lunes, 14 de febrero de 2011

Gigolà de Laure Charpentier y La mejor parte de los hombres de Tristán Garcia en Revista de Letras




De “Gigolà” a “La mejor parte de los hombres”: París homo-lésbico
Por Jordi Corominas i Julián | Reseñas | 12.02.11


Gigolà. Laure Charpentier
Traducción de Lydia Vázquez Jiménez
Cabaret Voltaire (Barcelona, 2011)

La mejor parte de los hombres. Tristan Garcia
Traducción de Lluís María Todó
Anagrama (Barcelona, 2011)


Dos son las novedades que últimamente han llegado a las librerías en clave homo-lésbica. Ambas sitúan sus tramas en París e intentan captar la realidad del ambiente desde perspectivas diferentes que evolucionan en función de la década donde transcurren. La primera, Gigolà de Laure Charpentier, fue secuestrada en 1972 por lo provocador de su contenido, siendo rescatada treinta años más tarde por el prestigioso sello Fayard. En España la pública Cabaret Voltaire con una cuidada edición que incluye en el epílogo una entrevista con la autora, dura y corrosiva como su personaje, una garçonne que mata poco pero que recuerda por frialdad y carácter al mítico Patrick Bateman de American Psycho.



Laure ha renunciado a la carrera de medicina y padece el duro trauma de recordar a su única amor, Sybil, desaparecida prematuramente para transformar a su amada en un animal nocturno que bebe Black and White, viste de smoking, se peina con elegancia y camina con una elegante soberbia sólo equiparable con lo helado, por contundente, de sus movimientos verbales. Su paso por bares y establecimientos levanta rumores y suscita una instantánea atracción que aprovechará doblemente. Conocerá a una puta de baratija y jugará con ella, habituada a cambiar su nombre por imperativos del guión, al Pigmalión, ese entretenimiento que en este caso enmascarará una relación de amo-esclavo que le proporcionará experiencia y las tablas justas para afrontar altas horas de la madrugada con más aplomo, segura y desatada en su intento por dominar la superficie con clase y belleza. Lo entenderá, ya saben que en los clubes hay de todo, una vieja lesbiana que en el otoño de su existencia aún insiste en deleitarse con cuerpos lozanos, dignas carnes para saciar su placer. Odette es millonaria, asegura estabilidad económica y también la prueba de superar el asco para alcanzar lo fijado en el libro de ruta.

Es probable que algunas partes del libro centradas en el sexo senil, por definirlo de alguna manera, levantaran ampollas a principios de los setenta. Gigolà clava su bastón, un fetiche indispensable para identificarla, en la vagina de la anciana, encandilada disfrutando del ritual del orgasmo. Las visitas a la casa de la rica se sucederán y se saldarán con el premio gordo, antesala de un último tramo teñido de amor, resistencia y un inesperado desenlace capaz de confirmar nuestras sospechas.

Si por algo destaca Gigolà es por la voz narrativa en primera persona, acertada porque desde que abrimos el libro percibimos en ella una personalidad con serios desajustes reforzados por un salvaje egocentrismo que es la clave que acciona los mecanismos de la protagonista, despiadada y sin ningún tipo de escrúpulo. Las frases secas y el ritmo veloz acompañan sus andanzas repletas de reflexiones sentenciosas que le confieren un halo maldito empapado de oscuridad. Vamos trasladándonos por los ambientes que frecuenta y asistimos a un carrusel donde cada espacio está dotado de humo neblinoso. Sobran las explicaciones, predomina la sensación de estar en un universo común, transitable por cualquiera, que esconde sus cartas demenciales por un cúmulo de ignorancia del hombre normal, ajeno a los tejemanejes que se desarrollan entre paredes pintadas de vicio.




De 1972 a 2011 median cuatro décadas. El personaje de Gigolà seria muy diferente de haber nacido en el siglo XXI, campo de minas que engendra violencia y permite su representación a gran escala. Laure es hija de una época que, al menos a nivel cultural, aún prefería la sutileza, que bien aplicada suele ser más impactante que la mera sangre al por mayor. Al fin y al cabo no hay que olvidar nunca que Gigolà vio frenada su corrosividad el mismo año en que Europa asistía eufórica a las salas de cine para contemplar El último tango en París, película que, sin envejecer mal del todo, recuerda nuestra pasada ingenuidad, truncada en el colectivo homosexual en 1981 por esa lacra llamada SIDA.

Solidaridad, enfermedad y estupidez: La mejor parte de los hombres.

Que es el tema que da pie a Tristan Garcia para hilvanar una novela que lo confirma a sus treinta escasas primaveras como uno de los nombres a tener en cuenta en el panorama literario francés. Su valentía fundamental consiste en enfocar sin miedo un período casi contemporáneo por el que muchos pasan de puntillas, como si fuera pecado destripar el presente del que sí tenemos suficiente perspectiva histórica. Tres hombres son los protagonistas de este drama con visos cómicos donde la amistad y el amor toman derroteros negativos por culpa de un desquiciado que desde su bella estupidez no deja títere con cabeza.


La trama parte con un toque de suspense muy acertado que presenta al triunvirato protagonista separadamente. Willie Miller es un adolescente que aterriza en París justo cuando Occidente está a punto de asistir al colapso del comunismo. Su despreocupada actitud provinciana, su inocencia casi rimbaudiana, tocará la melodía cuando conozca a Dominique Rossi, un gay militante que transcurre sus jornadas entre la militancia política y el desenfreno de darse festines en el inconsciente Nueva York previo a la pandemia. El tercer hombre es un intelectual de tomo y lomo que medra en la sociedad a base de polémicos ensayos que le proporcionarán fama y un progresivo acercamiento a los mandamases del Hexágono. Leibowitz es el noble cerebro que aprenderá, pese a mantener una cierta integridad, los réditos que da arrimarse al hombro mejor situado. El vínculo entre los tres es Elizabeth Levallois, una periodista de Libération con todas las taras de la mujer contemporánea y una mirada pasional pero objetiva de los males que acecharán a sus amigos y amantes. Willie intimará con Doumé y se contagiará del virus. Romperán y se armará un belén descomunal de declaraciones cruzadas, publicaciones demenciales y un rosario de despropósitos que mostrarán a las claras cómo hasta la más noble causa, el activismo pregonado por Dominique, puede ser pasto de llamas poco aconsejables. En este sentido Rossi constituye el elemento que desde la pulcritud deriva hacia la miseria de la escena pública, en la que se siente muy cómodo su antigua pareja, un revolucionario de pacotilla que ejerce una extraña hipnosis en editoriales y medios de comunicación por su deslenguada actitud, fast food cultural, fugacidad posmoderna de la nada llevada a un extremo que ni Belén Estebán, oiga, y eso que su rol ficcional cada vez se asemeja más al de algunos referentes mediáticos y literarios que creen vislumbrar en el mundo la perfecta plataforma para la vacuidad, vendida como panacea de modernidad vestida de falso underground. Además, el desmelenado chavalito, en una aborrecible reacción infantil, se erige en portavoz de una tendencia mortal al proclamar a los cuatro vientos lo maravilloso que es penetrar sin condón e infectarse, total, ahora la medicina hace milagros y permite respirar igual a base de cócteles farmacéuticos.



La otra cara de la moneda es Leibowitz, salpicado por frustraciones ajenas que evocan miserias que creíamos más que asumidas. En él se enlazan la falsa integridad del intelectual y el problema de la distorsión interpretativa. Retoza con la periodista, es oportunista y vende filosofía actual para todos los públicos con prestancia y la descarada sobriedad de quien ostenta inteligencia y distinción de cara a la galería. Da la sensación que su oropel es una cínica falacia propia de su generación, entregada a la glorificación ombliguista sin considerar bajo ningún pretexto que tras ellos habrá un mañana.



Los tres hombres, y su destino, son la ridiculización de figuras que en demasiadas ocasiones aceptamos sin rechistar desde el conformismo imperante que ni siquiera se plantea lo endeble de esos roles, mediocres, repetitivos y sin ninguna pizca de interés al aportar menos que nada por mucho bombo que se den. En España también los tenemos, si bien cabe matizar que la novela debut de Tristan Garcia siempre gozará de mayor tirón en Francia al ser un roman à clef que el lector galo podrá comprender al conocer perfectamente en que celebridades se inspiró el treintañero de Toulouse para armar una obra prístina y contundente que afronta estereotipos y no se arredra al abordar lo contemporáneo.

*(La mejor parte de los hombres, de Tristan Garcia, publicado por Anagrama, sale a la venta en España el 17 de febrero de 2011).