jueves, 9 de abril de 2009

Alcanzar las nubes en Revista de Letras


Nota inicial: El lector que pretenda ver en mi texto una crítica al uso puede volver atrás y perderse en otros links más útiles. Si contara linealmente la odisea de Petit sería un escriba desalmado, un ogro reduccionista. Prefiero plantear pensamiento lógico a surcar mares ya conocidos. Es válido lograr lo excepcional desde la normalidad, pero es imposible reflejar lo extraordinario desde la simple reseña. Para entenderlo necesitamos desmenuzar las partes y alcanzar una mínima comprensión del proceso artístico.

Decálogo de las buenas costumbres: Alcanzar las nubes de Philippe Petit

En el silencio de la agitación eufórica algunas mentes prescindieron de la temporalidad y esperaron su recompensa. Alpha Decay publicó en el ya lejano noviembre de 2007 Alcanzar las nubes, libro donde el funámbulo francés Philippe Petit narra con la sabiduría que da el transcurrir de las décadas su aventura celestial entre las extintas torres gemelas de Nueva York, que por aquel entonces eran visibles sin inauguración. En una humanidad acostumbrada a vomitar noticias de quita y quita, nada de pon porque desaparecen, la gesta del francés va más allá del mero anecdotario y sirve como ejemplo para entender los puntos clave del proceso de creación artística.

Premisas para acometer iniciativas


¿La curiosidad mató al gato? Puede ser, pero no al creador. Nada mejor que ir a la consulta de un dentista y encontrarte revistas que no hablen de marujeos. ¡Arquitectura!¡Eureka! Petit lee un artículo sobre una futura construcción que dará más relumbre a la ciudad de los rascacielos. Dos torres gemelas en las que mirar hacia arriba y no disturbarse por extrañas bípedas presencias, progreso con base metálica. Ese primer contacto con su sueño enciende el chip de la aventura, la creencia personal de soñar una idea que vaya concretizándose desde la mecha hasta el incendio, resultado final de una larga singladura.

No nos olvidemos de la atemporalidad. La revista cae en manos del intrépido francés en el crudo invierno de 1968, pocos meses antes de la revolución estudiantil que sacudió conciencias en París, Pernambuco y Tokio. Mayo como símbolo, mayo como fecha demasiado específica que implica un acontecimiento de escasa brevedad, apegado a su tiempo y para su tiempo. Petit detesta ceñirse a la dictadura del reloj histórico. Necesita que sus pensamientos y estrategias prosperen con racionalidad, el caos es un enemigo lascivo con el que no conviene acostarse si se desea la grandeza absoluta.

Además de tener el cerebro en su sitio, el funámbulo cuenta con la ventaja de su juventud, cargada de ímpetu y voluntad de poder en un sentido artístico. Es ambicioso e ignora el límite. Si lo considera oportuno se lanzará al vacío. El único problema es que sus experimentos son individuales aunque colectivos. No infraestructura, no party baby.

Necesidades antes de emprender el vuelo
El chip reposa. Vuelve a activarse cuatro años después del providencial sacamuelas mediante el Paris-Match. ¡Construyen las torres! Suena medieval, como si pequeñas criaturas erigieran un templo gigantesco. Es verdad, la diferencia es que hace siglos se construían pensando en albergar la esencia de Dios mientras que en 1972 nacen como guarida y masacre del capitalismo triunfal antes de petróleos y aviones. Petit es de ambos mundos. Antes de irse a Nueva York voló con los pies en el alambre en Notre Dame y Sydney. Se aburre de las Galias. América es la solución con objetivo.



Para cumplirlo necesita ayuda y convertirse en estratega. Organización, riesgo y planificación. Algún lector podrá argumentar que en esta trilogía falta el azar. Lo añadimos sabedores de su importancia; sin embargo, creemos con firmeza que en una excepcional aventura como la de Petit la suerte juega un rol decisivo por hermanamientos estelares y tesón del empecinado artista, empeñado en bailar alambicados valses por imposibles cuerdas flojas.

Organización. ¿Cómo imaginan que se cruza el cielo a cuatrocientos metros de altura? Con mucha planificación que implica riesgo. Los amigos del héroe se comprometen. Uno fotografiará el evento, otro lo acompañará para tensar el leve hilo que lo une al cielo. Los demás vigilarán en el asfalto de los mortales. Antes del día D y la hora H conviene subir al piso 110 en más de una ocasión, conocer las mil puertas de los magnos edificios y elaborar complicados cálculos perfectos. Es un crimen sin muerte, una operación de espionaje paralela al Watergate con escuchas destinadas a la paz del instante en que el universo se detendrá al cruzar un funámbulo dos torres.

¿Espionaje? Eso no entra en el proceso artístico, ahora bien, al hablar del esfuerzo colectivo tenemos que contemplar la traición, que en muchas ocasiones debemos asociar con la cobardía del débil incapaz de seguir al valiente en su hazaña. Las bajas bélicas carecen de importancia cuando se vislumbra con claridad la meta. No se cede ante la banalidad. ¿Cómo hacerlo tras burlarse de la autoridad en forma de periodista o cualquier otra cosa? Petit y sus compinches han actuado como los Dioses antiguos, metamorfoseándose ante los humanos para acertar en su camino de trazos con inverosimilitud verdadera.

Tres alegres epifanías: orgasmos y conclusiones ( ritual, magia, poesia, poder)

Anochecer del seis de agosto de 1974. Cuatro jóvenes en dos torres. Inquietos, ardientes de expectación antes de dominar un territorio que, por el momento, no les pertenece. No hay ritual en lo innovador al no existir facilidad para quien emprende retos ignotos. Hay guardias que vigilan y sonidos desagradables. Cuando se instale el silencio ganador la victoria aún estará en entredicho. Tendrá que intervenir la magia de la precisión, sortilegio de trabajo y técnica para culminar el puzzle. Una flecha que enlace metales, dos torres hermanadas por un alambre. ¿Cantan los pájaros? Sí. También sobrevuelan el escenario de la proeza en ese extraño amanecer neoyorquino. Para que la obra de arte sea del gusto del espectador tiene que superar el ingenio del creador e instalarse en su seno como algo querido y placentero. El escritor que genera palabras sin estar convencido de su labor nunca llegará al público sincero, el que agradece y goza el texto al entender elementos insondables. Petit amó las torres, hizo de su paseo celestial un homenaje a esas construcciones. Su individualidad cedió ante el todo y así pudo recorrer varias veces el largo y delgado trecho que separaba sus amadas obras arquitectónicas. Mientras lo hacía se convirtió en poesía, y cuando la belleza alcanza términos místicos, ¿quién antes hubiese imaginado su atrevimiento?, supera el ámbito de lo viejo para inventar lo nuevo en una victoria de la paciencia que es la del artesano sublime.

Falta el doble punto de exclamación que derrumbe cualquier duda. El 7 de agosto de 1974 Philippe Petit fue detenido. Al cabo de pocas horas su acto ocupó los medios de comunicación del mundo entero. Le absolvieron de un sinfín de cargos, hizo historia y pudo burlar nuevamente al poder al compartir titulares con el verdadero acontecimiento mediático de la década: la dimisión de Richard Nixon por el escándalo Watergate. !!

Nota final: El 11 de septiembre de 2001 dos aviones comerciales secuestrados por integristas islámicos derribaron la tierra metálica que Petit hizo suya sobrevolándola entre nubes y viento caprichoso. Su nombre, grabado en el piso 110 de la torre norte con tinta indeleble, desapareció, no así su recuerdo. El funámbulo se resiste a aceptar el adiós de sus objetos de deseo. Propone reconstruirlas con un piso más desde una base más ancha y resistente, una oda de resistencia frente la barbarie.

En marzo de 2009 Man on wire ganó el Oscar en la categoría de mejor documental. Esperemos que la dorada estatuilla permita que muchos lectores se asomen a las páginas de Alcanzar las nubes, aventura, crónica y locura de un genio ajeno a su tiempo por inconformismo, audacia y desafío. Armas mágicas, gloria infinita.

Jordi Corominas i Julián
http://corominasijulian.blogspot.com
http://www.revistadeletras.net/alcanzar-las-nubes/