martes, 19 de abril de 2011

Diálogo con Fabián Casas en Revista de Letras




Diálogo con Fabián Casas, por Jordi Corominas i Julián
Por Jordi Corominas i Julián | Portada | 17.04.11


Miércoles. Una del mediodía. Es una jornada marcada, como casi siempre, por la literatura. Salgo de la brillante exposición que el CCCB dedica a la ciudad de Trieste y encamino mis andares hacia una terraza que rebosa animación. Raul Argemí termina su entrevista con Fabián Casas y Miqui Otero atiende su turno mientras los editores de Alpha Decay apuran un cigarrillo entre abrazos, saludos y risas. Me siento con ellos, conversamos, bebo un vino blanco y finalmente cambio de mesa para charlar con el autor de Los Lemmings y otros, compilación de relatos que bajo su potente hilaridad esconde una profunda reflexión que dignifica la normalidad, campo de batalla de todos y cada uno de nosotros, épico espacio que desde sus historias comunes nos enseña la ruta para el aprendizaje de la existencia.


Si fuéramos canónicos, apostólicos y romanos podríamos calificar tu libro cómo una compilación de relatos, pero da la sensación que existe una unidad oculta entre ellos.


Uno de los relatos tiene diez años, Asterix, el encargado. Los escribí muy esporádicamente, al tun tun, y en un momento me di cuenta que los relatos tenían una unidad, podían ser cómo una novela sietemesina.

La unidad se configura a partir de coincidencias a lo largo de estos diez años.


Claro. Además escribí Asterix, el encargado a lo largo de los diez años, nunca me gustaba, nunca me convencía. Los demás relatos le ayudaron, le dieron una forma más concreta.

Y el contexto geográfico también da coherencia al conjunto.

Pero eso es porque no tengo imaginación, de otro modo hubiera escrito Harry Potter. Sitúo las historias en mi barrio porque es lo que mejor conozco en este mundo.

En un relato dices que siempre escribes en clave autobiográfica. ¿Los relatos de Los Lemmings y otros se basan en tus vivencias o en historias del barrio?


Son historias que me contaron y me pasaron, todo mezclado. Una vez me pasó que estaba en mi trabajo, acababa de salir el libro en Buenos Aires y me llamaron unos niños porque querían comprar Talasa en una farmacia, un jarabe con el que se colocan los chavales de una de las historias.

Aquí vuestro Talasa sería nuestro Bisolvon, un jarabe para la tos que si lo tomabas en grandes cantidades te dejaba la boca pastosa y la memoria corta hecha trizas.

¿Ves? En todas partes igual (risas).

Pero mira, esos elementos son importantes, porque se trata la cotidianidad de un barrio concreto que tiene en su interior, en el comportamiento de los protagonistas, elementos comunes en cualquier lugar del mundo.


Puede ser, mira el chico que quería comprarlo. Me supo mal decirle que ya no lo vendían.

Los dos primeros cuentos, si hacemos un análisis más sesudo, se complementan. El primero habla del descubrimiento del amor y el segundo de los amantes de la madre. ¿Pensaste mucho la manera de hilvanar los fragmentos para conseguir una cierta unidad?


Sí, pensé en la forma. Quería una lógica con baches, partes oscuras. No para confundir al lector, más bien para proporcionarle una lectura creativa que implicara también poner su historia personal, como si tuviera que terminar la novela cualquier persona que leyera el libro.

Al fin y al cabo son vivencias cercanas que cada uno de nosotros puede haber vivido.


Hace poco me escribió un chico que vivió un tiempo en Argentina y ahora trabaja en Rusia. Me contó que las historias del libro suceden de la misma manera en Moscú. Para mí ése es un gran elogio.

Y es verdad. Ahora quizá con todos los cambios que hay estas historias son un tesoro, porque nosotros sí salíamos a la calle, pero es posible que los chicos del siglo XXI lo hagan menos por la preponderancia de la informática.

Quizá estén más encerrados, con menos posibilidad de experiencia.

Las vivencias de los amigos configuran y de hecho son una posibilidad de experiencia que enlazas totalmente cuando aparece el personaje de Máximo Disfrute.

Sí, ahí se arma todo.

¿Existió de verdad Máximo Disfrute?

Sí, es un personaje real, que no sabemos que pasó con él. Es divertido porque juntándome con muchos amigos del barrio, que ni siquiera saben que escribo, les preguntaba por el destino de Máximo y todos me daban diferentes respuestas, no existe una versión unitaria, nadie sabe qué pasó.

Curiosamente al final del libro hay dos relatos que podrían considerarse notas de investigación sobre Máximo Disfrute.


Sí, son notas muy laterales que después comprobé que servían para cerrar el libro, una especie de apéndice.

Y este apéndice da para ampliar el caso de Máximo Disfrute hasta una falsa investigación o una novela.

No lo hice yo, pero unos periodistas alemanes vinieron a buscar el origen de todos los personajes para rodar un documental. Les dije que algún personaje estaba construido a partir de tres personas distintas.

Coges fragmentos de lo que conoces y creas un cuerpo.

Sí. Ellos fueron por el barrio, buscaron gente y hasta encontraron a la chica del primer relato.

Todos los relatos acaban construyendo un gran personaje que probablemente eres tú o la formación de un hombre hacia lo adulto.

Sí, y eso es central, aunque no lo pensé mientras lo desarrollaba. El libro pasa de la infancia a lo adulto.

Tiene una línea cronológica muy marcada.

La tiene. Lo más difícil fue poner voz a una mujer.

La búsqueda de la identidad se refuerza todavía más por la ausencia de una figura paterna. En Los cuatro fantásticos se siente esa necesidad fortísima de encontrar una figura masculina.

Curiosamente, pese a la urgencia de esa búsqueda, la figura paterna sólo aparece de manera concreta en El relator, casi al final, con el padre que pide al hijo que le relate el partido porque ya está viejito.

Toda esa búsqueda se conjuga con símbolos universales: fútbol, sexo, amistad.

La amistad es el valor central de la vida, y entiendo la literatura como algo colectivo y no individual. Siento que escribo con todos, y me encanta que salgan autores nuevos. Escriben diferente y eso me estimula, aprendo, robo, soy más lector que escritor.

La literatura cómo libro de libros.

Es algo colectivo. Cuando descubres a un gran autor en realidad descubres que es un vehículo de algo superior a él; cuando un autor se cree el vehículo se convierte en un idiota.

Saltemos de esa visión a otra más cercana. Escribes de aquellas cosas que conoces.


Estoy encerrado con un solo juguete, al igual que en el libro de Juan Marsé. Lo agarro, lo cojo, le doy vueltas, cambio la luz y entonces se convierte en texto.

¿Y en poesía aplicas el mismo método y te basas en lo cotidiano?


Sí, pero sin limitarme a un solo campo. Por ejemplo La mortificación ordinaria es un relato sobre la vida de mi primo y también tengo un poema con otro título sobre el mismo tema y hasta un ensayo, Abbey Road, que trata de la vida mi primo en relación los Beatles. Le doy la vuelta a la cosa tres o cuatro veces.

Diferentes textos tienen diferentes lenguajes y diferentes formas de abordar un tema.

Claro, cada forma encuentra su maestro.

Asterix, el encargado es un relato muy novelístico y por lo tanto ampliable, aunque quizá la forma corta le da más potencia humorística, pese a ser duro, muy duro.


Muchos amigos me han dicho lo mismo, lo ven muy novelístico, pero no tengo por ahora esa habilidad, escribo muy lentamente.

Y podría ser un esbozo para un guión de cine. El portero, la soledad de las personas, el gato… Personas o cosas que tienes al alcance de la mano y que por tenerlas tan cerca parecen invisibles.


Para mí son elementos centrales. El portero lleva al narrador por todos lados, lo guía. El gato es el elemento anómalo.


Foto: Chus Sánchez

La realidad se nutre de determinadas normas muy violables.

Uno debe liberarse de la obligación, la página en blanco te da la posibilidad de cualquier cosa y eso te permite escribir inventando, sintiéndote en estado de riesgo.

Y con la poesía seguramente te sucederá lo mismo al captar epifanías cotidianas, sorprenderte con la realidad.

Me ayudó mucho escribir durante veinte años poesía. No me daba bola nadie y eso fue genial.

¿Por?

Me liberó. No sentía presión, sólo trabajaba. Para mí un narrador que no lee poesía es un semianalfabeto.

Estoy de acuerdo.

Eso es lo que diferencia a Roberto Bolaño de todos los demás, por ejemplo.

El prosista que sabe dotar a su texto de lirismo…


Es poeta. Thomas Mann es poesía.

Sabe dar al texto un sentido diferente que trasciende lo narrativo.


Para mí la poesía no se la define, se la reconoce. La ves en cualquier lado. A veces en libros o encuentros de poesía no la hay, y sí en un supermercado.



Hace poco un autor español me comentó que se desprecia demasiado todo lo relacionado con la normalidad, y es un error porque en su interior tiene momentos mágico. ¿Crees que hay una necesidad de retorno de un determinado realismo?


En Argentina se habla del retorno de una literatura del yo. Particularmente no tiendo a centrarme en ningún lado porque nunca sé que estoy trabajando. No tengo tanto conocimiento. Lo único que te obliga a definirte es el capitalismo, siempre. ¿Qué te gusta? La literatura es el lugar de la indefinición absoluta, de poder ser cualquier cosa.

¿Cuándo empiezas un relato tienes la estructura en tu cabeza?

No. Ahora en Argentina salió un libro de ensayos y muchos críticos comentaron que era más bien un cuento, y no me importa esa imperfección.

Y esa opinión crítica es una soberana tontería casi eterna. El mercado siempre ha visto con malos ojos los escritores que mezclan varios tipos de texto en sus libros.

Lo mejor es ser un soldador y el lugar ideal es el bar de La Guerra de las Galaxias donde se mezcla todo el mundo con todos. Ahí es donde puede surgir lo qué es interesante.

Y eso es asimismo un rechazo a la solemnidad.


Cuando me encuentro con escritores solemnes y serios los rechazo, son imperialistas porque sólo consideran válida su visión, eso es terrible.

Y en algunos momentos de Los Lemmings y otros corroboras este punto de vista. En Asterix con la mención paródica a Austerlitz de Sebald y en Casa con diez pinos cuando el protagonista da alegremente en el bar los poemas del gran escritor a la concurrencia. Metáforas de un rechazo…


A la representación. Cuando estás obligado a representar un poder te conviertes en un esclavo.

Austerlitz, te lo digo desde un punto de vista europeo, es una novela que condensa parte de una historia común, pero al mismo tiempo al ser tan intelectual puede alejar a muchos futuros lectores por su complejidad, fantástica y peliaguda.


En mi caso Sebald ni me gusta ni me disgusta, fue una cosa puntual para empezar el relato. Hay un montón de autores intelectuales que me fascinan. ¡La montaña mágica! ¡El Doctor Fausto!

Y hay casos de autores que parecen complejos, y sin embargo son de una sencillez total, como Ricardo Piglia.

Me ayudó mucho cuando era más chico. Es muy generoso, le tengo muchísimo cariño. Hace años me pasó plata para financiar mi revista de poesía y cuando me quedé sin trabajo me ayudó una barbaridad.




Foto: Chus Sánchez

Y él es un buen ejemplo de literatura que hable de cosas que se puedan tocar con las manos, letras palpables. Algo que hoy en día casi parece trasnochado, fuera de la tendencia.

Conviene prescindir de la tendencia, suele limitarte. En algunos ensayos he reivindicado a Castaneda y una parte de Cortázar, que en Buenos Aires es casi lo peor que uno puede hacer. Lo hacía porque iba con mi naturaleza, traicionarla me enferma.

En Argentina, lo digo sin tener un conocimiento absoluto del terreno, quizá hay dos campos muy marcados en el mundo literario.


Puede ser. Autores más técnicos y otros que son más vitales, con diferentes formas de escribir, no es que se unifiquen.

Y por otra parte el realismo argentino además de describir tiene una fuerte voluntad de generar textos de ideas.

Por supuesto. Yo estudié filosofía, pero claro, no me interesa mostrar mis lecturas de manera evidente.

Lo expresas mediante metáforas que son moralejas poéticas.


Me resulta estimulante la forma de pensar la filosofía. Asimismo leer ciencia-ficción me estimula para pensar otra cosa, y géneros menores te estimulan a pensar géneros mayores.

Lo menor es una palabra espinosa porque los temas cotidianos son épicos.

Totalmente. La palabra menor si la repites mucho hace surgir la palabra enorme.

¿Es el primer libro que publicas en España?


Es el primer libro que publico en España y también es el primer libro que presento. Es algo que no me gusta, pero aquí los editores me cayeron bien y me animé.

¿No presentar los libros es tu manera de rechazar todo lo que representa el mundillo literario?

No tanto eso. Es más bien no hacer cosas que no tengan que ver con mi naturaleza. Prefiero ser leído, pero no tener que estar todo el tiempo presentando. Como la canción de Maná, fumar y dibujar.

Y siendo poeta quizá te apetece más recitar, que hablen las palabras.

Eso me encanta, y en mis recitales leo más otros autores, me gusta más.

Pues da gusto escuchar algo así ahora que la literatura se está convirtiendo, aunque por suerte no ocurre en el 100% de los casos, más en una cuestión de imagen, una especie de pasarela absurda donde prima más eso que el contenido.

Eso es horrible, me siento completamente alejado de eso. Odio los VIPS. Por ahora, y espero que siga así, pude escapar de eso. Que hable el libro.