miércoles, 18 de noviembre de 2009

Entrevista con Mercedes Cebrián en Revista de Letras



Entrevista a Mercedes Cebrián por Jordi Corominas i Julián

Durante mi último viaje a Madrid tuve la suerte de conocer a muchas personas que de lo virtual pasaron a una maravillosa realidad. Entre tanto barullo de amigos y conocidos coincidí con Mercedes Cebrián y la curiosidad me llevó a la lectura de Cul-de-sac (Alpha Decay), donde a partir del textil el texto se mueve por aguas más profundas, lagos mínimos que surcan ideas muy contemporáneas.

¿Cuál es el punto de partida que inspira Cul-de-sac?

Cul-de-sac parte de mi fijación por los estampados textiles y, por otro lado, de cierta saturación hacia la idealización que Occidente siente a veces por la cultura del Lejano Oriente. De repente los ideogramas chinos y los silabarios japoneses aparecen en nuestras vidas como si fuesen meros trazos artísticos, y nos olvidamos de que en realidad son, ante todo, herramientas lingüísticas.

En otoño-invierno pasamos por Terrassa, Londres y China, unidas en una funda nórdica. ¿El capricho de la estética anula el lenguaje o simplemente lo limita desde un gusto homologado en el que caemos como borregos?

Es muy cierto lo de “gusto homologado”. A veces a la producción industrial le da un poco igual pasar por encima de lo que sea y cargárselo, como un elefante en una cacharrería. Si hay que hacer barrabasadas con el lenguaje se hacen, y punto. Hay miles de ejemplos de frases ininteligibles en inglés que aparecen en camisetas, pijamas, bolsas de deporte etc. desde hace lustros. Ahora le ha llegado el turno a las lenguas orientales.

Tanto en otoño- invierno como en entretiempo aparece el lenguaje de rayas, cenefas y filigranas en lo textil. ¿Qué significa para ti ese silencio?

Yo creo que no existe tal silencio en el diseño (y eso es lo que el relato quiere reflejar), como tampoco existe la ausencia de estilo en la escritura, por ejemplo. A día de hoy, a mí al menos me resulta imposible pretender salirme de toda tendencia o tribu urbana. Ser clasificado como “inclasificable” es algo codiciado por muchos, pero para los que vivimos en ciudades occidentales primermundistas y llevamos vidas relativamente convencionales (yo misma no sé bien qué se entiende por “convencional”), parece difícil.

¿Son los ideogramas orientales de la funda la punta de lanza de una invasión silenciosa que vivimos sin alterarnos o una simple moda de temporada?

Parece que Asia es el continente con más futuro, según las previsiones. Una vez más, habría que ver —y este no es el ámbito adecuado— qué se entiende por futuro. Pero el consumidor de sábanas y boles de cerámica decorados con sinogramas es la última ficha de ese efecto dominó. Si de repente a su alrededor no hace más que ver cuencos lacados en rojo y caligrafía oriental, acaba sucumbiendo a esa estética, creo yo, y si no le apetece, no tiene por qué preguntarse nada más al respecto. Digamos que los boles y la caligrafía vienen a nosotros, ya no hace falta buscarlos.

El Kilt de los MacLaine, seña de identidad, se transforma en mantelería con el amarillo para dar calidez. Antes eso era transgredir. ¿Qué es en nuestra época?

Siento hablar como una anciana, pero creo que aquí el que no corre, vuela, y no hay ya respeto ni a los tartanes escoceses de hace 500 años (y lo digo blandiendo el bastón). Es un poco manido decir que ese modo lúdico y atrevido de gestionar símbolos del pasado es propio de la posmodernidad, pero creo que viene al caso.

¿Lo clásico es moderno y lo moderno clásico? ¿Existen realmente a esta altura del partido?

Me veo obligada a decir cosas manidas de nuevo, citar el gusto por lo retro, el vintage… todo eso está en el relato. A mí me parece que a estas alturas lo que hay es un cacao semiótico tremendo pero, sobre todo, cosas más importantes de las que debemos ocuparnos.

Querer añadir algo al blanco tiene un punto sublime que parece desafiar a Malevich, pero también parece la máxima banalidad al sacrificar una especie de belleza natural, sin aditivos. ¿Cómo lo ves?

El toque añadido al blanco al final del relato es una muestra de horror vacui. Es parecido a lo que me ha pasado más de una vez comprando yogures naturales en algunos países: no había manera de encontrarlos sin rastro de sabor ajeno a su propio gusto a yogur. Lo mínimo a lo que se podía optar era a la vainilla: menos que eso era inconcebible.

Al final se plantea la revolución como un imposible. ¿No hay nada que pueda derrotar al gusto homologado que nos domina?

Me temo que no. Algunos dirán que el gusto “alternativo” vencerá, pero yo lo veo como otra variante dentro del catálogo de posibilidades. Pero tampoco me parece algo de lo que lamentarse, ojo.


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