viernes, 31 de julio de 2009

Cuando Kafka vino hacia mi en Revista de Letras



Concierto polifónico kafkiano
Por Jordi Corominas i Julián | Crítica | 29.07.09


Cuando Kafka...Cuando Kafka vino hacia mí… Hans-Gerd Koch (ed.)
Traducción de Berta Vias Mahou
Acantilado (Barcelona, 2009)

Richard tuvo la certeza de que Samuel Beckett, en algún vulnerable momento de su vida, se había visto obligado a cargar con una aspiradora. Céline también, y quizá Kafka; si es que había aspiradoras en aquella época.
(La información. Martin Amis)


Había una vez un señor llamado Franz Kafka. Nació en Praga en 1883 y murió en un sanatorio austriaco en 1924. Desarrolló con esmero su labor en el Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo del reino de Bohemia mientras dedicaba sus ratos de ocio a escribir con verdadero ahínco su corpus literario, valorado en su justa medida a partir de 1945, cuando el mundo vio en su prosa una fascinante experiencia que atrapaba con sutilidad los recovecos de la mente humana y lo complejo de sus construcciones sociales. Desde la caída del muro de Berlín su nombre cobró nueva fama en un proceso muy posmoderno. Las camisetas con su apellido trascendieron lo literario y se paragonaron a los carteles del Che, emblemas de un mundo que de tanta imagen ha olvidado deliberadamente el significado de sus símbolos.

El mercado literario lo ve como una apuesta segura y cada año salen libros sobre sus gustos, reediciones de sus obras más conocidas y biografías que sueñan con ser la definitiva. La cantidad no implica calidad por mucho que en Barcelona podamos ver su rostro en algunos muros urbanos y en chapas disponibles en las más selectas librerías de la ciudad. Ese es el problema. El checo es víctima de una cultura elitista que patrimonializa los grandes nombres de la tradición contemporánea, como si fueran puertas inaccesibles al común de los mortales, error inmenso que quizá podamos enmendar desde el relato polifónico de una vida digna de ser contada y conocida; me gustaría creer que en este sentido se enfoca la publicación en España de Cuando Kafka vino hacia mí…, volumen compendio de encuentros, sensaciones y memorias de personas que tuvieron la suerte de coincidir con el genial autor de La metamorfosis.

Podría jugar a ser abogado del diablo y desmontar mi introducción. ¿Qué sentido tiene compilar opiniones poco fidedignas, pervertidas por la fama póstuma del escritor silencioso? ¿No es una tomadura de pelo? ¿No sería preferible una biografía al uso? No, porque la voz del estudioso acallaría esos fragmentos y en su intento de rizar el rizo perdería la naturalidad del conocimiento directo.

Hans Gerd Koch ha acertado al ordenar las partes siguiendo un estricto orden cronológico. Así podemos abrir el libro y adentrarnos en la Praga Austrohúngara y sus problemas político-lingüísticos entre alemanes, judíos y checos. Como es sabido Kafka escribió toda su obra en la lengua de Schiller, pero de pequeño recibió clases particulares de checo, aprendiéndolo después de la escuela normal, donde destacaba por sus buenas calificaciones, salvo en gimnasia, y una timidez insana que le impedía abrir la boca cuando sus compañeros hablaban de sexo y otras inquietudes propias de la adolescencia. Los testimonios, que van desde estudiantes hasta sirvientas, coinciden en describirlo como un chico reservado y metódico, características de quien se toma, aunque no siempre es así, las cosas muy en serio para cumplir con su deber y no pasar dificultades de ningún tipo.

Cuando el joven crece encontramos a un chico alto y delgado, con preferencia por trajes negros que combinaba con sus ojos grises y una bella sonrisa de bondad infinita. Nadie pronuncia maldades sobre el homenajeado, nadie captó perfidia en sus palabras, aunque sí una gran ironía que aparecía cuando menos te lo esperabas. Es posible que el trabajo en la compañía de seguros le sirviera para acentuar su tenacidad en sus objetivos. Da la impresión que al contenerse en exceso exagerara externamente éxtasis y depresión. Podía pasar horas gesticulando con sus pupilas llenas de brillo, pero también era capaz de sentarse en un bar horas y horas con la sola compañía de una copa de vino que no tocaba y terminaba regalando al menos pensado. Ese tiempo en la calle era su momento de observar e intuir antes de la escritura.

Kafka en un ascensor, Kafka en un visto y no visto, Kafka en una habitación expresando con emoción detalles minúsculos, Kafka vegetariano, Kafka paseando, Kafka en sanatorios, Kafka y su padre, Kafka minucioso, Kafka condicionado e incapaz de articular su existencia, Kafka detestando la ampliación fotográfica, Kafka y un dadaísta, Kafka cohibido ante halagos, Kafka aprendiendo Hebreo en su esperanza de ir a Palestina, Kafka y su funeral. Kafka, Kafka, Kafka. Cuando el lector devora las pequeñas teselas kafkianas tiene derecho a elegir sus favoritas. Mis predilectas son predecibles hasta cierto punto. Una de ellas, narrada por Max Pulver, habla de nuestro protagonista declamando en una sala muniquesa el relato En la colonia penitenciaria. Asombra su maestría y el efecto que causa el ritmo de la narración oral, una de sus grandes pasiones:

Su voz podía sonar a disculpa, pero sus imágenes penetraron en mí como un cuchillo afilado. O sólo se describía una máquina de torturar y una tortura con las palabras de éxtasis reprimido del torturador y ejecutor. El propio oyente era arrastrado a esos martirios del infierno, también él yacía como víctima en el basculante lecho de tortura, y cada nueva palabra, como otro pinchazo, rasguñaba en su espalda el lento suplicio.

Después de este tramo una dama se desmaya. Pasan los segundos. Dos mujeres tendidas en la lona del salón con pinturas expresionistas. Prosigue y la magia de la narración capta y cobra allegados bajo ese efecto letal que sólo consiguen pocos elegidos. Sabemos que él lo era, lo sabemos y nos lo confirma una de sus mujeres, Milena Jesenka:

Creo que todos nosotros, el mundo entero y las personas estamos enfermos y que él es el único sano, que comprende correctamente y siente correctamente, y el único ser humano genuino. Sé que no se defiende frente a la vida, sino sólo frente a este tipo de vida…Contra eso es contra lo que se defiende…¿Es pues posible que este hombre haya sentido algo que no fuera correcto? Sabe del mundo diez mil veces más que todas las personas que hay en el mundo…Y, además, no hay en el mundo entero otro ser humano que tenga la enorme fuerza que tiene él: esa absoluta e irrevocable necesidad de perfección, de pureza y de verdad. Así es. Hasta la última gota de sangre, sé que es así.

Lo decía alguien que le conoció en profundidad, sin ocultación ni misterio. La vida del genio praguense es la de un asceta volcado en su búsqueda hacia una perfección que, con toda seguridad, los demás fueron incapaces de comprender. Su silencio y sus, en principio, extraños hábitos no eran tales, sino un modus operandi propio del que sacrifica todo en pos de una meta y ejerce el recogimiento interior para lograrla y crecer sin prisa pero sin pausa.

Esas personas cuando se encuentran cómodas derrochan humanidad a raudales, son deliciosas en el trato y dejan traslucir parte de su universo interior, como ejemplifica la anécdota, acaecida poco antes de su fallecimiento, de la niña y la muñeca. Kafka, al ver la pena de la muchachita por la desaparición de su amada poupée, trató de consolarla diciéndole que acababa de ver a su querido juguete, quien antes de irse de viaje había prometido escribir a su dueña. A partir de ese día Kafka escribía una misiva para la niña en nombre de la muñeca, epístolas que terminaron cuando el escritor tuvo que emprender su último iter, no sin olvidar antes de su partida dejar, asegurando que era la antigua, una muñeca a su joven amiga.

Murió con 41 años y vivirá para siempre.

Jordi Corominas i Julián
http://corominasijulian.blogspot.com