lunes, 5 de marzo de 2012

Biblioteca Nacional de Mario Crespo en Literaturas




Biblioteca Nacional de Mario Crespo, por Jordi Corominas i Julián


Mario Crespo, Biblioteca Nacional, Eutelequia, Madrid, 2012



Villa no es futbolista, ni estaba de parranda. Trabaja en la Biblioteca Nacional, pero su labor se ha visto obstaculizada por un tumor en vías de resolución que, no obstante, debilita su energía y le produce una profunda alteración de sus visiones cotidianas. La calvicie quimioterápica le da un aire a Pep Guardiola, y no sólo eso. El entrenador del Barça irrumpe en su vida mediante epifanías en lugares y momentos absolutamente inesperados, justo lo que le faltaba a este seguidor del Real Madrid con novia estable y una creciente afición al arte de la escritura que crece por pasión y los habituales artilugios contemporáneos que permiten conocer a otros literatos y así compartir el mal incurable de las palabras.

Cuando no acude al templo bibliófilo que le permite ganarse el pan transcurre el tiempo enganchado a Internet. Sus búsquedas corresponden a un afán de creerse único en sus pensamientos. Asocia conceptos, los teclea, fuma hierba terapeútica y atiende resultados. El problema es que cada vez que se enciende su lucecita topa con una repetición googlesca con nombre y apellidos: Mario Crespo, quien siempre se anticipa y publica en El viento que agita la cebada reflexiones idénticas a las suyas. ¿Es un ladrón que le ha robado el alma? ¿Todo? Nada?

La cuestión de tan molesto doble vehicula parte de la narración, bien nutrida de elementos simbólicos en el camino que conduce a una anómala puerta de la percepción donde Pablo llegará de la mano de los elementos que ocupan su día a día. María es la cordura de la duda en la estabilidad. Su compañera Alicia la posibilidad de cambio y el temor al mismo con un toque a Lewis Carroll. El amo, un veterano empleado que tiene en su cerebro un mapa tramposo de fantasía y escucha con atención al enfermo, que además de alucinar con las apariciones del Mister del mejor equipo de la actualidad también profesa una admiración sin par por otro catalán de armas tomar: Enrique Vila-matas, faro para parte de los escritores españoles que nacieron entre 1975 y 1980.

Entenderán que la tesitura ofrece un buen abanico de opciones. La rutina está presente y se rompe por el padecer del protagonista, físico y mental. Sus dilemas son interiores. La realidad exterior ejerce de campo de batalla para ubicar sus paranoias en lo concreto de la red y una arcana historia de científicos en el sótano de la Biblioteca Nacional.

Sanar. Hacerlo con garantías y allanar la ruta para que el mañana carezca de neurosis. Puede que tú, lector de la reseña, juzgues a Pablo Villa desde la perspectiva de un irremediable maniático en un tobogán de acelerado delirio. Sí, la rueda gira con obstinada regularidad en su ocasional ardid de confusión. El resto del proceso es calmo y analítico propio de una novela de iniciación que busca comprender el mundo para formular un yo definido en el reto de aparcar incertidumbres y abandonar el universo, tan típico de nuestra época, de idealizar el propio ego hasta los topes, como si al convivir con nosotros mismos tuviéramos mil piedras filosofales que nadie siquiera ha vislumbrado con anterioridad.

Lo autobiográfico del volumen corresponde al género en que se enmarca, que el autor usa con inteligencia, sin conformarse con lo tradicional a través de la vuelta de tuerca del alter ego. Mario Crespo cuenta las efemérides de un Pablo Villa atormentado, entre otras cosas, por la frustración que supone comprobar cómo Mario Crespo siempre le adelanta en ingenio.

Un club de la lucha a la española, la similitud entre ambas reside en la temática, en un ambiente libresco puede ser una buena oportunidad para jugar con varios registros. Lo surrealista se junta con lo realista y circula por parajes que bailan con lo mediático y lo minúsculo, charlan con el deporte rey y los poetas de bar y departen con el éxito y lo anónimo hasta configurar un volumen que entre sus referencias de cabecera tiene a El hombre del salto del estadounidense Don Delillo. Palpar el umbral, sobrevivir, recomponerse. Raíces, identidad y quilómetro cero.