sábado, 14 de noviembre de 2009

Parts of the process:Idea e ideas de Europa en Bcn Week


Parts of the process: Idea e ideas de Europa by Jordi Corominas i Julián

Dicen las malas lenguas que el Imperio romano empezó su largo y tortuoso camino de disolución cuando el emperador Caracalla otorgó la ciudadanía a todos sus habitantes. La universalidad fue una medida de emergencia para unificar una población que después de dos siglos de paz empezaba a sentir con demasiado ahínco la presencia del enemigo a las puertas. El mundo inició su recogimiento. Las ciudades se enmurallaron, los cerebros renunciaron a la exhuberancia del paganismo y la división fue acrecentándose hasta que los bárbaros se introdujeron en el sistema y quebraron el Estado de moneda única y bilingüismo perfecto. La unidad cedió su espacio a un conglomerado de reinos nacionales que se han perpetuado hasta nuestros días, una Europa fragmentada con exceso de personalismos. España, Francia, Italia, Alemania, Inglaterra y un largo etcétera, hijas de una misma tierra separadas por orgullo, añejas rivalidades y un mutuo interés hasta el 28 de junio de 1914 por dominar a los demás en la lucha planetaria.

Esa fecha altera y destruye un orden indestructible. El símbolo recae en el Imperio Austro-Húngaro, crisol de nacionalidades que durante medio siglo vivió un esplendor cultural comparable al del París bohemio. La plenitud se esfumó con un atentado en Sarajevo, excusa para activar la Primera Guerra Mundial, palanca suicida del Viejo Mundo. En El mundo de ayer Stefan Zweig narra su encuentro en la neutral Suiza con Romain Rolland. Ambos escritores establecieron un diálogo que culmina en la idea de Europa, concepto espiritual por el que todos los pobladores del Continente compartimos una afinidad que parte de nuestro inconsciente cultural, bien nutrido de un álbum colectivo de libros, proclamas, nombres y esperanzas que son patrimonio común desde el Océano hasta los Urales. Lo absurdo es que los dos intelectuales fueran pioneros en su propuesta. Los obreros se internacionalizaron en 1864 y articularon un lenguaje propio ajeno al pasaporte. ¿No era posible juntar esfuerzos entre territorios delimitados por fronteras?

La aplicación de la idea era difícil. En 1929, justo un mes antes del crack de Wall Street, la desesperación y la legítima aspiración de vivir en un mundo sin guerras llevó al francés Aristide Briand a proponer una federación europea que tuviera como principales valores la solidaridad, la prosperidad económica y la cooperación política y social. El sueño se truncó al estallar en mil pedazos la felicidad de los años veinte y nublarse el cielo con nubarrones fascistas. Hitler y lo demás son viejos conocidos que presionaron hasta romper el cordón umbilical del despropósito. 1945 y el adiós a las ambiciones suprematistas. Tocaba reflexionar y resituarse en el mapa. Las nuevas reglas de la Guerra Fría aconsejaban configurar un cuerpo unitario que pudiera contener las embestidas de los grandes bloques. Se creó la Unión del Carbón y el Acero. El 25 de marzo de 1957 Se firmo el pacto de Roma para fundar la Comunidad Económica Europea. Los conflictos siguieron a menor escala. De Gaulle no osaba permitir el ingreso del Reino Unido e ignoraba el aire que respiraba la calle.

De todos es sabido que el ser humano tiene tendencia a practicar sexo durante un apagón o cuando finaliza un conflicto estresante. En 1945 los vencedores del nazismo se conciliaron con el planeta dándole numerosos retoños que emergieron en los años sesenta y desde la diferencia intentaron derribar cualquier residuo decimonónico que entorpeciera su labor. El cine italiano, la Nouvelle Vague, el pop británico y otros fenómenos de la época crearon una transnacionalidad occidental reforzada por la explosión del 68, queja amarga por querer crecer sin rémoras contraproducentes. Ese grito generacional permitió que desaparecieran confines en las mentes de las personas y las ideas se expandieran sin trabas lingüísticas por el progreso del inglés como koiné y el crecimiento del mercado de consumo, diabólica máquina dispuesta a satisfacer las inquietudes de millones de jóvenes que clamaban por renovarse o morir. No es posible afirmar que el LSD tuviese algun tipo de importancia en el proceso, aunque es posible si lo relacionamos con la disolución de barreras y el ir más allá de lo instaurado como axioma por los siglos de los siglos. Amén.

El penúltimo episodio acaeció hace veinte años. La caída del muro de Berlín y la unifación de Alemania reabrieron el debate desde premisas políticas al poder abrazar la perspectiva de una verdadera Unión Europea. Maastricht fue el pistoletazo de salida de un proyecto endeble y ensanchado hacia el Este sin Comunismo que pretende convertirse en bandera de los ciudadanos de veintisiete países. Sin embargo, la pugna sigue en todo lo alto y la crisis la ha corroborado con el proteccionismo económico. Las bellas palabras sirven para rellenar páginas de periódicos pero son estériles sin una coordinación conjunta. La acción baila bajo la superficie que ocultan los titulares. La libre circulación de personas que activó el Tratado de Schengen es la gran bendición que abre el grifo porque transitar es comunicar. Los erasmus, los vuelos low cost y la indudable y desaprovechada preparación de los hijos de los babyboomers nacidos entre los setenta y los ochenta configuran otra vertiente de un europeismo que pese a hallar metaforicamente la deseada unidad territorial debe intervenir para golpear las siglas que nos invaden– BCN,UE– y devolverlas a su originalidad de pies en el suelo. Una Unión Europea o una Barcelona son lugares donde no es quimérico interactuar y construir cimientos sólidos y sostenibles del edificio; es esencial aceptar la existencia de un pensamiento mayoritario que desde su espontaneidad, generada por el mismo contexto histórico y el aprovechamiento de sus grietas benéficas, discrepa de los que gobiernan y articula un discurso cotidiano que no cae en papel mojado porque se vive desde y por la realidad, consciente de la sonora imbecilidad de himnos, enseñas y caducos discursos patrioteros, consciente de la importancia de una comunicación honesta que no truque gestos por mentiras trucadas de cercanía, una democracia de 735 millones de personas donde el intercambio y el desplazarse generen riqueza en la diversidad unitaria del ser humano.