miércoles, 28 de octubre de 2009

Trilogia y cierre: Nocilla Lab de Agustín Fernández Mallo en Revista de Letras



Trilogía y cierre: Nocilla Lab de Agustín Fernández Mallo por Jordi Corominas i Julián


Nos han
malacostumbrado
a creer en la unidad
a través de la línea recta.
Los enlaces se descubren al pasar página.
( Jean Martin du Bruit en una iluminación romana)


El marciano Jandepora aterriza en la Península Ibérica poco después de la completa aniquilación de la especie humana. Camina centenares de kilómetros mesetarios hasta que el desierto le regala un pequeño reducto con páginas esparcidas, zarandeadas por el viento. Coge una y lee un cómic donde Enrique Vila-Matas y Agustín Fernández Mallo permanecen sentados en la mesa de una plataforma petrolífera. ¿Eso es todo? No.
Jandepora busca más folios que puedan servirle de referencia, quiere entender las motivaciones de esos dos señores aislados. La imagen merece un comentario. En la parte final de Nocilla Lab se produce la unión de los dos escritores que simbolizan la primera década del siglo en nuestro país. Enrique Vila-Matas fue el referente en la época de la opulencia, cuando la cultura bailaba un son autoreferencial que en las letras volaba por confines metaliterarios. Con Agustín Fernández Mallo, presente desde 2001 con su poemario Yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del Tractatus, la novela española se renueva sin que ello signifique la revolución planetaria que algunos pretenden. La estructura fragmentaria y la transversalidad adquieren su razón de ser a partir de la aparición de Nocilla Dream y se consolidan en la segunda entrega de la trilogía, Nocilla Experience. Quien escribe se quitó el sombrero al descubrir el fenómeno, disfrutó con las partes que llevan al todo y reafirmó su opinión con Postpoesía, ensayo donde el gallego hilaba fino al trazar con tino y precisión las necesidades de nuestra lírica en su intento de no sucumbir a un más que previsible anquilosamiento.
La gran duda era comprobar la estructura de Nocilla Lab. Abrimos el libro y procedemos a la lectura. Una cita física y una musical. Nada nuevo bajo el sol del uso de inspiraciones que vayan más allá de la literatura. No es moco de pavo. Primera parte. El monólogo interior genera preguntas al estar repleto de pistas que por fuerza conducen a un significado. Las repeticiones y la constante alusión a las Azores parecen excusas ante la mención al proyecto guardado en una funda de guitarra Les Gibson. Agustín circula por Cerdeña con una señora aficionada a comprar muchas bragas. La Coca-cola es única, no tiene dualidad porque nació sin antecedentes, es una excepción oculta, que flota entre bares obreros, referencias autobiográficas y el viaje por la carretera isleña. Una frase de Ginsberg cierra el primer tramo del recorrido y con motor automático nos adentramos en una broma y el destino. El autor vuelve a lo fragmentario de manera irónica, como si se burlará de su yo a la espera de cruzar confines prohibidos. Reposa en un camping y el aburrimiento le lleva a configurar un mapa de sonidos del establecimiento hasta que sucumbe a la acción y guía su automóvil hacia una reiteración clave. Penitenciaría de la República Italiana. No pasar. Las ruedas cruzan el umbral por voluntad de traspasar límites y abrazar lo desconocido. Lo carcelario se ha vuelto un establecimiento agroturístico regentado por un extraño individuo que resulta ser, inevitable conclusión ante tanta redundancia, el doble de Agustín Fernández Mallo. La lucha se hace inevitable y el combate será épico. La acompañante, como sucede con Sandra en L’avventura de Michelangelo Antonioni, se esfuma. Asistimos al combate de la disolución, muerte de la trilogía para permitir que el aire, después de tanto parloteo sobre los libros, adquiera otra textura propicia para una respiración deseosa de expresarse con vientos insólitos, desprovistos de crema, cacao, avellanas y azúcar. Agustín aniquila a Agustín. La soledad es un pasaporte para el futuro.
Disolución y desaparición tendrían que ser siamesas. La tercera parte narra el cataclismo, el abandono absoluto y la putrefacción. En latín, así nos lo dice una de las partes de este sector con tipografía distinta al resto del volumen, residuo es lo que no deja avanzar, lo que detiene cierta maquinaria intrínseca a la vida. Desde otro punto de vista la herencia tiene la misma materia y ese lastre del pasado clama cerrarse por acumulación. La naturaleza invade la antigua prisión, invade y condena al ansiado vacío, la nada y el mañana bañado en apuntes de otros escritores opinando sobre el difunto Agustín Fernández Mallo, penúltimo eslabón de su raza, hombre fallecido para que las compuertas no se oxiden. Aun así, pese al grito permanente hacia la vía de escape, el texto sigue con el típico tono de las anteriores entregas, una escritura que en ocasiones se congela dentro de un pensamiento envolvente, el artificio detiene relojes, como si las palabras fueran fluidas y pesadas, una canción del Moon Safari en su versión literata.
Otro Agustín Fernández Mallo, superviviente de la contienda, avanza hacia la playa. Está dibujado en un cómic de Pere Joan, sorprendente epílogo con una zodiac que lleva al héroe hacia una plataforma petrolífera. Ya sabemos quien le espera. El hombre que escribiendo quiso desaparecer, Pasavento en persona como apóstol de la reinvención para progresar y no vivir enclaustrado en una jaula demasiado hermética. El punto y final de la trilogía es una viñeta carente de diálogo. Se ha dicho todo y el yo que observa como sus criaturas escritas entre 2004 y 2005 han avivado debates novelísticos quiere pasear desde otras perspectivas mientras críticos y lecturas se plantean si las tres nocillas permanecerán o serán consideradas un caso insólito con visos de convertirse en anécdota, un oasis en un desierto sin excesivas alteraciones o el iceberg que hundió un Titanic. Nadie puede ofrecer una respuesta. A bote pronto la evidencia del murmullo positivo indicaría que la huella es lunar. Cruzar una autopista en construcción y vislumbrar perfección desde lo inacabado que algún día tendrá forma finita. Todos somos Jandepora, pero si hemos leído la apuesta del físico poético sólo podemos agradecer que haya soplado un poco de brisa propugnadora del cambio. Es estéril comentar sin actuar y la experimentación siempre es bienvenida al ser una casa posible por la que muchos pasan de largo sin siquiera llamar al timbre. Hacerlo es valiente, tiene sentido y en un microcosmos limitado y ombliguista puede activar determinadas palancas útiles, que como mínimo inciten a la reflexión sobre la literatura y la continua transformación de sus engranajes y contenidos.


http://www.revistadeletras.net/trilogia-y-cierre-nocilla-lab-de-agustin-fernandez-mallo/

5 comentarios:

u minúscula dijo...

a estas alturas me da pereza terminarla..

Jordi Corominas i Julián dijo...

por??

u minúscula dijo...

no sé.. me da.. es raro?

Jordi Corominas i Julián dijo...

es que me da por terminar todo lo que leo...este lo terminaria,además el final pasa volando:))

u minúscula dijo...

parece que eres más obseso que yo.
vale, la terminaré