miércoles, 10 de marzo de 2010

El pasillo de pesadilla en "Irse al otro barrio", nueva sección de Bcn Week



El pasillo de pesadilla entre Tuset y Aribau by Jordi Corominas i Julián


Todo Virgilio tiene su Dante, Isabel como Fernando. El paseo de hoy, como toda historia que se precie, nace de causas y fenece en consecuencias, bonito pueblo. En enero de 2005 clausuró sus puertas la mítica Sal de Gràcia, extraña discoteca donde era posible ligar sin jugar a miraditas pierde tiempo. Hablábamos, reíamos y, en ocasiones, dormíamos acompañados. Lo confieso, tuve que buscarme la vida a partir de las tres de la madrugada. Cerraban los bares y vagaba como alma en pena. Tal era la desesperación de mi grupo que llegamos a ir durante medio año al Martins para engañar a su portero y jugar al bingo entre osos y travestis. Aquello pasó y entrar en Casa Fuster era un imposible. Ni modernos ni modernistas. Descubrimos bares clandestinos, puertas temporales que siempre cierran y evitan asomarse a la nocturnidad del martes, luna condenada por lo estricto del calendario que salvábamos en garajes herméticos, demasiado caros para nuestro precario bolsillo.
Hace poco constatamos que el frío vence a la plaza y a cualquier pakistaní que se precie. Su deserción nos obligaba a realizar un esfuerzo mental. José Luis, ese ser, encontró la solución por don de experiencia y resolución que le convierte en el mejor escritor ágrafo de España, ña ña ña. Chicos, conozco tres bares en el Ensanche, abren hasta las seis. Calles vacías con focos de observación ocultaban cámaras. Dejamos atrás el sex shop de Córcega. El obelisco del cinco de oros es un símbolo fálico monárquico. La Diagonal suele ser aburrida porque la línea recta es una imposición, por eso conviene tomarla como simple referencia orientativa y perderse en sus arterias adyacentes. La soledad con agua mojada del servicio municipal de limpieza es una burla de mal gusto. Pasas horas en un bar e ignoras si el líquido elemento es lluvia o limpieza. Da igual. Discutimos en Séneca sobre la ubicación exacta de la librería Europa, pozo de fascistas y analfabetos aficionados a la maquinilla eléctrica. Las rejas de los negocios, plagadas de graffitis que contribuían a resaltar la irrealidad del momento, instalaron la duda. José Luis insistía y esgrimía hallarse en el sitio exacto. Callamos y proseguimos. Rebajas en Balmes. Caballero, compre esa americana. 600 euros al 50%, casi como las multas municipales. Un ruido lejano advertía discotecas. El maestro nos obligó a ascender hacia Tuset, antiguo refugio de aquellos que en la actualidad dominan el panorama y proclaman que los años setenta dieron el gran empujón a la creación barcelonesa. Si me aposento en un sofá dorado también lo diré, mientras tanto me conformaré con contaros cómo fatigamos la leve cuesta y alcanzamos el objetivo con gran estupor ante lo desconocido.

Es aquí. Mi idea de Tuset Street es más bien pobre. Pensé que José Luis quería gastarnos una broma y llevarnos al bar burgués que lleva su nombre. De eso nada, monada. Una larga entrada beige y un pasillo infinito, no man’s land serpentino encasillado entre grises construcciones, rotundo contraste de oficina y vicio, movimiento matutino para el rascacielos y eternidad temporal, y ahora entenderán su intríngulis, con focos amarillentos e hilo sonoro de David Lynch. La claustrofobia de ese espacio de la nada en medio del todo se genera mediante pequeños detalles como el brillo de sus muros, limpios como los chorros del oro, de esa higiene que duele por sus destellos. Además, la forma del recinto no estable, es como si el arquitecto hubiese fumado mucho pensando en irregularidades capaces de albergar el universo en un santiamén. Sí amigos, lo que sigue es verdad y lo declaro Alice in wonderland en mano. Ausencia de cartel inicial. Vitrinas con maniquíes decapitados vestidos de novia con rojo pasión. La música inquieta. La parte central está invadida por fotos en blanco y negro de coches paleolíticos, bello preludio de un mastodóntico parking escondido en una esquina. Accedemos al depósito automovilístico y deambulamos entre marcas y el cemento numerado. Lo etílico hace retumbar nuestros pasos. Nos disparamos again hacia la travesía, intuimos su final, giramos a la izquierda, oteamos tiendas de ropa hortera y se nos aparece la virgen de la reminiscencia proustiana. Siempre me gustaron los periódicos deportivos. Cuando era pequeño los devoraba de cabo a rabo y siempre hasta llegar a los anuncios eróticos. Sauna Yuma. Veinte años nos contemplan. El papel adquirió vida en partículas de segundo. La casa de putas más famosa de mi infancia es un disparate felliniano con tonos rojos, cuadrados discordes y olor años veinte, película expresionista parapetada en un ángulo muerto del que sólo puedes escapar dando marcha atrás, coitus interruptus con destino al Mercadona que aterriza en la Oda a la Pàtria.


Ilustración: Nil Bartolozzi