jueves, 23 de abril de 2009

Matar en Barcelona en Bcn Week


Hay calles que parecen pulsar teclas prohibidas. Si observamos el fenómeno desde el recuerdo nostálgico, podríamos visitar en París la Rue des mauvais garçons, chicos malos del siglo XVII que aterrorizaban a los habitantes del barrio de los Vosgos. En Londres, la atmósfera de terror criminal se manifiesta con especial virulencia en Whitechapel, donde un hombre anónimo se convirtió en el primer asesino en serie mediático. Corría 1888. No tenemos constancia de un Jack el destripador barcelonés, pero si de una zona maldita que marca la historia de la crónica negra con protagonismo adolescente de nuestra ciudad: Calle Industria con pasaje Cataluña.

El asfalto nocturno en Barcelona es silencio y velocidad. En los barrios periféricos sólo el camión de la basura molesta a los vecinos. La madrugada del 24 de febrero de 1994 Juan Matías Luzón, 42 años de edad, circulaba con su vespa a 50 kilómetros por hora a la altura del número 266 de la calle Industria. No sabemos qué pensó segundos antes del golpe. Es posible que ni siquiera viera, como un susurro, la cuerda negra atada, a una altura de metro y medio, entre una farola y una tubería de agua. Más silencio. Ruido. Mucho ruido. Una caída y la muerte.

El plástico que le segó la vida vibró por el impacto, sin inmutarse. Juan Matías ingresó cadáver en el Hospital de Sant Pau como consecuencia de una leve herida incisa en la base del cuello. Además, el duro golpe contra el suelo le provocó la rotura de las vértebras cervicales, una lesión en la tráquea y cianosis creaneal, el síntoma del degüello.

No podía tratarse de un homicidio premeditado. Poner una cuerda entre dos extremos en una calle desierta es jugar a la ruleta rusa. Los vecinos pensaron rápidamente en tres chicos de familias con problemas. Los gemelos y su amigo confesaron a la policía su gamberrada. Querían ver cómo un coche rompía la cinta. Su edad les libró de una más que segura condena.

Por esas mismas fechas Reynaldo Tapias trabajaba de mecánico de bicicletas en Bucaramanga, Colombia. Adoraba su profesión y pudo vivir de ella una vez se trasladó a Barcelona. Su sueño era ganar dinero para que toda su familia se reagrupara. En verano de 2001 llegó a Barcelona el benjamín, Ronny, un chico tranquilo que se adaptó al nuevo contexto y lo hizo suyo sin dificultades. Disfrutaba de los estudios, aprendía italiano y alemán por su cuenta y chapurreaba el catalán. Los fines de semana ayudaba en un negocio de decoración. Sus compañeros le adoraban.

A principios del siglo XXI la irrupción de las bandas juveniles cambió el rostro de la violencia urbana. La indumentaria, estética y ciertos comportamientos de los grupos latinos encendieron una alarma que no estalló hasta que unos chicos, probablemente por error, asesinaron a Ronny Tapias.

El domingo 26 de octubre de 2003 llovía. Tres chicos dominicanos –Che, Pavel y Charly– se resguardaban en una caseta del Parque La Marquesa, a escasos metros de la discoteca Caribe Caliente, epicentro festivo de la comunidad latinoamericana. Fumaban un cigarrillo cuando vieron acercarse a una veintena de Latin Kings que acusaban a Pavel, menor de edad, de ser Ñeta. Su amigo Che fue su cómplice en una pelea sin vencedores ni vencidos. Al día siguiente, en la plaza Reina Amelia, ambos comentaron con otros compatriotas de lo sucedido. Clamaban venganza.

Sabían dónde estudiaba uno de sus agresores. El martes 28 de octubre de 2003 esperaron, armados con varios cuchillos, la salida de los estudiantes del Instituto Sant Josep de Calassanç. Eran las cinco y cuarto de la tarde. Pavel vio a Ronny Tapias y lo identificó. Se equivocaba. Su Ronny también era colombiano y tenía el pelo largo. Únicas, banales coincidencias.

Ronny Tapias iba con un amigo, escuchaban música, caminaban distraídos. Al llegar a la copistería de la calle Industria con pasaje Cataluña se vieron rodeados, “de forma súbita e inmediata”, por cinco desconocidos. Uno de ellos fue hacia el adolescente ejemplar y le asestó una única y mortal puñalada. Caminó varios metros, cayó al suelo y murió. Tenía 17 años.

El caso provocó varios debates en la sociedad española. Se tomó conciencia de la vertiginosa transformación social producto de la inmigración, aunque el gobierno de José María Aznar y los voceros del régimen usaron el asesinato de un inocente para criminalizar a todo un colectivo y querer aumentar el control ciudadano endureciendo la ley del menor, algo que no se produjo por la victoria electoral del PSOE, tres días después de los atentados de Madrid.

Se celebraron dos juicios. A finales de abril dos menores dominicanos y otro de nacionalidad colombiana fueron condenados a ocho años de internamiento en régimen cerrado y cuatro de libertad vigilada. La sentencia fue confirmada en noviembre de 2006. Por su parte, el juicio contra tres dominicanos y tres colombianos mayores de edad, se saldó con la condena de los primeros a 17 años de cárcel por el asesinato de Ronny Tapias, quien vio el cielo antes de tiempo por una estúpida confusión con final en la zona maldita.

Jordi Corominas i Julián

Comic: Jordi Relaño/Iván Córdoba