jueves, 15 de octubre de 2009

El crimen del Ritz en Bcn Week



El crimen del Ritz by Jordi Corominas i Julián
Circulen por Barcelona y quítense los tópicos de la cabeza. Hay lugares impolutos que merecen perder su fama. Vayamos a la escena del crimen. 8 de enero de 1956. Un hombre de 49 años yace exánime en la habitación 523 del Hotel Ritz. Luce un pijama a rayas y esta tendido en la cama; En la pared de la cabecera de su lecho hay salpicaduras, mientras que en el baño las manchas abundan. Puede que intentara defenderse de su agresor, avispado al seguir el consejo de su cómplice, quien le dijo que la víctima estaría sola, ensimismada en un dulce sueño reparador del que despertaría para vivir su última pesadilla. Su mujer y sus hijos mayores han ido a Misa, dando instrucciones de no molestar al durmiente. Lo han encontrado su benjamín de dos años y su cuidadora catalana. Mulhand Chandrai, súbdito inglés de origen indio, era multimillonario y estaba en Barcelona con motivo de las vacaciones navideñas. No sabía que ese viaje sellaría su destino en forma de brutal asesinato que llenaría páginas y más páginas de los principales diarios de la época que, no obstante, se explayaron hasta cierto punto, pues en ningún momento mencionaron que el lugar de los hechos era el emblemático establecimiento de la Gran Vía. Nobleza obliga, y en la posguerra determinados lugares y personas gozaban de una impunidad incontestable que contrastaba con la pobreza generalizada, miseria de racionamiento y escasa animación en una ciudad gris donde otro color levantaba sospechas, quizá por eso el hallazgo de un abrigo beige embadurnado de sangre al lado del cadáver sirvió a la policía para iniciar y resolver una investigación con elementos similares a las obras de la gran Agatha Christie.
El personal del hotel apuntó un detalle fundamental. Pocos minutos antes del homicidio un extranjero elegante, alto y con guantes subió a la habitación del ilustre huésped. Las fuerzas del orden procedieron a pasear el abrigo, que por aquel entonces sólo lucían los estraperlistas, por varios hoteles y dos personas reconocieron a su dueño, quien ya se había dado a la fuga en taxi, camino de Francia. El conductor sospechó e hizo apear a su cliente en el Bar la Isla de Pineda de Mar. Había quedado al día siguiente con su cómplice en Cervera y lo arrestaron en Portbou. Su aliado cayó en Suiza cuando un comprador de joyas avisó a la policía.
Mulhrad Chandrai vivía en Las Palmas y trabajaba en el lucrativo negocio de compraventa de frutas, habiendo instalado sucursales en Lagos y Tánger, donde conoció a su asesino, el austriaco Sigfried Neumann a quien propuso participar en una empresa de pesca de langostas. Su acuerdo funcionó hasta que surgieron desavenencias personales y económicas. Se rumoreó que Neumann se acostaba con la mujer del adinerado caballero, quien debía tres millones de las antiguas pesetas a su socio. El 7 de enero quedaron en el Bar Núria y Chandrai, que como pueden comprobar no era trigo limpio, hizo mutis por el foro, lo que significó su sentencia definitiva cuando a la mañana siguiente Rudolf Dobnigo, el otro implicado en la trama, dio la señal a su amigo para solventar la cuestión. El dinero o la vida. Neumann acudió a la habitación 523 con una barra de hierro y golpeó repetidamente a su presa en una breve persecución de la que salió victorioso hasta que su gabán le delató.
En la Barcelona de 1956 lo negro y criminal levantaba morbo y expectación entre las clases populares. Sucede en muchas dictaduras, donde en principio todo es inmaculado hasta que se demuestra lo contrario. Un caso parecido fue el de Carmen Broto en 1949, mítico asesinato engrandecido por la literatura que sirvió para abrir la caja de Pandora del chismorreo sobre los poderosos y su vida privada, anteriormente oculta entre arbustos de terrazas, prostíbulos de lujo y fiestas disolutas con mucho sexo y escaso respeto para los que padecían los rigores de un tiempo de silencio.
Neumann fue condenado a treinta años de prisión y cumplió trece; su cómplice salió del juicio con la infausta promesa de 14 años en el calabozo que terminaron siendo cinco. La señora Chandrai quedó impune, siendo desestimadas las pruebas en su contra.

Ilustración: Nil Bartolozzi

6 comentarios:

ScrinS dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Anónimo dijo...

Esa pasión nació en Italia y se desarrolló con los años al entender que la crónica negra era demasiado poco literaria y servidor se quedaba siempre con ganas de saber más...

Verónica dijo...

El nombre correcto era Mulchand Chanrai.

Jordi dijo...

Muchas gracias por tu rectificación.

Verónica dijo...

Era mi abuelo ;-)

Jordi dijo...

Madre mía, entonces parte de la familia vino a vivir a Barcelona más tarde??