era la cumbre. Convivían y se amaban. Recorrían los kilómetros de separación ansiosas, anhelando el momento de reencontrarse e inventar una cotidianidad truncada por las circunstancias. Dumbría fue la clave que impulsó una nueva situación. Elisa ejercía su magisterio docente en Calo, a once mil metros de Marcela. Cuando la primera reposaba de sus obligaciones se instalaba en casa de la segunda y la ayudaba en las tareas del hogar. Los rumores crecieron. Hubo riñas, y hasta un apodo para la forastera enamorada con fuertes tonos viriles. La llamaban O civil y presumía de llevar siempre consigo una pistola, por si las moscas, como si así mostrara su posición dominante más allá de la pareja, fémina de armas tomar hasta en la calle. Cuando planeas revoluciones es mejor ser discreto.

En la primavera de 1901 los acontecimientos se precipitaron. Las enamoradas discutieron por la muerte de unos cachorros y Elisa puso punto y final a la relación tomando las de Villadiego con el propósito de trasladarse a La Habana. Sin embargo Cupido siguió haciendo de las suyas. Marcela confirmó a los vecinos que se casaría con Mario, un primo de Elisa, muy parecido físicamente a su pariente, tanto que no era ninguna exageración decir que compartían voz y maneras. El matrimonio cancelaría males y daría estabilidad integradora que disipara cuchicheos.

Mario o el travestismo: la fuga y la investigación.


Narciso de Gabriel, Catedrático de Teoría e Historia de la Educación, ha investigado durante tres largos lustros las efemérides de las dos inauditas gallegas. Mario, no hay siquiera un mínimo atisbo de duda, era Elisa, quien simuló su huida para preparar el terreno de la transformación. Se instaló en A Coruña, cortándose el pelo, dejándose un ridículo bigote y vistiendo trajes para adaptarse a su recién adquirida masculinidad. Cuando se sintió lista fue a la iglesia de San Jorge y, sin abandonar el cigarrillo para resaltar su porte, pidió ser bautizada por el párroco, quien creyó a pies juntillas la fábula del retorno desde Londres, feliz por reclutar un fiel más a la causa del catolicismo, en declive por el auge del protestantismo en casa del Apóstol Santiago.

Mario y Marcela se esposaron a las siete y media de la mañana del 8 de junio de 1901. Ciento cuatro años antes del primer enlace homosexual reconocido en nuestro país. Sin saberlo empezaba su calvario, apasionante trama que va desde el descubrimiento de la ficción hasta la perdida de su pista en Buenos Aires, cuando Elisa se casó con un viejo potentado para exaltar la paciencia y atender el óbito que diera rienda suelta a su pasión por Marcela, quien dicho sea de paso se quedó embarazada y alentó más si cabe el fervor de la prensa, entusiasmada por la oportunidad de grandes titulares. Novios de contrabando. Asunto ruidoso. Bodas sáficas. Folletín en acción. Caso sensacional. Matrimonio sin hombre. Notas para una novela. Hasta la Pardo Bazán metió baza elogiando la personalidad de Elisa. Una mujer así era sobresaliente, destacaba por astucia y capacidad para burlar la ley que obligó a las tortolitas a cruzar la frontera lusa tras revelarse, previo examen médico, la verdadera sexualidad de Mario. Oporto las acogió con su eterna niebla y una condena previsible que, postergada durante un breve lapso durante el que desarrollaron una vida como la de cualquiera, viró hacia la solidaridad popular una vez fueron depositadas en la cárcel. Crecían las colectas y la simpatía iba en aumento para salvar a las desgracias, pues según la moral de entonces eso eran, dos pobres muchachas con la brújula estropeada. Las juzgaron y recibieron la dicha de salir indemnes del íncubo con barrotes, jaleadas y valoradas por los medios, dichosas por la feliz resolución de la efeméride que tanta tinta vertió. La última anécdota fue la del nacimiento del hijo de Marcelo, objeto de bromas y sátiras por lo absurdo de toda la situación. Es más que probable que el retoño fuera el motivo de tan estrambótica unión. Una madre sola levantaba suspicacias, por lo que Elisa, predominante hasta en su capacidad de sacrificio, optó por travestirse en pos de asegurar un futuro digno a su compañera para acallar rumores que impidieran, por aquel entonces era menester, la respetabilidad de lo anodino.

Mimar la documentación en la supremacía de la síntesis: mirando al pasado para situar el presente.


Recuerdo con asombro una charla de hace pocos años en las que una chica me contaba la metodología imperante en la decrépita Universidad española. Las notas al pie desaparecen y se imponen paréntesis sintéticos para facilitar la lectura del texto, como si de una novela se tratara. La historia de Elisa y Marcela es real. Narciso de Gabriel prosigue su relato, rápido pero científico, desgranando la poca información obtenida del periplo bonaerense de las dos protagonistas. Cuando, lamentablemente, se rinde al hallarse en el vacío documental, anulación del individuo al esfumarse en las fuentes, emprende otra trayectoria que justifica su meritorio volumen. La segunda parte versa sobre materiales, procesos, repercusión mediática y un elaborado estudio sobre cuatro temáticas relacionadas con lo narrado anteriormente: Hermafroditismo, lesbianismo, travestismo y feminismo. A principios de la pasada centuria estos fenómenos eran mal conocidos y la palabrería podía a la lógica. Había algunos aciertos, nimios porque más que centrarse en el todo iban a la minucia que despertara curiosidad. La bandera blanca se agitaba de antemano por la férrea resolución de lo imperante. Bulos y mentiras corrían, privilegiando lo estático, derribando la pluralidad por orden divina y sempiterno pudor.



Cabe resaltar esta parte del manuscrito tanto por la excelente tarea desarrollada por de Gabriel, como por la irreverencia, ¿quién lo hubiese dicho hace unos años?, de Libros del Silencio al apostar por obras que en su planteamiento van más allá del fast food literario habitual, dos semanas de rabiosa promoción y adiós muy buenas. El pop no es eso, lo tildarán de efímero por querer impactar en lo contemporáneo, pero bien llevado tiene textura de permanencia.

Elisa y Marcela serían normales en 2011. Estas dos heroínas son las madres de tantas lesbianas que ahora desarrollan su sexualidad sin complejos ni ataduras. Su ejemplo, su lucha, no es una diversión más para una tarde entretenida: son un aprendizaje, advertencia para no bajar la cabeza y andar sin miedo derribando barreras que nos alejen de lo utópico y den al inconformismo un sentido que vamos olvidando mientras dejamos que el campo se llene de mierda. Si la pluma vence a la espada, el movimiento debe derrotar al estatismo. Tomen nota.