martes, 21 de abril de 2009

Orlando: historia de un sin papeles en la Revista de Letras



Orlando: historia de un sin papeles
Por Jordi Corominas i Julián | Crónica | 13.04.09


En octubre de 2003 decidí entrar en un local de la calle Progrès, en el barrio de Gracia. Me tentó la oferta especial de buen vino a un euro. Irresistible. Frascati, Rioja y Ribera del Duero. Buenos blancos y mejores tintos. El local era acogedor, de madera estética hacia la transformación del barrio a las tendencias más fashion del momento. Lo dicen siempre y nunca ocurre. Bien. Las fotos eran de época, blanco y negro clásico, años veinte y luz tenue para parejas hambrientas. Un patio exterior y música de las mejores baladas románticas de la historia del cine. Me cansaba escuchar la insoportable melodía de Love story. Reí y recordé su tarareo para unos enamorados de siete de la mañana, lujuria de coche, resaca de amanecer. De repente, una voz. ¿Cómo les baila? Un señor de metro sesenta y cinco y doble de media humanidad chispeaba amistad en sus ojos. ¿Quieren que les prepare algo de comer? ¿Unas patatas baby con sobrasada? ¿Pan con queso fundido? ¡Pan de chapata! Viva Zapata soltó mi amigo Bernat. Arnau elaboraba una de sus listas infernales, elencos grotescos sobre fornicaciones y fantasías. Venga sí, danos esas patatas y trae la tostada de marras. Dicho y hecho. Éramos los únicos clientes. Orlando soltó un divertido monólogo sobre su existencia, se quitó el delantal de cocinero y acabó emborrachándose con toda la panda. Y así durante meses. Hasta que le despidieron por faltar un día. Si lo piensan, encandilarse por unas patatas baby con sobrasada, ¡o alioli!, es bastante idiota. Nos quedamos por el vino barato y el sabernos dueños del lugar. Eso sí, hubo un antes y después de Orlando y su ausencia de noche toledana ampliada hasta la mañana, la tarde y lo que ustedes quieran.

Fue así como Orlando entró en mi vida. En La scomparsa di Majorana Leonardo Sciascia recuerda que los muertos se van, pero los vivos desaparecen. Mi amigo chileno se esfumó por jugar sucio; los motivos del adiós no son importantes. Interesa su historia, relato de un inmigrante que lleva seis años en España sin papeles por voluntad propia. Quien escribe puede atestiguar que fueron muchos los que apostaron por legalizar la situación del mapuche. Tantas negativas ante tan buenas oportunidades incitan a la sospecha. Olvidémosla y centrémonos. Cada uno, o eso dicen, es dueño de elegir su destino.

Orlando llegó a España a finales de 2001. Nació en Santiago de Chile en mayo de 1964 y creció en un ambiente familiar propicio. El arrabal era su barrio, donde jugó, estudió y se inició al sexo. Error. A veces Orlando destruía su propia cronología y comentaba del dramático peregrinar hasta Perú a los seis años de edad. ¿Pero chileno a muerte,eh? Decidió estudiar peluquería, muy en boga a principios de los ochenta, y puso todo su empeño en triunfar. De las historias del padre melómano queda poca memoria. Ahora vive en Suecia y habla con sus hijos por Skype desde casa mientras ellos encienden el ordenador del locutorio.

Cortar cabelleras resultó lucrativo. Las enseñanzas de una tal Madame de Paris hicieron el resto. Orlando viajó por todo el continente. Conoció a hermosas modelos, retozó en los mejores hoteles y probó los mejores néctares en discotecas de lujo. Quedó cuarto en un concurso panamericano entre hombreras y ritmos latinos. Luego no sé muy bien qué sucedió. Esa es la parte oscura, un mutismo entre Brasil, Argentina y Paraguay. Willy Fogg de las tijeras, inventor biográfico de soi meme.

Orlando ahorró dinero y compró el billete para Europa, la tierra de las oportunidades. Eligió nuestro país por el clima y el castellano. La ciudad condal parecía propicia para un buen empleo en su sector. Cuando aterrizó era del Real Madrid. Todos tenemos alguna conversión camino de Damasco. La suya fue futbolística. Si van por los bares de Gracia y ven a un señor con cierta similitud con el puma Rodríguez, las estatuas de la Isla de Pascua, Ibarretxe, Maradona o el presidente Correa habrán dado con el hombre que más sabe del Barça en toda la faz de la tierra, el ser capaz de criticar a un amigo por no poder ver demasiado fútbol, el optimista insaciable que aún viendo el barco a la deriva se niega a crucificar a Ronaldinho y Deco al ser muy buenos y merecer perdón divino.
Mi vida sin mi no es vida



Orlando es más papista que el papa. Rikjaard era Jesucristo redivido y Guardiola el catalán más guapo del Universo. Que bien juega mi Barça, como la tocan. Una cerveza Antonio, ya pagaré la próxima vez. Un golazo de categoría. ¿Qué dices del niño Torres? Yo les pondría aquí y así, ganaríamos la Liga de calle. Ponme otra, va.

Nadie le dio la oportunidad de ganarse el pan. Optó por ser peluquero a domicilio. La red de contactos latinos funcionó y durante una temporada pudo subsistir, siempre en pequeños cuartos, extraños habitáculos con veinticinco personas, poco espacio y horarios intempestivos. Renunció a la vocación y se hizo instalador de aire acondicionado. Faltó una vez. Le perdonaron. Doble amarilla y expulsión. Probó suerte en la obra. Se aburría, no estaba preparado para endurecerse las manos con cemento. Borrachera, disculpa, borrachera, expulsión. Orlando no tiene ningún tipo de alcoholismo, según un amigo en común le falta una enzima que propicia caer en los efluvios de Baco. Dos cervezas y visión borrosa, incongruencias, desacato y gangosidades por doquier.

Del andamio a la cocina. La misma suerte. Curso para instalar paneles solares. Primer tiro errado en la ruleta de las papeles. Un canadiense le insistió para asistir a esas clases. Le hizo creer en un futuro de economía sostenible contra el cambio climático. Las abandonó e ingresó en la más absoluta decadencia, no sin antes dejar que su amigo Patricio, la bondad personificada, acogiera su demanda de un sofá para dormir. Vale Orlando, te quedas dos semanas…se convirtieron en seis meses donde el chileno no pagó ninguna factura y se enfrentó con el legítimo compañero de piso, un argentino altanero que prefería ser italiano por glamour. El clímax de la miseria fue un jueves a medianoche. Humo de bienestar, música cubana. El mapuche en la puerta tiene cara bronca. Y la quiere. Avanza con paso firme y mira a los ojos de Patricio. Chilla y enrojece. Hoy compré un kilo de arroz y cuando llegué a casa sólo quedaba la mitad. ¿Qué derecho tenías de comértelo? La discusión duró poco. Alguien perdió su habitual paciencia y le recriminó su actitud. ¿Cómo se atrevía a reprochar a su benefactor por esa minucia tras vivir medio año gratis?

Esta anécdota, principio del fin que se alargó de 2006 hasta hace escasas semanas, ilustra la perplejidad que causaba el personaje. En las tertulias de los martes la mayoría mostraba su sorpresa por aguantar a Orlando. Es que mira, sé que tiene estas cosas, pero me cae bien. Ése era el pensamiento general. Estábamos hipnotizados pese a ser conscientes de un fallo catastrófico en la maquinaria. Los recién llegados lo tomaban en simpatía desde la primera palabra. Ese era su huracán de victoria mientras jugábamos al dominó, tomábamos cervezas y nos carcajeábamos por sus ocurrencias.

Orlando era un sabio distraído. Sólo así podemos entender su afición por la Historia antigua y de América, sus neologismos errortipográficos, etrucsos era un número uno, y su descomunal afición a la frase como te gusta la huevada, broma recurrente entre un sector de la población de la Gracia que media entre calle Llibertat y Plaza del Sol. Sólo así podemos entender que durante casi un lustro desconociera ser posesor del NIE, pasaporte para sus papeles y la regularización. Algunos historiadores de nuestro biografiado mencionan entre las causas de tal descuido o desdén la esperanza del individuo en cuestión en lo relativo a sus planes futuros. Siempre tenía una idea genial. Una vez quiso ser autónomo y abrir un negocio de tortas chilenas. Quería comprar una camioneta y repartirlas por toda Barcelona. Al cabo de unas semanas decidió que lo mejor era ir a Suecia para ver a su padre, quien le daría trabajo. Sentía nostalgia de una nochevieja que vivió en dos continentes. En Chile, cielo estrellado. En Estocolmo contaminación y negritud. Las nocheviejas en Suecia son tristes. Gol del Barça. Soñó con plantar árboles en Canadá, le concedieron una reunión especial para gestionar su contratación, se encorbató para la ocasión y dejó escapar el tren. Como siempre.

Harto de Barcelona, o eso creímos, aceptó una oferta para vigilar unos campos en Blanes. ¿Un neoBolaño? Dormía en una roulotte, plantaba marihuana y se empapaba de prensa deportiva. Bajaba a la urbe con frecuencia para pasear a dos perros de una adinerada señora de Sarría. Treinta euros y al bar. Hola, ¿cómo estás? Una noche le quitaron la bici por conducir en evidente estado de ebriedad. Se inscribió al bicing.

En todo relato, y les puedo asegurar que la única mentira del mío es el nombre del protagonista, tiene que existir un carácter que tense la cuerda y provoque la explosión de ruptura. Uno de esos caballeros de la memoria histórica desdeñada, la que palpa y mama calle, hizo migas con Orlando. Compartieron partidos, efemérides y vericuetos. Se enfadaron por tener demasiado asueto, minutos muertos antes de apretar start. Eso provoca, aunque no es tautológico, demasiada cavilación y hastío. Las tormentas estallan sin avisar. José Luis, recuérdenlo enhttp://www.revistadeletras.net/la-otra-memoria-historica/, se hartó y lo mandó a freír espárragos por criticón, espía del KGB, era la única teoría válida para argumentar la subsistencia del enemigo, y chapero. Pese a tener la agenda tan repleta de actividades Orlando compartió mesa con nosotros durante unos meses más, hasta que una alma caritativa quiso conseguirle los papeles por la vía legal y el afortunado, que veía la meta sin necesidad de salvar obstáculos, decidió crear un último e inenarrable número circense que arruinó definitivamente su reputación.

No hay moraleja en la narración. Los medios de comunicación actuales, y si me apuran hasta cierta literatura, se relamen comentando su apego a la realidad para ocultar lo parcial de sus informaciones y el poco deseo por aprehender de aquello que pisan millones de pies. Lo cotidiano no vende, pero algo en mi interior me dice que es urgente escribir sobre ello sin tapujos. No descubro la luna. Tampoco lo pretendo. Sin embargo, considero que en ese pequeño recipiente de humanidad hay una tesela útil para comprender nuestro mosaico; versando lo concreto podremos abarcar lo general sin recurrir al tópico.

Jordi Corominas i Julián
http://corominasijulian.blogspot.com


http://www.revistadeletras.net/orlando-historia-de-un-sin-papeles/