martes, 24 de noviembre de 2009

Historias de Belkin de Alexander Pushkin en Revista de Letras



A las puertas de la modernidad: Historias de Belkin de Alexander Pushkin por Jordi Corominas i Julián

“¿Puede alguien determinar con precisión qué piensa una joven dama de diecisiete años sola en un bosque a las seis de la mañana?”

No hay crisis que por bien no venga, y en el mundo editorial español algo se mueve para eliminar el pútrido olor que impregnaba el aire literario. Muchas son las propuestas de clase media que empiezan a llenar las librerías con títulos sugerentes que indican una voluntad renovadora, una visión que, apartándose de la labor mainstream de las majors, busca ofrecer calidad y satisfacer mentes inquietas apartadas de la vorágine homologadora, lectores con mayúsculas que sin caer en lo alternativo apuestan por obras diferentes, propuestas con pies y cabeza armadas con criterio y coherencia.

Entre los nuevos sellos surgidos durante la depresión más que económica destaca Nevsky Prospects, fundado por James y Marian Womack, quienes desde sus tiempos estudiantiles en Oxford viven un doble amor, personal y rusófilo. La unión hace la fuerza, y su idea es ofrecer textos del otrora país de los zares que por más de un motivo no han recibido suficiente atención pese a sus más que evidentes virtudes. Su labor debuta con Historias de Belkin, librito con cinco magníficos relatos de Alexander Pushkin precedidos por una introducción de Philip Ross Bullock que ayuda a entender el conjunto al explicar de manera sintética y precisa sus circunstancias y entresijos.

Jugar con máscaras y propiciar reencuentros rompiendo lo previsible

La primera vuelta de tuerca indica a las claras que nos encontramos con un pequeño gigante. La nota de Pushkin como editor nos avisa que leeremos una compilación post-mortem de un tal Iván Petróvich Belkin, desdichada criatura que interrumpió su carrera en el ejército para dedicarse a gestionar la finca de sus padres en la aldea de Goriújino. Los datos biográficos del autor, indispensables en todo proemio que se precie, los aporta la carta de uno de sus mejores amigos, quien dibuja un bosquejo de una personalidad poco dotada para la administración y modesta en los vicios. Este punto inicia el juego hacia la modernidad de Pushkin al eliminar, algo típico en su época, las largas descripciones de los azares amorosos del autor al considerarlas superfluas y perniciosas. Con ello, más que pudor, se busca precisión y brevedad que eliminen párrafos y más párrafos innecesarios para el desarrollo de la trama. Las florituras pueden pasar a mejor vida.

La nota del editor da paso a los cinco relatos, carentes de unidad estructural aunque entrelazados por diversos motivos que los convierten en un todo sin fisuras. Desde mi punto de vista, es imposible entender Belkin sin la inmensidad del espacio ruso, que convierte la narración en universal al articular desde las distancias una idea de mundo que pese a ser nacional trasciende las fronteras, universalidad reforzada con la omisión del nombre de las localidades donde transcurre la acción, ubicada en pueblos lejanos que funcionan como partículas válidas para sintetizar parte del comportamiento humano, como si esos villorrios fueran cápsulas capaces de concentrar en su interior nuestros impulsos más básicos. Este medio agreste y frío se llena de personajes cotidianos que generan una nueva épica para la literatura. Sus actitudes pueden parecernos extrañas, y sin embargo encierran una apabullante normalidad basada en deseos prototípicos que hasta ese momento, 1830, sólo se plasmaban desde lo grandilocuente del héroe legendario. Pushkin rompe con esa tradición y propicia una danza de reencuentros, un carnaval enmascarado en que nada parece lo que es hasta la definitiva caída de los velos.

Los protagonistas de las historias viven atenazados por obsesiones que fracturan su armonía. En El disparo un joven soldado se interesa por el caballero Silvio, imbuido de una sed de venganza que deja intuir con su hábito de detonar tres veces su pistola justo antes de la cena. Lo que no se menciona es el verdadero artefacto que lleva a la resolución de la trama, sutil con pistas minimalistas que, una vez alcanzamos el punto y final, descubren la maestría técnica de Pushkin, diabólico al trazar rompecabezas que sólo dejan ver la última pieza cuando estamos por agitar blancas banderas de rendición. Lo importante es llegar a la conclusión, aprehender. Lo advertimos en La parada de postas, donde el protagonista se contenta con saber el destino de una chica que le impactó, Dunia, la hija de un encargado. En esta historia lo estático de estos establecimientos se quiebra con la desaparición femenina, como si la supuesta estabilidad del espacio feneciera al perderse una de las coordenadas que configuraban un orden inamovible. En este sentido cabe destacar la importancia del viaje como metáfora de cambio social en la Rusia posterior a la epopeya napoleónica, entre los años veinte y treinta del siglo XIX.



Formas de mutación: engaños, giros e introspección

Las metamorfosis del camino tienen distintos grados. En la tormenta de nieve dos enamorados esperan la noche decisiva que les dará la libertad, ajenos y lejanos a condenas de clase. El chico emprende la ruta y se pierde. Años después averiguaremos la resolución del enigma y sabremos cómo empezó, las luces del alba alumbran la historia, la jornada para María, pretendida después de la guerra por un sinfín de militares. La cronología sirve como hueco que sitúa los eventos y les da forma desde una conciencia que desdeña la inmediatez y sabe, casi como si se tratara de un cocinero, que los ingredientes necesitan un tiempo de cocción antes de servirse en el plato. Asimismo, Pushkin se anticipa en varias décadas a los apóstoles de lo onírico en El dueño de la funeraria, relato de cena y burla que nos adentra en la esfera de la pesadilla entre cadáveres, voces de ultratumba y un sorprendente despertar que nos descoloca. No sucede así en La dama campesina, exhibición pura y dura de una prosa que además de maravillar por sus giros es capaz de mostrar la típica riña rural entre dos patriarcas que simbolizan las caras de Rusia entre la cerrazón cultural y la expansión políglota abierta a lo europeo. Los dos jóvenes de las familias enfrentadas son como el día y la noche. Él, curiosamente hijo de un Iván Petrovich, taciturno y amante de las faldas, ella cultivada, bromista y con ganas de diversión. Liza, a sabiendas de la afición de Alexei por las mujeres, se vestirá de campesina y lo seducirá transformando su lenguaje elitista en una construcción llana que de poco le servirá ante el empuje de Cupido, por mucho que su intención sea la de mantener el status quo del engaño y no sucumbir pese a la reconciliación de los progenitores. Una postrera vuelta de tuerca propiciará el happy end que mantenga la trama dentro los cánones clásicos del género rural.

Es de agradecer que existan iniciativas como Nevski Prospects. La oportunidad que plantean las nuevas editoriales debe centrarse en permitir la eclosión de jóvenes autores y presentar textos inéditos en España que permitan acercarnos poco a poco, lentamente, al nivel del resto de Europa. Puede sonar pretencioso, pero sólo así creceremos y podremos sentirnos satisfechos de pertenecer al universo de las letras mundiales, seguros y contentos por proponer creaciones que disparen en desacuerdo con las reglas del juego y se alejen del escudo comercial en el que tantos, demasiados, se amparan.


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