jueves, 29 de marzo de 2012

Emails para Roland Emmerich de Sergi de Diego Mas en Sigueleyendo





Sí, poesía del siglo XXI: E-mails para Roland Emmerich de Sergi de Diego Mas, por Jordi Corominas i Julián

La chica anónima de la portada es una pesada que no me quita el ojo de encima. Mis neuronas la emparejan con catálogos del CCCB o anuncios de Benetton. Sophie Calle es otra opción.

Cuando llueve ceniza sobre las puertas
de la ciudad, obtengo una imagen en
blanco y negro a través de la mirilla.

Esta historia empieza hace pocas semanas, por la tarde. Una luz roja brilla en mi ordenador y accedo a mi mensajería privada de Facebook. Ana Llurba, a quien mi imaginación asociaba con una astronauta hasta que nos conocimos en persona, me informaba de la aparición de Honolulu Books y de su interés por hacerme llegar E-mails a Roland Emmerich, poemario de Sergi de Diego Mas.
Ayer era domingo y el día invitaba a salir sin hacer mucho caso al cambio horario. Cogí el metro y bajé en la Barceloneta. Unas calles después llegué a la sal, con Negra y Criminal hasta los topes para festejar las nuevas colecciones de Sigueleyendo. Pedí vino, procuré no mancharme mi jersey amarillo porque me daba pereza ser España y entablé conversación con mucha gente. Al lado de la mesa de libros divisé a Sergi. Nos saludamos por vez primera en el mundo real y al cabo de más de media hora volvimos a juntarnos para hablar con calma sobre poetas, formas de representación, modernas de pueblo, un jardín gracienco y Jim Morrison.


A todo esto mi mente estaba colapsada al no detectar entre los presentes un solo rastro de la astronauta. Pero estaba, y apareció con lo pactado. Ana se había olvidado el caso en casa. Ana vestía normal y no es rusa. Ana tiene nombre capicúa y me entregó el libro de Sergi, pequeño, ideado para cualquier bolsillo, también en lo económico, que se precie.

Sirvieron fresas y bebimos chupitos hasta que de un taxi deambulé por un concierto, breve interludio antes de las risas del jardín. Ya de noche recordé los versos que albergaba mi chaqueta y recité Baloncesto a mis amigos, estupefactos y más que derrotados por la longitud de la velada.

En el parque hay hologramas en blanco
Y negro jugando a baloncesto.

El bar prorrumpió en un clamoroso aplauso. Los clientes exigieron el cierre, montaron pancartas en un santiamén y salieron a la vía pública para elogiar el nacimiento de una obra que sabe leer su época. Lo proclamaron a los cuatro vientos y los transeúntes se unían a la manifestación, alegres y satisfechos. Esto no sucedió, aunque sí fue mi objetivo dominical.
Al fracasar en mi tentativa entré en una profunda depresión que he subsanado esta mañana mediante la lectura de E-mails a Roland Emmerich, título con regusto moderno que me ha obligado a visitar Wikipedia para enterarme de quien es el destinatario de los correos de Sergi. Cultura popular. Independence Day es la llave que abre la puerta a lo apocalíptico del poemario del autor barcelonés, que sus palabras transforman en un calidoscopio lírico, un rostro con múltiples caras.

En algunos momentos los versos del poeta suenan a sentencias del Tractatus de Wittgenstein por su mezcla de frialdad y certeza. En otras ocasiones emerge Joan Salvat-Papasseit, o quizá se trate de Salvador Dalí. Dudo, y es bueno porque detecto a cada página que las influencias, donde figura en un trono de honor Fernández Mallo, sirven para crear una voz propia que ha concebido estos peculiares e-mails, reflexiones divididas en tres actos y un epílogo, con inusual madurez para un debutante, y ello seguramente se deba a la edad de Sergi, treinta siete primaveras que ayudan a comprender mejor algunos porqués suscitados por sus misivas al director alemán.

Las macetas son regadas por vasos
capilares de viejas canciones
afrancesadas.

Entre ellos destaca la capacidad de derrotar el fracaso que puede suponer un poemario con lenguaje contemporáneo, el fracaso o la incomprensión, entre otras cosas por lo complicado que es introducir alteraciones rotundas sin hacer el ridículo en el verso hispano, bien vivo, pero también bastante reacio a lo inconformista y, desde mi punto de vista, bastante conservador en su esencia. E-mails a Roland Emmerich es moderno en su justa definición de diccionario: Acorde con el tiempo actual, avanzado en sus características, usos o costumbres.

Y es muy difícil serlo. Me da la sensación que mi único error ha sido leer el poemario en mi casa. Debería haberme trasladado a una nave industrial abandonada, un aeropuerto o un centro comercial en hora punta para captar lo gélido de una urbe estática, como si el reloj se hubiera parado tras una explosión constante de lluvia ácida que ha mutado la pantalla al blanco y negro. Estamos en Barcelona. O en Madrid. Seguro que en Pompeya. Sergi no pretende dictar máximas absolutas. Dice necesitar la distancia y la topografía de la historia, proclama como quien pide un café que es uno más que ni siquiera se preocupará en entender un final de hierro y níquel, la velocidad, lo inasible de una época adicta al nanosegundo.

Huele a muerte y hay una especie de mensajero, un observador de la realidad, en la que ya todo es ficticio, con pocas excusas para no salir de casa y tomar nota del presente mientras padece, un grito general, al sentirse en una soledad que se agudiza con preguntas al vacío que nadie responde. Estatuas y hielo. Civilización y frío industrial que diría el patriarca en sus nocheviejas.


No había perros en Dublín. En Pompeya se arrastran, son pedigüeños agónicos, y en el falso futuro, que cada jornada acariciamos sin más remedio, todos nosotros circulamos imitándolos. Sergi de Diego es crítico con lo que le rodea, y dirán que es bien lógico. La cuestión estriba en serlo con un discurso que avale los pensamientos y no recurra a tópicos.


Lo mejor es la frescura que esputa contra la solemnidad con elegancia, saber que el polvo sólo se halla en algunas metáforas del poemario. La tecnología susurrándonos al oído cotidianidades. Colapso. Códigos informáticos. Nadie como Roland Emmerich para utilizar un volcán, para secuestrar el habla.