jueves, 14 de abril de 2011

Diálogo con Ignacio Martínez de Pisón en Revista de Letras




Diálogo con Ignacio Martínez de Pisón
Por Jordi Corominas i Julián | Portada | 11.04.11


Tras muchos dimes y diretes logro terminar El día de mañana (Seix Barral, 2011) de Ignacio Martínez de Pisón el martes a las cuatro de la madrugada. Ocho horas más tarde llego a la cafetería de La Central. Ni rastro del escritor aragonés afincado en Barcelona. ¿Juega a emular a Justo Gil, misterioso protagonista de su última novela? No. Giro la cabeza y aparece. Había salido a tomar el aire. Pide una Coca-Cola, hablamos de algunos detalles, enciendo la grabadora y procedo a preguntarle sobre una obra polifónica que viaja por la oscuridad del Franquismo y la Transición con sentido crítico y una agudeza narrativa muy difícil de hallar cuando la prosa se mezcla con la Historia en mayúsculas.

En Dientes de Leche la estructura polifónica surgía mediante la familia. ¿Cómo se te ocurrió la idea de El día de mañana?

En Dientes de Leche me atenía a una estructura mucho más tradicional, la de la saga familiar. Había algún pequeño cambio temporal. La novela empezaba con el nieto acompañando al abuelo a un aquelarre fascista, aunque luego volvía al principio y contaba la historia de la familia Cameroni a lo largo de tres generaciones. En el caso de El día de mañana no tenía una estructura a la que atenerme, tenía que construir el prototipo que mejor se ajustara a la idea de la novela. Lo importante para mi era que el personaje principal no podía tomar la palabra nunca, tenían que hablar de él otros porque me interesaba crear un personaje enigmático, con múltiples visiones de su carácter, y también me interesaba que la historia no quedara concentrada a una simple trama de policías y confidentes.

Justo Gil es un personaje que antes de ser confidente sabe mucho de los demás, pero nadie sabe nada de él.

Es un hombre bastante discreto al principio y al final acaba siendo secreto, porque oculta muchas cosas. Me interesaba que el eje que organizara el material narrativo fuera él, pero que el material fuera muy amplio, que no sólo hablara de ese mundillo sino que hablara de la sociedad del momento, de esa clase media pujante que en el fondo era la protagonista del cambio social y político que se estaba produciendo. Todos esos puntos de vista que se complementaban abrían el campo de acción de la historia y me permitía llevarla a terrenos muy diversos. De otro modo habría sido una novela de género.

Abarcas muchos estratos sociales, cuando empieza la narración los inmigrantes son solidarios y se ayudan unos a otros.

Es lo que ocurría. Hay incluso inmigrantes de varias generaciones. Justo llega a principios de los cincuenta, pero, por ejemplo, Carme Román ya es hija de inmigrantes y nació en Barcelona. Al mismo tiempo hay personajes que son catalanes de varias generaciones y luego hay gente que está aquí porque el destino la ha traído aquí, como Mateo el policía, al que le llaman “el catalán”. Me interesaba que la suma de los personajes diera una visión bastante completa de la sociedad del momento.

Normalmente el novelista de Barcelona se centra en una zona de la ciudad. En El día de mañana paseamos por toda la capital catalana: Meridiana, Llars Mundet, Guinardó, Tuset Street, Via Laietana…

Las novelas barcelonesas tienden a coger la ciudad en el momento de esplendor o de gran crecimiento que viene a coincidir con el Ensanche, que anunció una clase social, la burguesía, que crece, y con ella la ciudad. No me interesaba escribir una novela de Barcelona, no tomo la ciudad como personaje, pero al mismo tiempo quería una Barcelona viva y reconocible.

¿Por qué elegiste como figura central de la trama a un confidente de la policía?


Es un tema que nunca se había tocado, y eso siempre es una garantía. Es un poco como lo que comentábamos antes de Dientes de leche. Nadie había escrito una novela sobre fascistas italianos en España. Eso te garantiza que el territorio está libre y que por lo tanto nadie te impone una plantilla a la que someterte o con la que discrepar. Me gusta partir de cero, inventar y rehuir el cliché, el lugar común, lo que ya está contado. La Brigada Social en realidad da lugar a literatura testimonial a través de la gente que ha pasado por las comisarías, detenidos y torturados en los calabozos. Tenemos su testimonio, pero evidentemente ni policías ni confidentes han hablado mucho de eso.

No hay testimonio de su funcionamiento interno.


Normalmente predomina el punto de vista del joven comunista torturado. En cambio los policías nunca hablan. Quería saber porqué en el Franquismo uno se hacia policía y cómo era capaz de convivir con eso, que mentalidad debe tener alguien para aceptar ser cómplice de torturas. Por eso me interesaba mucho desarrollar el personaje de Mateo el policía. Viene del barro, su madre probablemente es una prostituta que esta por ahí y él en el fondo se siente franquista.

Pero Mateo es un profesional.

Sí, y luego es un demócrata (risas).

Se adapta al viento que sopla.

Sí, al régimen que le toque.

En cambio del personaje de Justo me interesa mucho el proceso que le lleva a convertirse en confidente. La suya es la historia de un fracaso.


Es la historia de alguien que comete un error, y ese error le va a perseguir. En realidad, su necesidad de dinero está justificada. Lo busca para curar a su madre enferma, estafa y eso le conduce al error que le perseguirá hasta el fin de sus días, y en algún momento va a tener que purgar su fallo.

Tiene varias negaciones de sí mismo. Cuando llega es un ignorante que con el tiempo se transforma en un trepa perfecto.

Aprende mucho porque es listo. Aprende a comportarse y a vestirse de una manera. Los demás creen que será fácil desenmascararle, pero resulta que no, se gana la confianza de unos y otros. Entretanto la historia ya ha empezado. Estafa a una chica y seguramente a más gente.





Los cimientos para ser confidente se intuyen. Lo que condiciona totalmente el hecho es su fracaso al pensar que podía mover los hilos sin problemas.

Pensaba que podía manejar la situación como había hecho anteriormente con algunas mujeres, también con jóvenes que le facilitaban negocios. Cree que puede comerciar con la policía, y lo que ocurre es que ésta lo utiliza. Pasa de negociar por máquinas de escribir a vender a sus seres más próximos, lo que le convierte en un personaje abyecto. Más que su trabajo de confidente me interesaba su evolución hasta llegar a convertirse en lo que se convierte. Y cómo al final no sólo es un confidente, queda atrapado en esa red y la policía lo usa como colaborador para los trabajos más sucios, algo que realmente ocurría antes de la muerte de Franco. La policía usaba a tipos como Justo para que colaboraban organizando grupos de extrema derecha, Fuerza Nueva o Guerrilleros de Cristo Rey, o para que se infiltraran en el movimiento anarquista para acabar con el enemigo.

¿Tenías claro desde el principio el hilo cronológico de la trama?

Sabía que tenía que llegar hasta después de la muerte de Franco, hasta el 77 o el 78.

Lo digo porque a partir de la evolución de los personajes se enhebra un retrato urbano que muestra los cambios de Barcelona a partir de elementos muy sutiles, como los bares: Velódromo, Bocaccio, Sapporo…

La mayoría de los bares que salen existen o existieron. Aquí también menciono el Sandor, que suele mencionar Sagarra. Las anécdotas del Taita, con sus papelitos colgando y chicos fumando porros en el salón de atrás, me las contó Enrique Vila-Matas. De repente se pasa de la taberna al bar. Surge un nuevo grupo social, los jóvenes, que tiene dinero y desea divertirse. Es un fenómeno de los años sesenta.

Y Justo empieza saliendo con jóvenes modestos y termina intimando con los niños bien de Barcelona.


En el fondo si lo miras bien es un poco lo mismo, es clase media, que ha recibido demasiada poca atención de los novelistas, y a mi me parece que tiene derecho a ser protagonista de las novelas al igual que es protagonista silenciosa de la Historia.

Como si no interesara la normalidad, como si nos diera miedo.

Como la normalidad nos invade por todas partes parece que no tiene categoría para ser literatura, pero creo que la clase media merece algún libro de vez en cuando, y llevo escribiendo toda mi vida sobre gente normal de ingresos normales y problemas normales. El problema de Justo es que es un desclasado; viene del escalón más bajo, sube y, pese a mantenerse económicamente con el dinerillo que le pasa la policía, pegará la gran caída también desde un escalón moral.

Y al ser un desclasado puede ser camaleónico.

Sí. Es una persona que no pertenece a la sociedad, y por eso va a llevar la vida que va a llevar, es un hombre sin integración posible.

Por la misma estructura del libro Justo es visible invisible. No aparece como voz y surge mediante el testimonio de los demás.

¿Crees que la novela se sigue bien?

Sí, se sigue bien.


Al ser una novela larga me pregunto si la gente la leerá a lo largo de un largo período de tiempo, y si es así me planteo si recordarán en la página 200 un dato que salió al principio.

Sí, te puedes acordar.

Hay novelas que es mejor leer en poco tiempo, sobre todo las corales, de otro modo te pierdes.

El lector está bien guiado. La mención a quien recuerda en cada momento orienta y evita confusiones. Hasta en la primera parte, donde hay más voces, se sigue sin problema. ¿Esa acumulación inicial se debe a la intención de perfilar el personaje en sus rasgos esenciales?


Sí, y además algunos de estos narradores no vuelven a salir, como el que menciona sus dotes para vender. Dice que era atento, avispado, detallista, se fijaba mucho, estaba muy atento, hablaba poco, reconocía rápidamente una cara. Nos dice cosas que nos van a servir luego. Un soplón hace eso.

Al fin y al cabo la primera parte está llena de pistas.

Das datos que luego serán útiles.

Y Justo fracasa en su negocio y desde ese instante es un derrotado.

Nunca vence. Las reglas del juego las ponen los otros y él se limita a hacer lo que le corresponde. Se queda atrapado. Comete errores de percepción e interpretación de lo que está ocurriendo. Quizá de haber leído bien la realidad podría haber escapado de su destino, pero siempre analiza mal los datos clave.

Hay un momento en que si puedes pensar que está realmente enajenado, que es cuando se alía con Hilario.

Hilario es un esquizofrénico agudo.

Y es quizá el personaje que refleja mejor un cierto tono humorístico en algunos pasajes de la novela.

La novela en sí no es humorística, aunque hay algunas historias de la misma que sí tienen envoltorio humorístico.

La cotidianidad por muy trágica que sea siempre tiene un punto cómico.


Sí, y además los personajes son humanos y por lo tanto tienen momentos de grandeza y ridiculez. El mismo Justo Gil cuando realiza su primer trabajo como confidente cita a Mateo en el zoológico con los delfines. El policía lo tilda de peliculero por lo de los delfines salpicando todo el rato de su charla. ¿No podía elegir otro sitio para quedar? (risas).

Cutrerío hispano.


Cutrerío hispano años sesenta, auténtico (risas).

Haberlo haylo.

Existe, no vamos a esconderlo.

La historia al fin y al cabo es épica, y quién dice que lo épico no puede tener humores y tonterías típicas de la realidad.

Podríamos resumir la novela desde Justo, pero coges cualquier página y hay miles de historias. Cada uno de los personajes secundarios tiene sus vivencias, y hasta se inventan trayectorias para cambiar su biografía una vez muere Franco para actualizarse o adaptarse al contexto histórico.

Y tampoco eran tantos los que luchan por provocar la caída del régimen.

Cuando volvemos la vista atrás comprobamos que los combatientes contra el régimen eran los comunistas, PSUC en Cataluña, PCE en España. El catalanismo con la iglesia de por medio hizo gestos simbólicos, y en el País Vasco estaba ETA. La oposición al Franquismo no caló. Cuando Franco pedía que la gente fuera a la Plaza de Oriente la gente iba, y aquí en Barcelona lo mismo y lo aplaudían. Igual que De Gaulle consiguió convertir a la Francia colaboracionista en Francia de la Resistencia, luego con la democracia Suárez, Pujol y otros han conseguido convertir al Franquismo sociológico en demócratas. Es un poco lo que cuenta Javier Cercas en Anatomía de un instante sobre Suárez. De repente hubo un cambio, muere Franco y todos somos demócratas.

En España somos mucho de “el Rey ha muerto, viva el Rey”. El 14 de abril de 1931 todos a la calle por la República…


Y luego llega el Ejército de Franco a Madrid en 1939 y todos a celebrar.

Y lo mismo con la coronación de Juan Carlos I. Y hasta ahora.

La conversación se desvía durante un breve lapso al mencionar Operación Gladio de Benjamín Prado y las sibilinas estrategias de la CIA para detener el Comunismo en Europa, hasta que retomamos el hilo y nos metemos de lleno en los vericuetos de la literatura en relación con la Historia reciente.


¿Crees que la literatura española debe escarbar siempre más y más sobre la Historia reciente?

Creo que las generaciones más jóvenes no tienen interés por este discurso, pero hay que redescubrir la Transición. Hay un discurso oficial que dibuja la Transición como un período modélico que sirvió para otros países. La realidad es otra. Las cosas salieron bien, aunque con un alto precio en sangre.



Hace escasos días un periódico publicó una encuesta en la que más del 90% de españoles consideraban modélica la Transición, y desde mi punto de vista ese dato estremece, me parece preocupante porque significa que se han creído la versión canónica.

El gran demonio para el régimen era el Comunismo. El PCE llevaba desde mediados de los cincuenta predicando la reconciliación nacional, y después el Eurocomunismo. Cuando muere Franco son los que más ceden y los méritos se los llevan otros. En 1977, en las primeras elecciones, sacan cierto rédito electoral y en 1982 son barridos y desaparecen de la Historia de España.

No es tanto una reforma democrática como una reforma pactada. El PCE cede y se baja los pantalones renunciando a la bandera republicana y aceptando la Monarquía. Estas concesiones repercuten en la derrota total del ideal previo.

Pero eso no es correcto. Sí es cierto que los símbolos se aceptaron y el PCE hizo muchas concesiones. La figura del Rey era muy discutida en la Transición. El golpe de Estado consolidó la figura de Juan Carlos. Hay que recordar que se asomaba al balcón de la Plaza de Oriente al lado de Franco, no solamente era su sucesor, compartía las responsabilidades de imagen del régimen. Hasta febrero de 1981 se aceptó la Monarquía, pero era algo muy cuestionable. Sin el golpe no sé si ahora tendríamos Monarquía.

Volvamos a la novela y hablemos de sus claves para desentrañar el enigma Justo. Curiosamente hay dos personajes que abren más la vía para resolver el misterio: el senador que recibe, ya en democracia, los informes policiales del Bocaccio y Manel Pérez, el periodista, que en cierto modo es la otra cara de la moneda de Justo.

Manel, como Justo o el nieto del senador, se dedica a recabar información, mientras los demás simplemente viven.

Y el periodista es protagonista porque puede anular a Justo al ser su igual actualizado al tiempo que le corresponde.


Sí, a la generación posterior. Me gusta que las novelas sean interpretadas. Hay personajes secundarios, pero necesarios. Sin embargo, los que atraviesan toda la trama, Mateo y Carme, son los verdaderamente necesarios para armar una historia que resumida sería la de una amistad absurda y extraña.

¿La de Justo y Mateo?

Sí. Me lo contaba el policía con el que contacté para documentarme. La relación que se establecía con el confidente era de amistad. El policía ayudaba. Tenía una serie de confidentes. Uno era estudiante de arquitectura, y cuando las cosas se pusieron mal animó para que fuera a terminar la carrera en Suecia hasta que todo se calmara. Otros confidentes lo pasaron peor, eran más arrastrados.

Da la sensación que tienes especial cariño por el personaje de Mateo a partir de su vertiente humana.

Mateo, pese a ser franquista, es un policía bueno con muchos rasgos positivos, y en una novela con un personaje tan negativo como Justo hacia falta roles más positivos, como también lo es Carme Román, quien pese a tanta desgracia siempre quiere salir adelante. Su único problema es que cada dos por tres aparece y reaparece Justo, siniestro como pocos. Realmente es la historia de un tipo que se va haciendo cada vez más siniestro a pesar de que el mundo a su alrededor da posibilidades de ser buena persona, porque incluso un niño abandonado como Mateo lo consigue.

Pero Justo tiene una cierta conciencia de pureza, porque al fin y al cabo su obsesión con Carme radica en eso, en expiar sus pecados.

Quiere redimirse y es consciente de lo mal que está. Siempre necesitamos una vía de redención. Justo se aferra a la última posibilidad, conquistar el amor de Carme, a quien hundió.

¿Cómo te documentaste para el libro?

Hay poca bibliografía. Hay muchos papeles de la Brigada Político-Social que se quemaron porque eran comprometedores para mucha gente, y los que quedan están sin desclasificar porque deben pasar cincuenta años, hasta 2020 no podremos consultarlos. Lo poco que se sabe son filtraciones bastante extrañas. He ido recabando información de otros sitios, pero no hay mucha documentación bibliográfica.

Supongo que determinadas ambientaciones y recuerdos ayudaron a perfilar mejor el cuerpo de la novela, pero claro, con la policía es más difícil.


Hay elementos de la Historia colectiva que deseaba en la novela, como la gran nevada de 1962, uno de los días más recordados por los barceloneses de más de cincuenta años, que probablemente también se acordaran de Bocaccio o la Caputxinada de 1966. Gente que quizá no tienen relación directa con los acontecimientos, y aún así forman parte de sus vidas al mismo tiempo que sirve para enmarcar la historia. Lo que ocurría en los calabozos era un misterio, no formaba parte de la vida de nadie.

Porque eran una parcela conocida pero oculta del poder.

Te metían por cualquier cosa en el calabozo. Te maltrataban y humillaban. Entrabas en un ámbito en el que carecías de dignidad.

Ya para terminar, me parece relevante ver cómo Justo tiene un accidente decisivo el día en que muere Franco. Desde ese momento su enajenación es absoluta.

La muerte de Franco cambia la vida de todos, la vida iba a ser distinta a partir de entonces.

Y para Justo el cambio es absoluto porque le metamorfosea el cuerpo.

Se convierte en un discapacitado. El mundo cambia para hacerle la vida más difícil y él desde ese momento va a ser una sombra de lo que alguna vez quiso ser.