sábado, 5 de febrero de 2011

Las señoritas de escasos medios en Revista de Letras



Último acto de la inocencia: “Las señoritas de escasos medios”, de Muriel Spark
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 3.02.11

Las señoritas de escasos medios. Muriel Spark
Traducción de Gabriela Bustelo
Impedimenta (Madrid, 2011)


“La compostura es el equilibrio perfecto, una ecuanimidad del cuerpo y la mente, una serenidad perfecta en cualquier entorno social.

Vestimenta elegante, limpieza inmaculada y modales perfectos contribuyen a lograr la seguridad en una misma”.

Estos consejos de un curso de compostura se repiten a lo largo de Las señoritas de escasos medios porque una de sus protagonistas los intenta seguir a rajatabla en un enternecedor mecanismo típico de una época y un momento. Y ello se anuncia desde la primera frase, como si Muriel Spark no quisiera concedernos respiro. Hace tiempo, en 1945, toda la gente buena, era pobre, salvo contadas excepciones. La honradez de los humildes se revestía de una ingenuidad que representan las chicas del club May of Teck de Kensignton Road, jóvenes que conviven en una residencia con normas, pero libre, reguladas por tres veteranas matriarcas, custodias del centro y su memoria, en la que se incluye la sospecha de una bomba sin explotar en el jardín.

Se acerca la conclusión de la Segunda Guerra Mundial en Europa. El ambiente es alegre e incierto. Leyendo el libro uno puede evocar ciertos largometrajes europeos de los años cincuenta por la mentalidad femenina imperante antes de la liberación sexual y el auge absoluto del consumismo. Las muchachas sueñan, flirtean con soldados o se encierran en burbujas de mentira, alienación y anhelo utópico. Entre ellas reina una camaradería apremiada por la necesidad. El racionamiento impone su ley y cualquier ayuda es bien recibida. Anne tiene un vestido de Schiaparelli que pasa de un cuerpo a otro en las grandes ocasiones. Ése trapito simboliza una unión que en absoluto excluye la independencia individual. Joanna es la hija de un pastor. No sale mucho y recita maravillosamente. Selina es guapa a rabiar, está en los huesos y es más bien díscola. Por su parte Jane, normal en un lugar donde hasta algunas se inventan romances con famosos, es regordeta y levanta misterio a su paso porque conoce a mucha gente del mundo de los libros. Trabaja en una editorial y se dedica, por insistencia de su jefe, a investigar a los autores que controla el sello.

Jane es el vínculo entre el pasado y el presente. Es columnista y descubre que un poeta anarquista, Nicholas Paddington, ha sido martirizado en Haití. La noticia activa la válvula del recuerdo hasta transportarnos a ése curioso establecimiento fundado durante la edad eduardiana, válido según sus propios estatutos para proporcionar seguridad económica y amparo social a las señoritas de escasos medios con una edad inferior a los treinta años, que se vean obligadas a residir lejos de sus familias por tener que desempeñar un trabajo en Londres.


Muriel Spark publicó el libro en 1963 y decidió contar con la trascendencia mnemotécnica de ciertas fechas claves para estructurar su relato. Las solteronas de provincia viven en la capital del Imperio británico con estupor y una alegría cargada de tópicos y temores que, vistos desde la distancia, hacen esbozar una sonrisa maligna por la velocidad del cambio en la última media centuria. La inocencia permanece porque el reloj aún no se ha acelerado y la existencia sigue su senda habitual entre esperanza, dietas para mantener la figura y la ilusión de un futuro mejor. Por lo demás, las distracciones no abundan y se limitan a diversiones pretelevisivas en la sala de juegos con la bella Joanna deleitando al respetable con los versos de El naufragio del Deutschland o la emoción de creer subir peldaños por asistir a eventos diferentes, exclusivos de la bohemia. Jane se lleva la palma en este aspecto. Es iconoclasta por inmiscuirse con tímida naturalidad en un universo masculino cargado de egos que se pavonean en lecturas y charlas que aprietan las tuercas de la acritud. Su labor vigilante, amenizada por la redacción de cartas a célebres literatos para ganar un sueldo extra, introduce en el relato al finado, Nicholas Paddington, ansioso por publicar su poemario sin saber que su nueva amistad será una guía hacia el fascinante microcosmos de las señoritas de escasos medios. El hombre que más tarde, como su creadora, se convertirá a la fe cristina asiste embelesado al desfile de las candorosas damiselas, encantadas de recibir la visita del apuesto bardo. Se sucederán amores, marujeos y una serie de efemérides donde es importante captar los detalles al ser la narradora una sutil bestia que va depositando pistas y guiños que cobran su verdadera dimensión cuando terminemos la lectura. Toda palabra tiene su miga, toda mención anecdótica es esencial en el rompecabezas que Anthony Burgess juzgó como una de las mejores novelas inglesas del siglo XX.




Ellas, recatadas y salvajes, circulan en una tierra abocada a la más brutal metamorfosis de las costumbres que enterraría lo pacato y daría a la otrora Pérfida Albión el rostro de la perpetua tendencia. Muchas veces olvidamos que de un período a otro suele mediar un interregno, pausa entre dos situaciones. En el Reino Unido el paréntesis duró escasos cuatro meses, de la victoria contra Hitler a la rendición de Japón. En medio, la jornada más decisiva acaeció el 27 de julio de 1945, cuando el partido laborista derrotó al conservador de Sir Winston Churchill. El triunfo de Clement Attle abría las puertas a un Estado remodelado que proporcionó Bienestar y dio un empuje diverso al país. Ese mismo día, con la radio encendida en forma de sonido que aúna lo banal y lo sublime, una sorpresa espera lejana de la azotea del club May of Teck, finiquitando para siempre la protegida puerilidad de las residentes, siempre en las nubes marcadas en las cartas de su era.

Muriel Spark tejió esta obra con un hilo muy fino, textura de precisión quirúrgica aliada con una admirable economía de medios narrativos que sintetiza sin quedarse corta al acertar con sus disecciones, desprovistas de pesados tramos descriptivos. Lo concreto da ritmo al texto, crónica con un deje de nostalgia que asume la irreparable defunción del ayer, superado, lo que no impide captarlo para la posteridad mediante una parcela que lo resume a la perfección desde una épica de las pequeñas cosas.