lunes, 19 de octubre de 2009

Hacia la genésis de Alice en Calidoscopio





Un paseo por la génesis de Alice in Wonderland

Por Jordi Corominas i Julián


Hoy es sábado 5 de septiembre de 2009 y llevo más de tres horas intentando encontrar las palabras para empezar este texto sobre Lewis Carroll. No es miedo a la página en blanco, y tampoco creo que mi dificultad se deba a una extraña sensación que recorre mi cuerpo. Probablemente el bloqueo venga del reto, de la magnitud de hacer entender al lector la primera parte de la vida de un hombre demasiado lejano a nosotros con la virtud de poseer una imaginación que anticipó perspectivas que sólo el siglo XX plasmaría con matices más rotundos. Charles Dodgson emergió en la Inglaterra victoriana, y es muy posible que el contexto histórico determinara su genio. Las épocas represivas maquilladas de progreso suelen ser propicias para obras que rehuyan la realidad imperante e inventen desde la lógica paisajes insólitos, creaciones cumbres que desafían lo establecido y consiguen enhebrar su camino por la simple fuerza de sus contenidos.

An island farm, broad seas of corn, stirred bu the wandering breath of morn, the happy spot where I was born
El polifacético autor de Alice en Wonderland nació el 27 de enero de 1832 en Daresbury, Chesire, donde su padre era coadjutor de la parroquia del lugar, que ayudó a prosperar mediante una profunda remodelación que incluyó conferencias en los días laborables, ayuda a los pobres y preocupación por los enfermos. Los Dodgson eran una familia de clase media alta que a falta de títulos nobiliarios decidió incidir en el desarrollo mental para progresar socialmente y así poder aportar su granito de arena a la evolución humana. La vida hogareña se ceñía bajos unas estrictas coordenadas religiosas que aún así no impidieron a Charles curiosear entre la naturaleza e inventar su propio mundo de fantasía con sus amigos, los animales; hablaba con sapos y lombrices, debatía con los caracoles y le encantaba subirse a los árboles y revolcarse en los margales. Muchos de sus futuros personajes ven la luz en esa etapa infantil, donde el niño, tartamudo y con sordera en el oído derecho, mostró una inteligencia precoz que sus padres valoraban en función de sus resultados en latín y matemáticas. Su brillantez se expresa mejor en otros pequeños detalles. Su pluralidad creativa le permitió escribir acrósticos antes de la adolescencia, así como aventurarse en múltiples formas poéticas que en su madurez le darían fama universal.
En 1843 los Dodgson se trasladaron a la rectoría de Croft, donde prosperaron y creyeron hallarse en el séptimo cielo al vivir en una ciudad con más distracciones que la rural Daresbury. El padre se volcó en su parroquia, la madre tuvo su undécimo retoño y Charles acrecentó sus inquietudes, emergiendo sus talentos naturales en campos tan dispares como la mecánica, el teatro de títeres o la literatura, vía de escape que exprimía a fondo en la revista doméstica de la familia, publicación que coordinaba y rellenaba con sus experimentos líricos repletos de ironía, dobles sentidos y juegos lingüísticos impropios para un chico de su edad, sobreprotegido en el manto de la educación paterna, período que terminó cuando justo un año después de aterrizar en la nueva parroquia tuvo que trasladarse a la escuela pública de Richmond, donde estudió durante un par de cursos en los que ganó premios matemáticos, defendió a los más débiles y se adaptó sin problema alguno a la convivencia con sus coetáneos.
En 1846 el cambio fue más fuerte. De Richmond pasó a Rugby para preparar su ingreso en el Christ Church de Oxford. Fue su particular pesadilla, sacó buenos resultados académicos, hizo algunos amigos, pero no guardó buen recuerdo de su trienio en el colegio privado. Sufrió infinitas novatadas y su poca pericia deportiva le granjeó burlas por parte de sus compañeros, más disolutos y menos empeñados en el estudio, situación con la que volvió a toparse en 1851 al ingresar en Oxford, donde a diferencia de los demás, que asistían a la misa de las ocho medio dormidos y parcialmente vestidos, él hacia que le despertaran a las seis y cuarto para seguir al dedillo el horario universitario y ser respetado en el que seria su hogar hasta su muerte, acaecida en 1897. Según sus propias palabras trabajaba veinticinco horas diarias y sólo encontraba momentos de asueto cuando iba a Londres para visitar a su tío Skeffington, un abogado que además de dejarle disfrutar con telescopios y otros artilugios le inició a la fotografía, su gran pasión terapéutica, bella excusa para poder compartir horas de intimidad con niñas a las que obsequiaba con su ingenio y una falsa felicidad que ocultaba tormentos que sólo dejaba relucir en su diario. ¿Eran fruto de su soledad? La cultura de la constancia que le inculcaron desde pequeño y el sacrificio stajanovista que se impuso generaron una barrera insalvable entre él y el mundo adulto, barrera acrecentada por su excéntrica personalidad, anómala para la férrea moral victoriana, obstáculo insalvable que le impidió cruzar un umbral demasiado peligroso.

La aparición de los Liddell y Alice
Los objetivos se cumplían. Dodgson recibió becas, se licenció en Letras y en 1856 fue nombrado lecturer de matemáticas, iniciando así una meteórica década en la fue ordenado diácono, además de publicar libros de álgebra y artículos especializados, dirigir revistas literarias, inventar un sinfín de juegos y desarrollar su magna labor epistolar, que al final de sus días constaba de noventa y ocho mil cartas. 1856 alteró totalmente su existencia. Adoptó su celebérrimo seudónimo, Lewis Carroll, adquirió su primera máquina fotográfica y conoció al nuevo deán de Oxford y a toda su familia. Henry George Liddell era un reputado filólogo que a lo largo de sus treinta y seis años en la institución revolucionó su conservadora mentalidad y la abrió al futuro liberalizando los programas de estudios, transformando el sistema de concesión de becas, remodelando la forma y la estructura del college e involucrándose en actividades cívicas, sin descuidar las prerrogativas de su cargo, pues como deán del Christ Church desempeñaba un papel destacado en los nombramientos de canónigos y en la consagración del obispo de Oxford.
Si olvidamos por un breve lapso los datos científicos podemos deducir que ambos hombres inauguraban una nueva fase profesional, y es posible que ello les acercara. Charles quedó fascinado con las tres hijas de Liddell- entre ellas Alice, su preferida- y sus visitas a la residencia del deán se hicieron muy frecuentes, aunque él mismo las espaciaba para no resultar pesado. Se convirtió en una especie de showman muy querido por las niñas, entusiastas por todas las historias que les contaba, bálsamo perfecto para relajarlas antes de las sesiones fotográficas que le convirtieron en el mejor retratista infantil del siglo XIX. Le encantaba pasear con sus amiguitas por Nuneham, hermoso con su parque ajardinado, bosques cerrados y el río en que Charles las llevaba para que aprendieran a remar, como sucede en la primera estrofa del poema introductorio de Alice in wonderland. El 4 de julio de 1862 Dodgson y el reverendo Duckworth acompañaron a las tres hermanas a Godstow. Tomaron el té en la orilla y no regresaron a Oxford hasta las 8 y media de la tarde. Fue durante esa jornada cuando les narró la historia que todos conocemos. Alice Lidell recordaba esa tarde de verano con un sol imponente, tanto que abandonaron la barca y buscaron refugio al pie de un almiar donde la sombra ofrecía algo de fresco. Le pidieron a su amigo que les contara un cuento y tras alguna que otra interrupción escénica en la que fingía quedarse dormido o paraba por cansancio terminó la historia, se la inventó sobre la marcha y ante la insistencia del respetable prometió escribirla, convirtiéndose el 10 de febrero de 1863 en Alice’s Adventures Under ground.

La relación de Charles con la pequeña Alice, que en 1863 tenía once años, se prolongó hasta 1865. Su mejor momento, fuente de inspiración para Alice trough the looking glass, ocurrió a principios de marzo de 1863, cuando la acompañó a ver el alumbrado de Oxford. Con motivo de la inminente boda real entre el Príncipe de Gales y la Princesa de Dinamarca la ciudad se engalanó y organizó un despliegue sin parangón para homenajear a la real pareja. La niña quedó deslumbrada por toda la parafernalia que incluía una corona rotatoria, iluminación artificial, salvas de cañones, música, lanzamientos de globos y carreras de remos. Las tres hermanas plantaron un árbol conmemorativo y pronunciaron un breve discurso. La noche se llenó de magia y el profesor y su predilecta pasearon cogidos de la mano admirados por la decoración del Christ Church, que exhibía para la ocasión tres estrellas grandes iluminadas por mil doscientos mecheros de gas. Nosotros, seres de una era tecnológica donde cuesta sorprenderse, solemos ver las ferias de pueblo como eventos ridículos, pero por aquel entonces los avances de la civilización adquirían un aura casi mística basada en la fe en el progreso y la capacidad humana para avanzar. Esos pequeños milagros eran perlas que la memoria retenía, acontecimientos excepcionales, felices piedras blancas de asombro en el diario de Carroll, quien también consignó como un día de dicha el 16 de junio de 1863, cuando los Príncipes de Gales visitaron el Christ Church y él observó la ceremonia de bienvenida con la ayuda de su telescopio. Pasaron los años y a finales de junio sucedió algo que rompió la armonía instaurada entre los Liddell y el amable docente, para quien la ruptura fue una tragedia. El 29 de abril de 1863 anotó que en su vida no había nada que consignar salvo sus reuniones con los Liddell. El 25 de junio de 1865 fue con toda la familia a una expedición por Nuneham, regresando solo con las hermanas en ferrocarril mientras sus padres y demás invitados lo hacían en carruaje. No sabemos que sucedió porque a la muerte de Carroll su remilgada sobrina arrancó con una cuchilla de afeitar varias páginas del diario. El croquet, las fotografías y las excursiones desaparecieron de su agenda y en anotaciones posteriores el mismo Dodgson reconocía mantenerse apartado de Alice. Es probable que pidiera su mano y su petición fuera rechazada por la mujer del deán, quien deseaba casar a su hija con alguien de alta alcurnia, algo que casi consiguió cuando Alice flirteó a mediados de los setenta con el Príncipe Leopold, aventura reprimida por orden de la misma Reina Victoria. Lewis Carroll era veinte años mayor que Alice, aunque eso no era un inconveniente en la Inglaterra decimonónica. Dicen las malas lenguas que los rumores sobre la propuesta matrimonial se difundieron por todo Oxford. Para evitar cuchicheos y ultrajes se decidió cortar por lo sano. Lewis Carroll publicó Alice in Wonderland en 1866. Alice Liddell vendió su ejemplar dedicado el 3 de abril de 1928 en una subasta en Sotheby por 15400 esterlinas. Quería dejarle suficiente dinero a su hijo Caryl para que pudiera pagar los derechos de sucesión de una de sus propiedades. Lo invirtió con poco tino y perdió todo.

http://www.panfletocalidoscopio.com/2009/07Septiembre/Letras02.html