jueves, 2 de julio de 2009

Rimbaud después de Rimbaud en Panfleto Calidoscopio






Rimbaud después de Rimbaud (I): Antes de África.



Por Jordi Corominas i Julián


“L’heure de sa fuite, hélas!
Sera l’heure du trépas”.

(Arthur Rimbaud, Ô saisons, ô chateaux, Une saison en enfer)

“Dieu des humbles, sauvez cet enfant de colère!”(Paul Verlaine, Malhereux! Tous les dons, Sagesse)

“Me gustaría recorrer el mundo entero que, bien mirado, no es tan grande. Quizá entonces encontrara algún sitio que me agradara bastante”. (Arthur Rimbaud)


“A parisian (20) of high literary and linguistic attainments, excellent conversation, will be glad to accompany a Gentleman (Artist preferred) or a family wishing to travel in southern or eastern countries. Good references. A.R. No. 165, King’s Road, Reading”. Este anuncio se publicó en The Times el nueve de noviembre de 1874. Su autor era Arthur Rimbaud.
El prodigioso trienio tocaba sus últimas notas. Atrás quedaba el abandono de los estudios y la renuncia a una más que probable carrera académica, como atrás quedaba el viaje a París y la liaison poética y sentimental con Paul Verlaine, preso en Bruselas desde el verano anterior por haber intentado asesinar a su amigo y amante. El Rimbaud de 1874 era un joven sin ilusión por su futuro literario, frustrado después de la fría y otoñal acogida parisina que le llevó a quemar sus manuscritos, triste por la nímia recepción crítica de Une saison en enfer. Poeta revolucionario, convirtió en cenizas parte de su legado, que sólo sobrevivió cuando su compañero infernal lo resucitó en el segundo lustro de los años ochenta del siglo XIX.



El Rimbaud que despierta el nueve de noviembre de 1874 ya no es el orgulloso enfant terrible que desafió a Dios y quiso superarle. Ahora las tornas han cambiado y analiza los acontecimientos de su trienio prodigioso como un error de presunción entre paraísos artificiales y excesos inconsecuentes. Su depresión como artista significa su ingreso en el mundo de la mortalidad, polvo y barro humano, pan de cada día. Hasta cierto punto. La historia tiende a recordar hechos memorables, vivencias de excepción. La vida de Arthur Rimbaud fue una epopeya de la que apenas quedaría rastro si de los dieciséis a los diecinueve años no hubiese escrito algunos de los mejores versos del Parnaso universal. Sin embargo, su posterior existencia fue una aventura inusual en un ser de su época, lo que corrobora la excepcionalidad del personaje, harto de la normalidad y con vistas a quimeras ignotas para sus contemporáneos.
De Londres a Charleville. Pese a temer la estación invernal, sabía aprovecharla para reposar antes de emprender nuevos viajes. En 1875 decidió irse a Stuttgart, donde fue huésped de una familia apellidada Wagner. Dotado para los idiomas, aprendió el alemán en un periquete y trabajó en tareas manuales para poder subsistir. Asimismo, pasaba largas horas en la biblioteca y amaba, era un incansable caminante, pasear para conocer la ciudad y sus alrededores. Ese mismo mes Verlaine salió de su cautiverio belga y, en plena falsa conversión católica, intentó reconciliarse con sus seres queridos. Visitó a Rimbaud y su encuentro fue la sólita pesadilla. Pese a llegar con el rosario entre las manos, negó a Dios al cabo de tres horas y se emborrachó como siempre. Los otrora compañeros cerraron cantinas y revivieron viejos comportamientos. Rimbaud volvió a su habitual cinismo violento y Verlaine repitió su papel débil y sentimental; al no estar acostumbrado a la bebida cayó bajo sus efectos, quiso rememorar instantes pasados y fue rechazado sin ambages, lo que trajo su ira, unos cuantos puñetazos y la derrota por su inferioridad física. A la mañana siguiente unos campesinos lo hallaron inconsciente en la orilla del Neckar.
Los dos poetas no volvieron a verse las caras. Rimbaud abandonó Stuttgart en verano y, convencido de dominar suficientemente el italiano, emprendió marcha hacia el Belpaese, cruzó los Alpes a pie y en Milán fue acogido por una viuda, encantada con la cultura de su huésped, quien quiso regalarle su única obra publicada, Une saison en enfer, sin poder hacerlo al no tener ningún ejemplar en su escaso equipaje.
El objetivo de este viaje era alcanzar Brindisi y embarcarse hacia Paros, donde conocía al dueño de una fábrica de jabón. No alcanzó su meta. Caminó toda Italia, pero las altas temperaturas estivales derrotaron su empeño. Sufrió una insolación y fue repatriado a Marsella, donde trabajó durante varias semanas en el puerto limpiando escombros y descargando barcos. Una noche conoció a un extranjero que le ofreció enrolarse en el ejército carlista para luchar en España. Aceptó la propuesta, recibió la prima y huyó a París, donde frecuentó ambientes literarios y recayó en su fama de indisciplinado y bebedor. A finales de agosto volvió a Charleville. Flirteó con la idea de inscribirse al bachillerato científico, luchó con obcecación por aprender a tocar el piano y en última instancia prefirió centrarse en el estudio del ruso para visitar los territorios del zar. Cuando florecieron los árboles y abandonó su hogar, una vez más. En Viena un cochero le robó dinero y equipaje. Mendigó por las calles y fue expulsado. Lo depositaron en la frontera alsaciana y volvió a Charleville robusto y encolerizado. Su fracaso le obligaba a resarcirse, y lo hizo a lo grande: en junio de 1876 se trasladó a Holanda y se alistó en el ejército rumbo a Java. Su barco salió a la mar el 10 de junio y navegó por Sudán, la costa arábiga y la somalí, que al cabo de unos años conocería al dedillo. La nave atracó en Batavia el 23 de julio. La vida militar, estricta y con horarios marcados, no le motivaba. Desertó el 15 de agosto, exploró la selva, se embarcó en el buque británico Wandering Chief y regresó a Charleville el día de nochevieja, previo paso por Santa Elena, Las Azores, Queenstown, Liverpool, Le Havre y París.
Rimbaud ya no escribía. En 1875 Delahaye dijo a Verlaine que la inspiración del portento se había secado hacía mucho, y tenía razón. En 1879, al ser preguntado sobre la cuestión, el chico de pelo rubio con rostro angelical que sacudió París afirmó no estar interesado en la literatura, una vieja novia caída en el pozo del olvido.



Europe, Asie, Amérique, disparaissez.

Se dice, se comenta, se rumorea que en la primavera de 1877 volvió a la ruta y se trasladó a Hamburgo para trabajar en algún barco que le llevara a Oriente, su pasión. Algunos biógrafos dicen que fue contratado como intérprete en un circo y viajó hasta Estocolmo, donde descubrió su poca resistencia al frío del norte, por lo que se hizo repatriar. Enid Starkie, autor de una más que prestigiosa biografía de nuestro protagonista, investigó en el consulado francés de la capital sueca sin encontrar ningún documento que atestigüe la expatriación a expensas del Estado galo, lo que desmentiría una caricatura de Delahaye donde Rimbaud bebe ajenjo con un oso polar.
El eterno retorno a Charleville no solucionó su malestar. El viajero es un ser inquieto que busca su lugar en el mundo. Sin saberlo, el poeta ganó la posteridad antes de vivir la parte madura de su existencia. Su desorientación después de la literatura le convirtió en una pequeña gran alma sin rumbo. Su siguiente destino fue Alejandría, donde llegó después de embarcarse, enfermar, volver un año a Charleville, trabajar en la granja y emprender nuevamente la marcha en octubre de 1878. Hamburgo volvió a ser el primer peaje. Conoció a un individuo que le prometió empleo en la ciudad de Alejandro Magno si se presentaba en Génova y embarcaba camino de Egipto. Atravesó Francia, volvió a cruzar los Alpes a pie, cerrados por el invierno, bajo una intensa tormenta y alcanzó la segunda parada de su itinerario para cumplir su sueño. En el país de los faraones trabajó en una plantación agrícola y puede que visitara Luxor, pues en los pilares de su famoso templo está grabado el apellido del aventurero. No creemos que en 1878 los turistas invadieran el lugar, por lo que es muy posible que Rimbaud dejara su huella en silencio, solo con las piedras y el pasado.
Se cansó de la plantación y descendió hasta Suez, donde su compatriota Suel, propietario de un hotel, proporcionaba empleo relacionado con actividades ilegales que iban desde la construcción de faros para evitar naufragios hasta la contratación de ladrones de barcos. Durante la primera quincena de diciembre Rimbaud gastó sus energías en recoger el botín de uno de tantos buques caídos en desgracia en las costas de Gardafui y luego, con dinero en el bolsillo y contento por su anonimato, se trasladó a Chipre, isla que los turcos acababan de ceder a Inglaterra. La pérfida Albión quiso arreglar el desaguisado que los otomanos causaron en la patria de Venus. Se destinaron grandes cantidades para mejorar puertos, canales y carreteras. Rimbaud fue contratado como capataz de una cantera del desierto un sitio en el que, según sus propias palabras, sólo había rocas desprendidas y una canícula infernal. Las condiciones eran lamentables. Escaseaban los alimentos y siquiera tenían un refugio donde guarecerse, grave problema en una zona donde los mosquitos y el paludismo eran una grave amenaza. Además de vigilar la prosecución de las obras, Rimbaud estaba encargado de pagar a los indígenas que tenía a su cargo. Dadas las pésimas condiciones laborales, no es de extrañar que se enfadaran, rebelándose y robando el almacén; el tacto humano del hijo de las Ardenas hizo que recapacitaran y al final la sangre llegó a pedir armas a sus patronos para protegerse, no llegó al río.



Rimbaud abandonó Chipre en junio de 1879 al contraer unas fiebres tifoideas. Se restableció en Francia, pero había cambiado. Sus mejillas estaban hundidas y el pelo se había encanecido; el rostro chupado con la piel tersa, sin rastro del cutis infantil que tuvo en su adolescencia. Sólo los ojos transmitían el vigor de antaño.
En octubre de 1879 cumplió veinticinco años y se le veía sobrio, como si el vagabundeo hubiese concluido para avanzar hacia un estado maduro. A finales de año, ya recuperado de la enfermedad, sus viejos amigos le invitaron a pasar la noche en un café de la Place Ducale. Apareció con ropa elegante. La compró a crédito. Tenía decidido marcharse. Quería llegar a la cima. A las once de la noche se despidió de sus allegados y desapareció en la oscuridad.

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