domingo, 6 de mayo de 2012

Crónica de Loopoesía en el Jardín del Olokuti (II): El show






Y a las 19:30 todo estaba en orden. Ya se firmaban algunos ejemplares de El gladiador silenciado, llegaban amigos, desconocidos y los objetos estaban en su inusual lugar. El piano en el lateral izquierdo para evitar el entorpecimiento visual de la palmera. El paraguas escondido. Las monedas en mi bolsillo. Los soldados en su selva con la guadaña y Freud, expectante apoyado en un pedrusco. La chistera reposaba en un ángulo muerto y las vestimentas de Napoleón y Enriqueta colgaban en las antípodas del jardín, las del corso en un fino hilo y las de mi vampira al lado de un pozo que perdió su uso hace años, un poco como la posibilidad del aire libre para dar nuevos bríos.




Teníamos pensado empezar a las ocho por una razón que nunca me cansaré de repetir. La gente suele ser impuntual, y eso es algo que debería cambiarse. Loopoesía puede parecer informal, y lo es, pero también nos ayuda empezar a tiempo, y muchas veces no lo hacemos porque giramos la rueda del respeto a favor del respetable, que es soberano, eso nunca lo olvidamos. Sin embargo, el viernes 27 las personas acudían en grupo, las veías llegar y a las 19.50 ya había más de sesenta individuos, a los que luego se unieron más. Maravilloso.






El pistoletazo de salida de una jornada tan especial fue una breve introducción protagonizada por Dani Ramos y quien escribe. Explicamos cómo nació nuestra colaboración y posteriormente conté un poco, había muchos novatos en las lides loopoéticas, de toda la Historia del proyecto, de 2009 a un día clave, del inicio en el bar Fantástico entre bromas al progresivo perfeccionamiento, que es mejora, del todo hasta llegar a un punto donde lo de soñar es gratuito adquiere siempre más visos de realidad.




No nos enrollamos mucho. Pulsé el Play para que poemas, música y proyecciones fueran de la mano y me escondí en la carpa mientras sonaban las primeras notas de la introducción de El Gladiador silenciado con esos ecos que mezclan inquietud, sonidos religiosos, amenaza y una especie de sosiego difícil de definir. La situación del ordenador al lado del altavoz era el único defecto estético de la velada con el añadido de poder empeorar mis movimientos, lo que uno no sucedió porque ese viernes nada podía salir mal y mi energía estaba perfectamente compenetrada con el espacio, tanto que ni el leve hueco que dejaban las sillas impedía que mi circulación descalzo entre el suelo de piedras quedara obstaculizada.






Pero entonces no lo sabía. Esperaba mi turno, salir con el relincho, sí, con mis gafas psicodélicas y el casco de gladiador, americana color ladrillo, camisa blanca. Aparecí y me gustó la visión. El público se mantuvo expectante y participativo a lo largo de la función, y hasta los vecinos se animaron a seguirla con atención. En ese instante estaban, es comprensible, y era un importante foco, lo que no obstaculizaba que mi concentración fuera absoluta y que el maldito jardín confiriera a Loopoesía otra marcha más.





Me senté, acaricié el piano y ejecuté mi parte con el debut del poema, que obviamente no explicaré porque la suite no es de difícil comprensión. Se enlaza por varios motivos, y aquí, mientras el gladiador sufría en un confesionario en medio del desierto, convenía conservar el misterio hacia el futuro, que suelta ya algo de lastre con las maracas y mi ronda de trescientos sesenta grados entre el respetable hasta que unos silbidos pasan a la desaparición del condenado anacrónico y conducen a lo militar con la invasión babilónica de los soldaditos de plomo. Era la hora, siguiendo la alternancia que se produce a lo largo del show entre grabado y en directo, de recitar en vivo, y aquí se generó un hecho muy peculiar. El Gladiador silenciado tiene más de dos mil palabras, de las que recito la mitad. Como es comprensible a lo largo de un show de treinta y seis minutos errar algún verso es lo más normal. El día del Olokuti eso no acaeció, tuve un resultado del 100%, y no me tropecé ni en el poema del nuevo lenguaje con sus mil y una aliteraciones que progresan en función del alfabeto y de la barbarie a la que nos someten algunos.




Antes de ese momento, que para quien actúa es de una intensidad aplastante, volé con el paraguas por todo el recinto, me metí un tortazo envolviéndome con el para lluvias y me elevé hacia el delirio de la verdad que, poco a poco, se torna en pesadilla. Tiro las monedas. Tenía pocas, menos de treinta. Recordad niños, Loopoesía es el único espectáculo donde se os regala dinero, que encima es comestible. ¿Se puede pedir más? Sí, que no sea un acto gratuito. Os reís, y es justo que así sea, porque Loopoesía quiere que pasemos un buen rato. El chocolate monetario encaja con los versos y deriva en el paso hacia una lengua que nos meten hasta en la sopa y es incomprensible, como la siguiente parte recitada, las aliteraciones, volvamos a ellas, que pese a tener apariencia dadaísta se concatenan y mencionan sin ambages nuestra época.



Las suelto con el abrigo, que al estar rodeado de público me lo dio una gentil espectadora, una de mis anécdotas favoritas de la jornada. Enfundado con la prenda, por el frío de lo que transmite ese fragmento, disparo la palabra con bala oral hasta el clímax que me lleva, gracias otra vez querida espectadora, al sombrero de Napoleón y a destapar el tarro de las esencias del absurdo con mi bocina y el rictus serio del corso al ritmo de Alicia en el País de las maravillas, Moonriver, un fusilamiento y más hasta 2011 y el cementerio ortográfico. Lector que no has acudido a Loopoesía, lee la crónica y acude a nuestra vera,que de otro modo seguirás sin entender,porque por mucho que describa hasta que no se ve no se comprende qué hacemos.





Y de ahí una ráfaga de quimeras donde se produjo el único desajuste, de dos segundos, del verso. La culpa fue de Juan Carlos, que tardó en aparecer agradeciendo al Quijote algo. Risas. Aceleración. Ya despojado del vestido imperial, otra vez con la americana ladrillo, recité hasta acariciar el punto justo y me dirigí al centro exacto del jardín, con esa escultura chamánica.





Habíamos llegado al ecuador y me tocaba hinchar la guadaña entre riffs harrisonianos y una locura de Horace Silver. Me esforcé, un sudor con humor, con el mecanismo aprendido para que el arma de la muerte adquiriera forma y todos lo contemplaran bien. La alcé y los versos grabados que mencionan la triste banalidad actual del último suspiro tenían una inercia que me llevaba a una danza renacentista, baile de bastones que es de los trozos que menos me gustan, aunque en el Olokuti me sirvieron para pensar, un reto cuando estás tan metido en la conjunción de atmósfera y ejecución de lo concreto, que era una tarde mágica donde las mil maravillas se quedaban cortas para definir el estado que transmitía Loopoesía. Y puede que cuando las luces se apagan termino agotado y resido en un limbo de descarga adrenalínica, algo que no está enfrentado al análisis que hago mientras transcurre el espectáculo. Las sensaciones cuenta, son ya años de rodaje y uno sabe si navega por el cauce justo y deseado.





Y así era. Había tanta energía que empuñé el muñeco de Freud como si fuera el Santo Grial. El poema de la charla entre Freud y Mahler abre la conclusión y enlaza una síntesis de esquizofrenia creativa con la facilidad popular, y la incompetencia periodística, para generar bulos que denostan a personajes anónimos,como Enriqueta Martí. Antes de su aparición estelar recito ese paseo de Leyden, con los dos genios, y es un segmento solemne por la música, tonadilla infantil incluida dentro del verso, y las palabras. Suena la primera, termina el poema con pavor ibérico y nada, me acerqué al pozo y procedí a desnudarme para transforme en Enriqueta Martí con su cetro cadavérico, paseándome enmascarado con la sonrisa del mal, mal condenado que busca resarcirse de su entierro en una fosa común, metáfora ampliada por otros vocablos hasta la reivindicación de la normalidad, de los hombres y mujeres que tejen la tela de la cotidianidad en la eterna rueda. Me preguntó qué sienten los espectadores mientras acaricio la calavera y les incito sin mirarles a que interactúen. Lo hacen, disfrutan y anhelo que piensen, Loopoesía, porque el poemario El Gladiador Silenciado es la base que articula el conjunto, es difícil por aglutinar tantas disciplinas en una unidad. Eso puede confundir y hacer que sea necesario volver para aprehender la idea plenamente. Está todo en el poemario y el espectáculo lo acrecienta.




La Rossa primavera se para, salta Eleanor Rugby y el final es inminente con la proclamación de nombres comunes. Saco la chistera y reparto nombres, que son un barómetro del éxito de asistencia. Este año tenemos buena media de espectadores. Hasta el día del derby tuvimos dignidad en las sillas de la platea. Sin embargo, el día del Olokuti rebasó las expectativas. Agoté las tarjetas con el nomenclátor anónimo entre reverencias,invisibles sonrisas, juegos con un niño al son del final loopeado de Carmina Burana y me aposenté en recobrar mi identidad con la música encajando con lo previsto. La apoteosis terminó y entoné el último poema atendiendo el señal acústico, subir el dedo al cielo y hacer mi saludo de despedida y recibir un aplauso que esta vez fue largo, muy largo, merecido y, sobre todo, emocionante.





Noté durante esa media hora larga una energía que ratificaba lo que preludiaba la semana. Un antes y un después que nos da rienda suelta a imaginar una energía creativa en espacios abiertos, sitios en principio inverosímiles y la constancia de trabajar siempre para mejorar. Nos lo pasamos genial, hicimos que los demás gozaran y al fin y al cabo eso es lo que más cuenta.





Loopoesía es amor.




Fotografías de Ismael Llopis