domingo, 1 de noviembre de 2009

Homenaje a Pier Paolo Pasolini





El texto que sigue a continuación fue publicado en julio de 2006 en Pasolini.net después de mi visita al Idroscalo de Ostia, lugar donde encontró la muerte Pier Paolo Pasolini una noche de hace 34 años. Lo publico en el blog porque el recuerdo del poeta es imperecedero y su obra me dio y sigue dándome mucho.

Link original:
http://www.pasolini.net/contr_ago06_corominas.htm



Silencio congelado con viento metafísico:
el Idroscalo de Ostia
de Jordi Corominas i Julián


In nome della scandalosa forza rivoluzionaria del passato.
(Pier Paolo Pasolini )


Deseaba desde mi llegada a Roma visitar el Idroscalo y rendir homenaje a Pier Paolo Pasolini. Llevaba tres semanas en la Ciudad Eterna y era consciente que sólo podría realizar la visita en fin de semana, sin los agobios del ir y venir para cumplir con mis compromisos.

Elegí el sábado 15 de julio. Mientras iba hacia la estación pensaba en cómo había cambiado mi relación con el espacio capitolino. Siete años antes, cuando era un estudiante de veinte años, paseaba y buscaba la ruina, como si lo contemporáneo no existiera. Era un sabio ignorante. Conocía muchas cosas pero no daba valor a los nombres de las calles, pequeñas piezas de un puzzle lleno de vivencias trascendentales en el marasmo de la cotidianidad.

El cine y la literatura alteraron el orden. En 1999 buscaba foros imperiales. En 2006 caminaba y prefería toparme, así sin esperarlo, con la Vía di Panico o ir al Pigneto, algo impensable tiempo atrás. Mi yo cambiado por el interés hacia otras obras humanas. Los poetas de la modernidad habían desbancado al mármol de poder antiguo.

Y ese viaje a Ostia también era consecuencia de la metamorfosis. Cogí el tren y noté la extraña sensación de tiempo inmóvil. El vagón, donde era imposible sentarse ante la aglomeración de voluntad playera, seguía siendo un vestido arcaico de transporte, recordándome Una domenica d’agosto de Luciano Emmer. Sillas de madera, ínfimo espacio y personas exaltadas ante la cercanía del mar. Los adolescentes chillaban y yo, impaciente, sólo quería bajarme para investigar, pues pese a las pesquisas realizadas en internet no tenía ni idea de cómo llegar al Idroscalo. La red hablaba de un autobús directo, pero ello me parecía demasiado práctico, demasiado fácil ante la importancia del lugar.

Cuando me bajé en Ostia Centro fui a la estación de autobuses. Subí a uno que llevaba a la Vía del Idroscalo y esperé paciente a que la máquina me transportara. Bajé dos paradas antes, sentí el bullicio de los veraneantes y de repente encontré el silencio en medio de bloques de pisos rodeados de campos yermos con hierba quemada y una carretera en línea recta, infinita.


Me encontraba cerca de mi objetivo. Quedaban unos quinientos metros que se hicieron eternos. Las rejas y la hierba, el desierto urbano y unos pocos coches que rompían la quietud eran mi única compañía. Todo era cada vez más pasoliniano. Miraba a izquierda y derecha y fotografiaba esperando el momento de llegar al Idroscalo.

Me movía a ciegas. Treinta años después de la muerte del poeta no hay carteles que indiquen donde se encuentra el lugar donde alguien puso punto y final a su existencia. El horizonte no indicaba nada. El mar, punto inútil de referencia, no aparecía. Veía una lejana torre, zapatos esparcidos, calcetines en las rejas, botellas rotas y se me agolpaban recuerdos no vividos, memoria fílmica.

Puede parecer que exagere, pero durante aquellos instantes en mi mente sonó Bach, apareció Franco Citti en Accattone y Ostia e intenté imaginar al Alfa Romeo recorriendo ese asfalto de preludio homicida. Cerca de una curva, la única en esa locura, atisbé una abertura en la reja y leí, al lado de un pútrido palo, Parco dedicato alla memoria di Pier Paolo Pasolini. Había llegado y lo que contemplaba se parecía sólo parcialmente al falso recuerdo de vídeos, lecturas, voces y pensamientos sobre lo acaecido aquella lejana noche del dos de noviembre de 1975.

Me imaginaba el espacio más amplio, sin límites. Tampoco esperaba encontrar ninguna maravilla por arte y gracia del municipio. Es bien sabido que el homenaje a los poetas en este tiempo de videoclip es algo testimonial, se hace por conveniencia, no por sentimiento, como si edificar lugares para el recuerdo cultural fuera una operación de falso prestigio destinado a acallar voces de la verdadera nostalgia, cuando hablar era importante y podía tener consecuencias importantes que evitaran la actual homologación. El Idroscalo y el principio del silencio, viaje hacia la igualdad interesada de control a partir de una muerte, y aquí el adjetivo no es ornamento, trágica para todos y cada uno de nosotros.


Mis primeros y estupefactos pasos se dirigieron al triste monumento. Pese a las fotografías sigo sin saber que representa la estatua. El camino previo, que antes era pasto de ovejas y campo de fútbol para los jóvenes de la zona, parece un modesto Ara Pacis de la modernidad, con versos del poeta de Casarsa y placas, ocultas entre hierbajos, con todos los títulos de sus obras. Algunos bancos parecen querer cumplir la función, al menos así reza el cartel del ingreso, de parque. ¿Un parque? Los nombres son importantes. Pasolini murió en el Idroscalo, no en un parque, lugar que suele inspirar tranquilidad, juego y reposo, no muerte. Para recordar el pasado conviene hablar alto y claro. ¿No sería mejor denominar el lugar Idroscalo di Ostia, dedicato alla memoria di Pier Paolo Pasolini?

La remodelación que el lugar ha sufrido muestra un interés, reclamado por personas y entidades, por conferir un mínimo de dignidad a un puesto clave de la memoria histórica reciente, no sólo italiana, sino mundial. Paseando por el centro histórico de Roma me he encontrado en más de una ocasión en Via Caetani, y debo decir que me parece más digna la placa en homenaje a Aldo Moro que toda la nueva estructura del Idroscalo. La idea de parque, y los versos del poeta en piedras, como si siguiéramos un camino a lo Mago de Oz, tiene un punto demasiado posmoderno, casi, permítanme ser redundante, de parque temático de rebajas, y no lo pienso por visitar el lugar en pleno mes de julio.

¿La solución? No soy yo, como tampoco ustedes, quien tiene que proponerla. Hemos dado un paso adelante adecentando el lugar, cierto, pero el camino para lograr una imposible perfección aún es largo. Se han de eliminar muchas leyendas, muchas mentiras, muchos tópicos para que el poeta, algo similar ocurre en España con el lugar en que fue asesinado Federico García Lorca, tenga una verdadera y digna dimensión en sentido histórico, para el recuerdo, para que su obra sirva y su muerte no sea una excusa más para montar burdos programas televisivos y homenajes de veinticuatro horas.



Sin embargo, el sitio tiene algo que supera lo institucional. Lo tiene porque el que escribe al pisar esa tierra se conmovió, pensó y necesitó sentarse para meditar, para sentir que sí, en ese sitio se había ido un alma fundamental asesinada con violencia, única forma de matar la sinceridad del que no oculta la necesidad de clamar por un mundo sin máscaras.

Me senté, fumé un cigarrillo, observé el entorno y noté, pese a ser escritor reconozco que es muy difícil explicarlo, una extraña sensación. Cuando falleció Pasolini no había nacido. Hace cuatro años apenas sabía quien era. Ahora él me da cosas cada día, aprendo, comparto y analizo, y quizá por eso estar ahí, cerca de su último suspiro, me hacía sentir un aire tenso que el silencio acrecentaba. Pensaba y permanecía con la mente en blanco como consecuencia de la intensidad de lo vivido, ¿qué era?, en ese reducido rincón del planeta.


Permanecí más de media hora en el Idroscalo, sólo. Algunos conductores me miraban sentado en el banco sin entender qué demonios hacía. ¿Problemas de señalización? Me decanto por una ignorancia consentida por los que pueden imponer conocimientos útiles.

Ya en Roma hablé de mi experiencia con una persona que ama la obra y la persona de Pier Paolo Pasolini y me noté más relajado.


Pasados los días creo que el mejor homenaje que puedo rendir al recuerdo del poeta son las imágenes que ilustran este texto, más que nada porque con ellas todos y cada uno de nosotros podremos reflexionar e intentar recordar al poeta con la que fue su último caudal expresivo. Imágenes que incitan al pensamiento, mutismo fotográfico, que, quizá, hable sin que le pidamos palabras.



Fotos: Jordi Corominas i Julián