viernes, 1 de abril de 2011

Diálogo con Alessandro Baricco en Revista de Letras


Diálogo con Alessandro Baricco, por Jordi Corominas i Julián
Por Jordi Corominas i Julián | Destacados | 25.03.11


Sorprende, en una ciudad como Barcelona, pasear por el centro un viernes por la mañana y contemplar mil negocios cerrados. Las vallas son indicio de un problema con seis letras y millones de afectados. La realidad lo hace visible de muchas maneras, tantas que al final nos cabrearemos y saldremos a la calle porque somos conscientes de lo se cuece para nuestra desgracia. Los protagonistas de Emaús (Anagrama), última novela de Alessandro Baricco, son adolescentes que viven en compartimentos cerrados, ajenos al mundanal ruido. Han recibido una educación católica a la que están apegados hasta que una señal impulsa la transformación, alterando una lógica que no era tal. Siempre olemos la esencia, pero para atraparla debemos agudizar los sentidos y soltar amarras de los límites que coartan nuestro paso.


La trama de Emaús habla de una normalidad que puede superarse si existe la voluntad de ir más allá de la misma. Pese a que la novela se sitúe temporalmente a principios de los años sesenta creo que la situación de los protagonistas es similar a la de los jóvenes de hoy en día.

Sí, pero era otra época. De todos modos es un libro sobre la juventud, sus pasiones y contradicciones. Eso no cambia. Sin embargo, el paisaje de estos cuatro chicos es muy diferente al de Italia en nuestros días. Los chicos pueden parecerse a los de la actual generación, pero el país ha cambiado mucho.

Su cerrazón es distinta a la de los jóvenes de hoy, pero al mismo tiempo la similitud reside en que la educación recibida en ambos casos complica el momento de dar el salto cualitativo de maduración, de atreverse a generar una visión propia del mundo.

Creo que si un chico de 18 años lee mi libro seguramente imaginará una Italia que no conoce, pero podrá entender que las palabras hablan de su situación. Seguramente percibe rostros e historias que le pertenecen porque son actuales pese a la ubicación de la trama en un tiempo pretérito.

¿Cómo es que decidiste situar la trama en ese contexto tan concreto?


Sucede en Italia durante los años setenta en una ciudad del norte, que es donde crecí. Tenía dieciséis años y me eduqué en ese ambiente, pero nunca lo había narrado en un libro y me apetecía contar mi tierra y sus circunstancias de ese momento. Creo que un escritor debe hacerlo tarde o temprano.

Escribir una novela de formación cuando ya tienes la madurez para analizar de manera retrospectiva ese pasado.

La he escrito con cincuenta años. Lo que más amo del libro es que la voz narrativa es irrazonable, es la de un chico de dieciséis años, pero junto a la suya se unen otras más maduras, la vida entera. Hablan simultáneamente, y eso sólo sucede en los libros. Hay una estratificación, una mezcla que produce un efecto curioso porque puedes escuchar una voz concreta, pero todas están presentes. Lo encontré difícil técnicamente y disfruté mucho con el reto.

Y estas voces te transportan, juegan contigo y al final conforman un espejo social mediante la mirada de padres e hijos.


Sí, pero fíjate que a lo largo del libro se observa Italia desde el punto de vista de los protagonistas, un mundo donde no aparece la política, no hay una sola línea donde se hable de esa problemática.

Quizá se intuye en el aire, está presente sin estarlo.

Puede, pero si hablas de los setenta en Italia todos mencionan el tema político: Lucha armada, Brigate Rosse… la Historia de mi país durante ese período se identifica con la política.

Pero los cuatro protagonistas son de una ingenuidad primigenia.


Viven en un mundo donde los grandes temas existen pero no tienen ninguna importancia. Hasta la escuela carece de trascendencia pese a ser un lugar formativo para su edad.

Sí, pero cuando aparece tiene mucha importancia simbólica. El narrador acompaña a Luca hasta el colegio y éste decide no entrar, lo que es una renuncia a un tipo de mundo.

Para ellos la escuela es una obligación, el fuego de su existencia está en otra parte, sin intereses políticos y académicos. Son muy extraños, porque viven muy intensamente la vida desde parámetros muy alejados a los que predominaban por aquel entonces.

Si el libro fuera una película pensaría en un largometraje basado en interiores. Ellos no entienden lo que acaece en la calle, se ciñen a los valores aprendidos en casa y en la iglesia. No ven la calle, es la tentación prohibida.

Sólo la ven de noche en bicicleta, cuando salen del hospital o visitan a las putas. No hay luz en su existencia.

No conocen el mundo, pero en ciertos momentos parecen fuera del mismo porque son incapaces de entender su funcionamiento.


Son inadaptados, pero también San Francisco de Asís lo era. Hay una larga tradición de inadaptados que terminan triunfando.

Su punto trasgresor es totalmente anómalo.

Algo que formaba parte de la vida de los santos.

Ellos mismos lo dicen. El santo es un loco, una vocación muy fuerte e incontrolable.


Tienen ese componente incontrolable que viven con absoluta relajación, algo que por otra parte es típicamente católico.



La idea del grupo de compañeros se inserta de lleno en una tradición narrativa italiana, muy presente en el cine, consistente en mostrar el tránsito de la adolescencia a la edad adulta a través de la transformación de los miembros de la pandilla de amigos. Para que exista la ruptura irrumpe siempre una fuerza que activa y trastoca esquemas. En Emaús es una chica, Andre, que en cierto sentido ejerce la función de Cristo, revela verdades.


En Andrea se funden muchas cosas. Su personaje tiene muchos matices. Los cuatro chicos no están acostumbrados a valorar la belleza física o artística. Además es rica, lo que es muy importante, un verdadero impasse. Para ellos el mundo de los ricos es inmoral y brillante, tiene una espectacularidad de fondo y destino que genera una especie de resplandor. Si juntas todos los elementos tienes el resultado. No es sólo su belleza física lo que determina la atracción que sienten hacia su figura.

Pero su belleza abre puertas de libertad.


Ven un esplendor diferente al que no están habituados.

Y a medida que avanza la novela cada uno de ellos siente la libertad a través de Andrea.

Efectivamente ella es la puerta que abre todas las salidas hacia una nueva situación. Esto es literatura, síntesis, pero me gusta este uso de la palabra como fábula sintética. Un capitán, una ballena blanca…

Leyendo la novela pensé en lo que decía Antonio Tabucchi del fusil. Si aparece al principio de la novela significa que alguien lo usará para matar. En tu caso sucede con la pistola del Santo.


Los libros son hechizos. Si entras y funciona no debes preguntarte el porqué de determinados elementos. ¿Es posible encontrar una ballena blanca surcando el océano? En literatura es posible, y en Emaús sucede lo mismo con la chica.

Lo que puede verse como una parábola.


Sí, porque ellos piensan de este modo, con parábolas. Forman parte de su lenguaje.

Los personajes parecen roles prototípicos de esos años en Italia. Bobby toca el bajo y al intimar con Andrea recibe el espaldarazo para exprimir mejor su talento. Luca no logra armonizar su mente con lo que le ofrecen. En cambio, con el Santo he pensado en determinadas historias de los años setenta donde el aburrimiento impulsaba a los jóvenes ricos, como en el crimen del Circeo de 1975, a matar pobres para saciar su aburrimiento.


Los chicos del Circeo pertenecían al mundo de Andrea.

Pero el Santo se mezcla con ellos.

Los más místicos y radicales sentían complicidad con determinados personajes laicos, sin ningún atisbo de religiosidad, pero con su misma desesperación. Compartían una especie de destino trágico. En los ricos este sentimiento nacía del cinismo y el ateísmo; en el caso católico partía de una extrema religiosidad.





Ninguno de estos dos grupos se sentía satisfecho con la vida.

Y de este modo buscaban emociones al límite que la existencia no les proporcionaba y finalizaban ingresando en universos cargados de droga, violencia y lucha política.

Mientras ayuda en el hospital, el narrador habla con un paciente que exagera mucho cuando habla de la droga y sus efectos. Es como si su indignación mostrara otra comprensión de la realidad.

Y era así, la gente como él veía las cosas de esa manera.



Da la sensación que la estructura de la novela está muy pensada, tanto que casi determina el resto de la obra.

Para mi tener una idea precisa de la estructura del libro es fundamental. Cada libro tiene su forma, es como construir una iglesia. Siempre ves su arquitectura y eso impide su anarquía, algo que sucede hasta en mi primer libro, Castelli di rabbia, que puede parecer caótico pero no lo es, todo tiene un sentido. Me gusta mucho este trabajo arquitectónico, da fuerza al conjunto, pero en el resultado final debe ser sutil. Más escondido permanece mejor es. ¿Notaste mucho la intencionalidad de la estructura?

No se ve mucho, pero claro, hay cuatro personajes, una chica… se genera un esquema.


Tiene una estructura geométrica, racional. Si el contenido del libro es fuerte a nivel emotivo tiendo a concretar mucho más la estructura.

Y con una arquitectura así, cerrada, puedes potenciar más su intencionalidad, no es sólo un placer formal.


Encontrar la forma justa de una historia es la mitad del trabajo. No se trata sólo de belleza. No es decoración.

Y esta arquitectura se junta con una importante economía de medios, no metes paja en la narración, sólo lo esencial. La combinación de ambas cosas crea un estilo.

Lo que dices está muy presente en Emaús, no así en otros libros. La idea de escribir sólo lo esencial es muy anglosajona. Imagina quitar lo innecesario de Cien años de soledad.

Se pierde la magia.

Sí, pero lo haces con Moby Dick de Herman Melville y no queda nada, es un libro muy americano.

Estaba pensando en tu Homero, Iliada, donde sintetizas quitando la parte de la historia donde intervienen los dioses.


Yo soy partidario de la velocidad, mis libros lo son. Emaús podía ser cinco veces más largo…

De ser así hubieses creado La meglio gioventù literaria (ndlr: película de Marco Tullio Giordana que dura seis horas).

(Risas) La velocidad no significa sintetizar, no debe ser un valor. Hay historias que nacen para ser contadas con pocos medios, pero no es algo imperativo. Lo que cuento en Emaús es fuerte, propio de la juventud, con muerte, lucha, violencia, sexo…

Aparecen todos estos elementos, pero sin el efecto que tienen actualmente.

Porque el narrador reflexiona retrospectivamente. Recuerda y analiza.

Sí, pero un lector joven quizá lee el libro y nota cómo le ofrecen temáticas muy actuales, en realidad eternas, desde una óptica diferente porque incita a la reflexión y prescinde del impacto que en el siglo XXI tienen estos motivos, que siempre lindan más con la banalidad de lo gratuito.


Para un adolescente de 2011 leer un libro de este tipo puede que le haga pensar más de lo normal. También debe tener ganas de hacerlo.

¿El viaje al pasado de Emaús busca la memoria histórica?


No. Cuenta una historia que sucede en los años setenta, sin más.

De todos modos la situación, volviendo al inicio de la charla, de estos jóvenes de los setenta es equiparable a la de los de hoy en día por mucho que el contexto haya cambiado. La década narrada en Emaús contiene muchas enseñanzas válidas para entender nuestra época.


Es una cosa extraña porque cuando he escrito el libro no pensaba en un texto sobre la actualidad. Cuando apareció la novela en Italia muchas voces dijeron que era una parábola que explicaba la situación de nuestro tiempo en mi país y sus raíces católicas. Ahora veo que en España pensáis igual.

Cuando era más pequeño siempre asociaba la cuestión de las raíces católicas italianas con Federico Fellini, que siempre repetía que el sentimiento de culpa católico es algo inconsciente que flota en el aire.

Un poco como el humo pasivo, que infecta hasta a los no fumadores. En Italia todos tenemos el complejo de culpa. Todos menos Berlusconi. Por eso la gente lo vota.

¿Cómo imaginas a los protagonistas de Emaús en 2011?

El narrador seguramente habrá dejado de ir a Misa, también Bobby, aunque en Italia es muy difícil abandonar el catolicismo. Con el Santo no lo sé. Conocí gente como él en los setenta, y la mayoría tomaban caminos extremos.




En realidad muchos de los personajes viven experiencias parecidas a las que poetizaban los cantautores de los setenta, como Fabrizio De André.

Existía un mundo de belleza y poesía relacionado con los cantautores, que en esos años eran un indispensable punto de referencia. Se puede explicar una cierta literatura italiana de la época a través de Guccini, Battisti, De André, Paolo Conte…

Mostraban la normalidad captando detalles que escapaban a la mayoría.

Eran los poetas de lo cotidiano. La música que los cuatro chicos de la novela tocan en la iglesia es una versión pobre del trabajo desarrollado por los cantautores.

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Al menos los tenían, lo que significa pertenecer a una sociedad con voces críticas que llegan al corazón de sus semejantes. El narrador, Bobby, Luca y el Santo topan con la inevitable quiebra de su caparazón e ingresan en otro estado. Cada época tiene su forma de expiación. Analizar las pasadas sirve para comprender las posibilidades presentes, infinitas si consideramos que supuestamente hemos perdido la ingenuidad y sólo, que ya es bastante, debemos sacudir la capa de pasivo conformismo que congela el sueño de un futuro mejor, más justo, humano para los humanos.