jueves, 3 de mayo de 2012

La memoria, los agujeros y el hueco en Panfleto Calidoscopio





La memoria, los agujeros y el hueco

Por Jordi Corominas i Julián


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En los últimos tiempos he cogido gusto calidoscópico a los elencos. Permiten la síntesis, tapan defectos y desarrollan un análisis somero de cuestiones que de otro modo se convertirían en un tostón integral. Al reflexionar sobre los agujeros mi mente ha rechazado lo obvio, adentrándose en una espiral que alterna memoria, calle y sensaciones cotidianas que al instalarse en la rutina parecen banales sin serlo. Escribo en una tarde de domingo soleado. Lo ideal sería irse a pasear, pero llevo dos meses con una cita pendiente en mi documento de word, y eso ya de por sí demuestra una carencia personal que resume el reloj. ¿Puedo subsanarla? Lo intentaré. No prometo el cielo, sólo navegar por el vacío en un intento de llenarlo con palabras.

La primera estriba en el pasado y lo borroso de la memoria infantil. La única imagen que retengo de una tarde de hace mil años es un campo árido, una especie de pozo y mi primo sangrando a borbotones por haberse introducido en el misterio. Servidor reía y mi abuela ejercía su lógico papel adulto regañándome por mi osadía. Vocablos, el sol y nada más. Si ahora me preguntaran donde estaba el terreno no sabría responder, y tampoco creo que la magdalena de Proust arreglara el embrollo.

En cambio hay jornadas, pocas, que uno retiene a la perfección. Tengo una sana obsesión por captar detalles, y a veces dos ojos no abarcan la inmensidad, por lo que una cámara fotográfica ayuda a congelar los minutos para introducirlos en nuestro cerebro. La moraleja del asunto, conservada en carpetas digitales, es que la distancia no es el olvido, sino nuestra inactividad. La pérdida radica en lo muerto. Lo vivo tiene bula en nuestros archivos y siempre resucita.



Algunos dirán que la última afirmación es más bien discutible y otros la asociarán con los elefantes y su asombrosa capacidad, sin que nadie haya hurgado en su interior, craneal. Sí, mis ficheros rebosan, lo que no impide el lamento por una tara que antes juzgaba imposible. Cuando era más joven no tenía dudas de mi cronología personal. La precisión marcaba el orden de eventos y me carcajeaba al leer en entrevistas las cavilaciones de famosos sobre su obra pretérita. Desconocía que el cansancio afecta la solidez de la propia información. Envejecemos, aislamos la minucia y privilegiamos lo concreto.




Aún así tengo suerte al querer abrazar la totalidad en el paseo a sabiendas de la utopía que planteo, lo que aumenta el desconsuelo del agujero. Una noche de sábado en Barcelona recorrí más de diez kilómetros del mar a mi casa. En el camino destacaban las ventanas cerradas en contraste con su contrapartida abierta y lumínica. Lo cerrado se metamorfoseó en agujero quimérico. La música y algún cuadro colgado en la pared incitaban mi ansía de conocimiento mediante esos retales dispersos alimentados con el débil sonido de tuberías, camiones de limpieza y los pasos de otros transeúntes ensimismados. No gozamos del poder ubicuo de penetrar en moradas ajenas, ni tampoco del acceso al aburrimiento de lo clausurado por rigor horario. Los bares muertos de asco a las seis de la mañana. Las habitaciones de hotel que atienden la llegada de amantes, un suicidio o la simple repetición del péndulo viajero de rostro multiforme controlado en recepción.

En un albergue de Praga generé un enorme hoyo por mi empecinamiento adolescente en consumir botellas de vino blanco en el Hall del establecimiento. A las tantas desistí, me dormí en el ascensor y aterricé en mi cama de puro milagro. Las lagunas venecianas causadas por ingestas masivas de alcohol son un suplicio del remordimiento. No importa si son de cinco minutos o seis horas. Tememos lo peor por Murphy y el miedo a nuestro inconsciente, que pese a todo no suele traicionarnos con épicas barbaridades que aparcar en un abismo del cajón.






Venecia también es, hasta cierto punto, la esperanza de redención para las brechas. El palacio ducal contiene en su belleza el oprobio del plomo, vocablo que designaba sus famosas prisiones, prodigio de tortura y seguridad para la época. En 1756 Giacomo Casanova agrandó su mito al perforar su techo y escapar, lo que le costó diecisiete años de exilio que usó para vagar por media Europa y rubricar una y otra vez su extraordinario genio con embuste, seducción y excentricidad con copyright de primer hombre moderno, lo que reflejan sus interminables memorias, una joya que sólo llegó a España en una edición digna a finales de 2009 en la que puede observarse cómo a veces el diccionario es injusto con lo pretérito.

Casanova era astuto y se granjeó una más que notoria fama con las mujeres. Retozó con más de un centenar, y tanta testosterona ha enterrado en una fosa común sus virtudes literarias, pioneras en describir lo exterior desde el yo y anticipar lo novelesco con un estilo que exalta lo individualista integrándolo en el espacio, foco central para comprendernos y desestimar pretensiones de exclusividad para con lo que nos rodea, factor que entendió de otra manera Kant con sus caminatas de metrónomo en la actual Kaliningrado. Sus ojos asimilaron el entorno hasta desnudarlo de lo superfluo, actitud compartida un siglo más tarde por el arquitecto Adolf Loos, quien a falta de filosofía lo exhibió con una rotunda provocación que derrotaba la cursilería austrohúngara delante del Palacio Imperial.




Su sastrería Goldman&Salatsch desafía al mismísimo Hofburg de Francisco José, Sisí y la multiculturalidad de la corona. El adorno es delito, cubre agujeros con voluntad de acumular en un atentado contra lo prístino que suele vencer en eras de penumbra, desde la Edad Media hasta el barroco. La desnudez de los muros vieneses era una inminencia de defunción que la Primera Guerra Mundial certificó.

Una hermosa canción, la quinta del Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, es Fixing a Hole. En ella Paul McCartney rebosa su habitual optimismo a partir de un pequeño acto del día a día: arreglar un desperfecto en su granja escocesa. La lluvia que fastidiaba el suelo es una metáfora de los pájaros que infestaban a muchos que por ir a la última no se enteraban de la misa la mitad, seres alienados que rehúyen la simpleza porque desde su óptica no tiene mérito ni glamour. A veces los límites nacen por no aceptar lo esencial, y ahí surge el mayor agujero que a todos atormenta, la soledad, bestia que no se reduce con cháchara y tristes estruendo. La perfección huele a imperfección y el exceso desorienta. Lo catamos con la información y su frenesí aniquilador de la armonía, y en nuestras vidas lo que desborda es la velocidad y un engaño colectivo que envenena cada porción del pastel hasta lograr que el círculo suene hueco en su plenitud.