martes, 15 de mayo de 2012

El camarero español en "Peligro de extinción" de Bcn Mes


El camarero español, by Jordi Corominas i Julián

Sigo sin poder escribir del afilador. Y es una lástima, sé que ese día cambiará la Historia de la Humanidad. Todos agradeceréis mis revelaciones y saldremos a la calle cogidos de la mano, modo canción, para silbar con la flauta de nuestro ídolo, no penséis mal. Al fracasar por enésima vez en mi intento por conseguir la exclusiva he visualizado una santísima trinidad visual con rumbo a otra motivación.


El padre es Carmen de Mairena. El domingo de su búsqueda para entrevistarla transitamos largo rato por la calle Sant Pau. Parábamos en cualquier bar con la esperanza de conversar con los camareros, duchos en los cotilleos de barrio e incapaces de callar los frutos de su espionaje. Tras entrar en diez establecimientos asumimos que el Raval había cambiado demasiado. Era imposible dar con machos ibéricos, machos pese a lo canijo de su apariencia y los cuatro pelos mezclándose con la ropa, machos de la ridiculez en forma de barba de tres días, incipiente calvicie y sobre todo machos por sus pantalones negros y la tradicional camisa blanca. Sí, zapatos negros y voz carajillera. Mirada de ligón de feria. Callosidades. Mondadientes, que no es una editorial. L’escuradents, Collons. El camarero español. Punto.


Nunca conviene tirar la toalla. Al final, nuestras pesquisas dieron resultado y gritamos exultantes al divisar un ejemplar de camarero español que, con toda amabilidad y un diente negro, nos indicó el camino del domicilio del travesti más famoso de España.


El hijo es oriental. Meses más tarde imaginé un show de Loopoesía con la colaboración de mis amigos paquistaníes del barrio de Gracia. La única exigencia es que vendieran latas de cerveza beer amigo trajeados como sus antecesores de la piel de toro. En realidad miento, la idea vino de un videoclip decadente de Paul McCartney, Good Night Tonight, donde el ex Beatle y la extraña gente con la que se juntaba en los setenta lucían ridículos trajes que uno sitúa en una fiesta de putas caras y ricos horteras. Volveremos al tema.


El espíritu santo es el fashion. El camarero español y su fidelidad a unos colores masacra la supremacía del blanco y negro en la estética masculina. Lo confieso, tengo dos camisas inmaculadas, casi como la fétida camiseta del Real Madrid. Y las adoro. Casan con cualquier prenda, en especial con pantalones oscuros. La culpa la tiene el cine clásico, olvidado en un injusto pozo que ha integrado lo nacional para relegar la moda extranjera que moldeó nuestra infancia. Like the cangrejos.


Enterramos el nada pueril recuerdo de los Bogart y compañía para privilegiar en nuestras neuronas lo adulto que también ha fallecido en misteriosas circunstancias. El camarero español es una rareza en Barcelona que leo más en Marsé y Casavella que en la inmediatez de mis paseos. La pérdida de las señas de identidad en una ciudad tan provinciana como la que nos toca pisar cada mañana es una prueba irrefutable del valor que damos a la fachada para conferirle signos falaces. Ahora Pepe y Manolo van como visten en casa. La ausencia de uniforme es un canto a la democratización individualista del sector, loa a las ventajas del consumismo para forjarse una personalidad que los demás identifiquen y un adiós muy buenas a lo gremial, inevitable en la era del ego que quiere desmarcarse del rebaño pese a estar más esclavizado que nunca al pastor, ovejas marcadas a fuego con una cruz diametralmente opuesta a las de sus homólogos en las terrazas del del pijerío y los hoteles, fantásticas reliquias de formol diseñado para que el cliente tiente un espejismo de opulencia.


Los ricos no quieren ciudadanos. Anhelan súbditos similares a sus sirvientes del Sándor, el José Luis y otros establecimientos de postín con camareros salidos de otra época. Diligentes, sumisos y acólitos de su caricaturización en vida. Saltamos a la casa de esos personajes obligados a lucir penosas casacas y la ira baila con el cinismo del desencanto. Sin embargo, en su profesión ejecutan un número que rompe la dinámica castiza del bar. Tienen vetado la labor psicológica del que está detrás de la barra y como mucho conceden un saludo compuesto por hola y el nombre de un bebedor habitual de rompe y rasga. Si el que deja caer sus posaderas no es bienvenido serán bordes por instrucciones del amo, perros amaestrados.


¿Y los demás? Los sepultureros del camarero español siguen siéndolo en lo más hondo de su alma. Han ganado la libertad de ser uno más en su espacio laboral. El desvanecimiento del rango ha comportado que el beneficio sea de poder, pues un bar no deja de ser un gallinero de relaciones entre homínidos donde alguien debe ostentar el bastón de mando para alejar la sombra de una completa anarquía. Y aquí interviene la delgada línea roja de barra y caja registradora, frontera que desde un cierto romanticismo simboliza un pacto narrativo de tolerancia con una cámara desde la que se filma la infinita trama que protagonizamos en interiores que abrazamos en función de su aura, ventanas de una rueda sedienta del absoluto desde el anonimato.


Ilustración: Nil Bartolozzi